"Cucharadas de esperanza e historia"

"Cucharadas de esperanza e historia"

"En los días más oscuros de la violencia, una fundación emergió, y hoy, se erige como el hogar donde muchos encuentran algo más que una sopa caliente"

Por: María Paz García Paúl
noviembre 01, 2023
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En el Barrio Barzal, diagonal a la clínica cardiovascular, se encuentra un apacible rincón a la vista, una gran casa de tonos naranjas; resplandece como un faro de esperanza entre los quejidos de la ciudad. Es la morada de la Fundación Sopa Juan XXIII, un santuario construido con ladrillos de solidaridad y cimientos de compasión. Al cruzar su umbral, se siente el cambio en la atmósfera, como si las paredes mismas estuvieran impregnadas de historias de vidas reconstruidas y esperanzas renovadas.

Las puertas de este encantador e histórico lugar, se abren en 1967 a un mundo donde el color naranja chillón no solo adorna las paredes, sino que también colorea los corazones de aquellos que han encontrado refugio en sus acogedoras instalaciones. En cada esquina, se respira un aire de limpieza y orden, como si cada detalle estuviera cuidadosamente dispuesto para aliviar la carga de quienes llegan buscando más que solo un plato de comida.

En el centro de este santuario, el aroma seductor de la sopa de ahuyama, el arroz en su punto, el plátano que suele acompañar el caldo y la carne se mezclan con el murmullo de conversaciones esperanzadas. Los ingredientes son seleccionados con esmero, no solo por su sabor, sino por la nutrición que proporcionarán a aquellos que han conocido la adversidad de cerca. Cada plato es una obra maestra, cocinada con amor y servida con un toque de humanidad.

Hugo Pinilla Castro, un hombre alto, de tez trigueña, cabello oscuro y aura acogedora, es el director que ha dedicado su vida a continuar el legado de la Hermana “Alfredo de San Marcos”. Él y quienes colaboran caminan entre mesas con una sonrisa que va más allá de la cortesía. Cada gesto, cada palabra, emana el compromiso de mantener viva la llama de la solidaridad. Sus ojos reflejan historias de dolor transformadas en relatos de superación y resiliencia.

Este rincón solidario ha resistido el paso del tiempo, honrando a la Hermana fundadora, la visionaria que, después de sobrevivir a los horrores en un campo de concentración nazi, sembró la semilla de la esperanza en su tierra natal, siendo un monumento a la generosidad y la esperanza, donde cada plato sirve como un recordatorio tangible de la capacidad humana para superar adversidades y ofrecer una mano amiga a quienes más lo necesitan. Las paredes de este ameno comedor cuentan historias que han resistido 56 largos años, reflejando sonrisas que iluminan los rincones más oscuros de la memoria.

En medio de los desafíos vividos en la década de los años 80 y 90, gracias a la violencia ejercida por grupos armados y el narcotráfico, la Fundación se convirtió en un bastión de apoyo para las familias desplazadas que llegaron con escasos recursos y un futuro incierto.

En su afán por brindar una ayuda, la Fundación va más allá de proporcionar alimentos, se extendí a la orientación, escucha activa y apoyo integral a quienes más lo requieren.

En la venerable Escuela Francisco José Arango, donde los sueños educativos florecen, se cultiva con esmero un sublime programa de acompañamiento académico. En esta noble gesta, la sinfonía del conocimiento se entrelaza con la altruista danza de estudiantes voluntarios, emanados de la ilustre Universidad del Meta. Unidos por la pasión de forjar destinos, estos jóvenes embajadores se comprometen con el florecimiento educativo de la comunidad, erigiendo una llama de inspiración.

En el crepúsculo del último jueves de junio, los corazones se congregan en el "Banquete de Amistad y Confraternidad", donde la comunión es el plato principal y la solidaridad, el manjar que nutre los lazos comunitarios. Es una celebración donde la luz de la educación brilla con intensidad, guiando el camino de aquellos que buscan conocimiento. En la "Noche Social" en el prestigioso Club Meta, se entrelazan risas y complicidades, tejidas con los hilos de la benevolencia. Es un evento donde la generosidad se viste de gala, y la solidaridad se convierte en la reina de la velada. En el mágico diciembre, cuando el espíritu navideño envuelve cada rincón, el "Bono Navideño" se erige como un regalo de amor y conocimiento.

Sopa Juan XVIII, no solo alimenta cuerpos cansados, sino también almas hambrientas de compasión. Entre las mesas, se teje una red de solidaridad que abraza a aquellos que han pasado por malas situaciones, desde el abandono hasta los supervivientes de la catástrofe de Armero. Son 200 usuarios agradecidos, quienes encuentran en este espacio no solo sustento material sino también un refugio donde se cosecha la dignidad y la autoestima.

Al caer la tarde, cuando la luz se desvanece y las estrellas se asoman tímidamente en el cielo, Sopa Juan XXIII se convierte en un faro luminoso en la oscuridad. Y así, entre platos vacíos, pero corazones llenos, esta fundación se mantiene como un testamento vivo de la unión de voluntades y la fuerza del amor desinteresado.

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