Dos estatuas y una propuesta 

Tras la muerte de George Floyd se abrió una gran discusión alrededor de los monumentos que adornan las ciudades. Colombia no fue la excepción. Una mirada

Por: Gustavo Vivas
agosto 06, 2020
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Dos estatuas y una propuesta 
Foto: Mario Carvajal - CC BY 2.0

Según las historias oficiales de Cali y Popayán, estas ciudades colombinas fueron fundadas por Sebastián de Belalcázar, la primera el 25 de julio de 1536 y la segunda, el 13 de enero de 1537, sin explicación documentada sobre la diferencia temporal entre dos actos supuestamente oficiados por el mismo analfabeta pero avispado campesino nacido en 1480 en el valle de los Pedroches, entonces en la Extremadura castellana y hoy en la Córdoba andaluza. Con 18 años podría haber acompañado a Cristóbal Colón en su tercer viaje y, a sus 56, como implacable e insaciable militar, venía arrasando pueblos indígenas desde el alto Perú, con prisas para seguir hacia el norte donde le habían hablado de caciques bañados en oro en una laguna. Las imprecisiones históricas se refieren no solo a la fecha y oficiante de la fundación de Santiago de Cali —que pudo ser el capitán Miguel Muñoz—, sino al sitio original del evento, que pudo ser al norte, en territorio de los gorrones, o al sur, en tierra de los lilíes.

Como elemento clave en la celebración del IV Centenario, las autoridades locales encargaron al escultor español Victorio Macho (1887-1966) sendas estatuas (ecuestre y pedestre) de Belalcázar, quien muere, como controvertido general, en Cartagena de Indias en 1551, cuando regresaba a la metrópoli a apelar la sentencia de muerte a la que había sido condenado.

La ubicación de las estatuas fue motivo de encendidos debates entre autoridades, académicos y vecindarios, pero en Popayán tuvieron una connotación que hoy resulta significativa en la discusión sobre símbolos y memoria histórica que ha generado la movilización antirracista y anticolonialista en los EE. UU. y otros países, motivada por la muerte de George Floyd a manos de policías de Minneapolis el pasado 25 de mayo.

El poeta y político conservador Guillermo Valencia (1873-1943) propuso con sensibilidad avanzada pero desoída, que para el IV Centenario de la ciudad fundada en territorio de los pubenses se encargaran dos estatuas representativas de las culturas y pueblos enfrentados en el siglo XVI, con inevitable pero aún incipiente perspectiva de integración en el XX: del Cacique Pubén, al escultor colombiano Rómulo Rozo (1899-1964), a ubicar en la pirámide truncada y cementerio indígena denominada Morro del Tulcán; y del señor Belalcázar, en la plazuela de San Francisco. La del español (en bronce) quedó en el Morro y de la del Cacique (diseñada en piedra) existen bocetos y referencias en el Monumento a la patria que encargaron al maestro Rozo en México en 1945.

Propuesta

Trasladarlas, enredarlas, envolverlas o devolverlas embaladas a España son algunas de las sugerencias planteadas por calificados intelectuales locales. Un centenar de académicos caleños presentó, el 2 de julio, un comunicado titulado Resignificando la estatua de Sebastián de Belalcázar. En el interesante texto, cuya firma encabezan Rodrigo Escobar Holguín, Carlos Andrés Duque Acosta y Fernando Castro, se propone convocar un concurso para reinstalar la estatua en el mismo lugar pero en un equilibrado conjunto escultórico (bajando al español de su pedestal) que celebre dos vínculos: El geográfico, del valle del Cauca con la región del Pacífico; y el étnico (indígena, europeo y africano), constitutivo del mestizaje, valor esencial y promisorio de la sociedad del siglo XXI no solo caleña, payanesa o patoja (con todo respeto y cariño) y caucana, sino iberoamericana, o sea, española, lusa y latinoamericana.

De esta consideración surge el tercer vínculo —histórico— a integrar en el complejo que tendría su propia expresión en el Morro del Tulcán, con el reto de escala (simbólico, visual y paisajístico) que significa ubicar un señor a caballo en una plataforma de diferentes niveles, al lado del Cacique Pubén y del/la representante que escojan los colectivos de afrodescendientes o negritudes del Gran Cauca, de Santander de Quilichao a Cartago y de Guapi a Palmira.

¿Y cómo se podrían cofinanciar didácticas resignificaciones similares —nuevas significaciones— a lo largo y ancho de Iberoamérica? Pues con una mínima parte del valioso fondo que se encuentra, por accidente, a 600 metros de profundidad en el hoy caribe colombiano. Me refiero al Galeón San José, de titularidad española, cargado con oro y plata del Potosí y otras minas hoy en Bolivia y Perú, destinados a costear guerras fratricidas en Europa. Las esmeraldas de Muzo que esperaban en Cartagena de Indias se enviaron en otros navíos porque el San José fue hundido a pocas millas, en 1708, cuando corsarios ingleses atacaron la flota hispana para apoderarse del botín.

La XXVII Cumbre Iberoamericana a celebrarse en Andorra ha sido aplazada para el primer semestre de 2021 con la esperanza de que, para entonces, la pandemia del COVID-19 haya sido confinada y la reunión pueda celebrarse presencialmente. Hay tiempo, pues, para avanzar en el tejido iniciado en 1991, de los acuerdos legales, políticos, económicos, sociales y culturales que permitan abordar solidariamente los retos comunes presentes y futuros —más allá de 2030 y la pandemia secular— de una historia compartida (para bien y para mal) desde el 12 de octubre de 1492. Un camino que se puede y debe representar en conjuntos trialécticos en Cali, Popayán y otras ciudades hermanas.

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