Confusiones (II)
Opinión

Confusiones (II)

Quedamos arrestados desde el comienzo: quien tiene vulva, una niña XX, será por decreto social femenina y quien tiene pene, un niño, XY por decreto social, masculino

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junio 11, 2024
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2orillas.

Esta es la segunda columna de varias con las cuales pretendo, desde una opinión formada e informada, trazar unas líneas conceptuales sobre el lienzo de la diversidad sexual, para contribuir a la formación de conceptos claros que propicien un debate argumentado en este tema plagado de prejuicios.

La primera línea trazada en el texto anterior separaba tajantemente tres características de la sexualidad humana: la identidad sexual, la orientación sexual y la identidad de género. Primera confusión aclarada: Son tres características separadas. No se correlacionan, no son interdependientes, las dos primeras están determinadas genéticamente, invariables, no se pueden modificar. Nacemos con un sexo y con una orientación sexual. Esta afirmación es producto de una robusta evidencia científica en el área de la biología.

La otra característica, la identidad de género, está en la actualidad en pleno debate porque la vieja tradición binaria de la masculinidad y la feminidad está sometida a nuevas concepciones, prácticas, leyes, preguntas de investigación e incluso protocolos clínicos y quirúrgicos que buscan darle solución a la considerada “transgresión”, no ajustarse, no encajar. ¿Cómo ha funcionado y todavía funciona la asignación del género? Según las características sexuales primarias del recién nacido, que se ven al nacer, es decir según los genitales externos, nos acreditan, niño o niña y nos establecen una identidad, la azul, que prescribe la masculinidad y la rosa que ordena la feminidad.

Se pone en marcha un aparato social educativo en todos los ámbitos que guía muy eficientemente las creencias, los roles, las prácticas, los valores asociados a cada género, binario y excluyente. O se es “hombre”, entiéndase, masculino o se es “mujer”, entiéndase femenino.

Unos masculinos competentes e instrumentales. Cree la sociedad y así se empeña en formarlos, biológicamente superiores, agresivos y dominantes, activos y dinámicos, poco afectuosos inexpresivos y frívolos, valientes, independientes, controlados, objetivos, racionales, más numéricos, libres, los dueños del mundo público y su sexualidad, lúdica.

Unas femeninas sociales y relacionales. Cree la sociedad y así se empeña en formarlas, biológicamente inferiores, pasivas y sumisas, calmadas, afectuosas, emotivas y cálidas, temerosas, dependientes, ansiosas y alteradas, subjetivas e irracionales, las dueñas del mundo doméstico y sus sexualidad está destinada a la reproducción.

Tradicionalmente entonces quedamos arrestados desde el comienzo: quien tiene vulva, una niña, XX, será por decreto social femenina y quien tiene pene, un niño, XY, será por decreto social masculino. Desde el lenguaje se creó la segunda gran confusión porque al llamar al sexo de los hombres “masculino” y al sexo de las mujeres “femenino” se cerró el cepo y así quedaba ordenada la supuesta concordancia entre identidad sexual e identidad de género. Y como si fuera poco, derivado de la antigua concepción que asociaba sexo, sexualidad, coito y matrimonio a reproducción, se refuerza la creencia de que el sexo, reproductivo, coital, entre un hombre y una mujer, reflejaba una única forma de atraerse: la heterosexual y se sancionaron todas las otras formas de atraerse sexualmente.

Se rompió la camisa de fuerza y entonces la noción de diversidad sexual llegó para quedarse. Lo que era binario, interdependiente, preceptivo, "normal", se rompió. El prototipo humano con relación a la sexualidad era: hombre o mujer, femenino o masculino y heterosexual. Barbie y Ken. Ni más ni menos. Se rompió. Menos mal.


Aparece entonces además de la identidad de género asignada, un nuevo concepto, yo diría que el origen del gran debate, la identidad de género sentida


Segunda confusión aclarada: la identidad de género hasta años muy recientes era indiscutiblemente asignada por la cultura, no tienen nada que ver con el identidad sexual, genética, cromosómica y tampoco con la orientación sexual, genética, heredada. Si bien se sigue asignando, después les contaré por qué tanto empeño en mantener las hieleras azules y rosas bien surtidas, muchas personas están abiertamente renegando de la identidad de género que les fue asignada al nacer. Y aparece entonces además de la identidad de género asignada, un nuevo concepto, yo diría que el origen del gran debate, la identidad de género sentida.

Un ejemplo actual: la sociedad dijo que Juan era masculino porque nació varón, sin embargo él, con sus cromosomas XY y sus genitales de macho humano, se siente femenina, se identifica con esas características asociadas a la feminidad y reclama un lugar en la hielera rosada. Otro ejemplo: Juana, nacida hembra humana, con genitales de mujer no se siente ni femenina ni masculina, o a ratos una y en otros uno. No quiere estar en ninguna hielera, no se identifica con esas características binarias, y habla de género fluido. Su identidad de género fluye.

Aclaradas estas dos confusiones, por un lado separar bien claramente la identidad sexual de la orientación sexual y de la identidad de género; y por otro, explicar la identidad de género asignada como una tarea que se abrogan las sociedades para mantener un orden establecido. En la siguiente columna pienso hablar del debate, sus distintas facetas y los juegos de poder que creo yo subyacen a este enredo deliberado.

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