El alma y la carne enfrentadas en un tango

El alma y la carne enfrentadas en un tango

El duelo del que voy a hablar no corresponde a la historia de los guapos y cuchilleros que han inspirado a tantos poetas para que broten milongas y tangos

Por: Laura Cecilia Bedoya Ángel
junio 08, 2022
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El alma y la carne enfrentadas en un tango

El duelo del que voy a hablar no corresponde precisamente a la historia de los guapos y cuchilleros que han inspirado a tantos poetas para que broten milongas y tangos, y tampoco atañe a escritores que han incursionado en el tema de los compadritos, del coraje y del cuchillo.

Quisiera agregar que no es la primera vez que Ezequiel Martínez Estrada me empuja a escribir bajo la tutela de su pensamiento, como tampoco es la primera vez que cite a Michelle Perrot y su libro Mi historia de las mujeres para el objeto de este trabajo.

Por otro lado, hay que tener presente que el tango del que voy a hablar muestra a primera vista un hombre que ha contemplado a la mujer que antes fue su amada y que con el paso de los años está deteriorada. Lo expresa de una manera hiperbólica, tanto que deja a la audiencia aturdida sin poder asomarse a la otra cara de la moneda, a la del narrador.

Para empezar, cito a Michelle Perrot, quien nos habla del cuerpo de la mujer como objeto de deseo a lo largo de la historia, y que sin embargo es “dominado, sometido, a menudo apropiado incluso en su sexualidad... La gama de las violencias ejercidas sobre las mujeres es a la vez variada y letánica. Lo que cambia es la mirada sobre ellas, el umbral de tolerancia de la sociedad y el de las mujeres, la historia de su queja. ¿Cuándo y cómo las vemos nosotros? ¿Se consideran ellas víctimas?”.(1)

El anterior texto dicho en las letras de un tango cuenta con otras palabras la mirada a un cuerpo de mujer que fue deseado y amado en  Esta noche me emborracho:

“Sola, fané, descangayada,

la vi esta madrugada

salir de un cabaret;

flaca, dos cuartas de cogote

y una percha en el escote

bajo la nuez;

chueca, vestida de pebeta,

teñida y coqueteando

su desnudez...

Parecía un gallo desplumao,

mostrando al compadrear

el cuero picoteao...

Yo que sé cuando no aguanto más

al verla, así, rajé,

pa' no llorar...”

Entonces creo que llegó la hora de ensartar todo lo que compete al tema que me ocupa con un fragmento de Radiografía de la pampa del escritor Ezequiel Martínez Estrada: “La mujer humillada en la que se quiere borrar todo sentimiento de dignidad retrocede un paso y en la misma mansedumbre con que se entrega y se resigna, ejerce su venganza. Tomada como presa, usada para el placer, deja en el alma del varón los signos materiales de su cuerpo.

Pues lo cierto es que el alma del macho se iba prostituyendo al mismo tiempo que la carne de la hembra; el fraude, la codicia, el desprecio por lo que no morirá a pesar de todo, la falta de gozo en la obra del día y en la espera del mañana, el afán de cubrir con el dinero, el poder y la apariencia, los huecos que no se pueden llenar, es la forma espiritual de esa larga afrenta a la mujer, cuyo sentido humano es místico”.(2)

De los tres momentos que alcanzo a divisar en el tango Esta noche me emborracho de Enrique Santos Discépolo: la visión, el recuerdo y la reflexión, presiento que en este último se acomoda aquel hombre que ha narrado el espectro que tuvo ante sus ojos, y ha tenido la misma consideración de Martínez Estrada, ella carga con el deslustre de su apariencia y él siente que este accidente se refleja en su propia alma.

“!Y pensar que hace diez años,
fue mi locura!
¡Que llegué hasta la traición
por su hermosura!...
Que esto que hoy es un cascajo
fue la dulce metedura
donde yo perdí el honor;
que chiflao por su belleza
le quité el pan a la vieja,
me hice ruin y pechador...
Que quedé sin un amigo,
que viví de mala fe,
que me tuvo de rodillas,
sin moral, hecho un mendigo,
cuando se fue”.

Mucha gente habrá admitido que en el desarrollo de esta historia es la mujer la que está en el punto culmen de su decadencia y que es mirada por otro-un hombre- que tiene todo el estado de lucidez para juzgarla de esa manera, sin embargo, en el medio de la queja aparece una sensación importante, él también se ve como un ser en un estado sin nombre y a punto del suicidio: “que por ese cachivache/ sea lo que soy”.

La congoja de hoy del amado pertenece a un pretérito en el que han coincidido dos hechos: “Pues lo cierto es que el alma del macho se iba prostituyendo al mismo tiempo que la carne de la hembra”. Discépolo, un escritor que según su biógrafo Sergio Pujol “Se adelantó al existencialismo”, repitió la sentencia –de Martínez Estrada–, pero en versos, veamos:

“Que quedé sin un amigo

que viví de mala fe,

que me tuvo de rodillas,

sin moral, hecho un mendigo,

cuando se fue...”

 

Referencias

(1) Perrot, Michelle. Mi historia de las mujeres.1 Fondo de Cultura Económica, 2009.pág.98.

(2) Estrada, Ezequiel Martínez. Radiografía de la pampa-1ª. ed.1ª.reimp.-Buenos Aires: Eudeba, 2016.pág 22o

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