Colombiano infiltrado en brigada paracaidista española, testigo del golpe de Estado de 1981

Colombiano infiltrado en brigada paracaidista española, testigo del golpe de Estado de 1981

Luego de la instrucción militar en la escuela de paracaidismo Méndez Parada de Alcantarilla me destinaron a la III Bandera Paracaidista Ortiz de Zárate

Por: Carlos de Uraba
febrero 23, 2024
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Colombiano infiltrado en brigada paracaidista española, testigo del golpe de Estado de 1981
Fotografía: Cortesía

Después de cumplir la instrucción militar en el curso 326 en la escuela de paracaidismo Méndez Parada de Alcantarilla me destinaron a la 11 compañía de la III Bandera Paracaidista Ortiz de Zarate de Alcalá de Henares bajo el mando del capitán Dávila Garijo.

Casualmente el capitán Dávila Garijo que el 21- 6- 1993 fue asesinado en un atentado de ETA junto a 7 altos mandos militares cuando se movilizaba en una furgoneta camuflada por las calles de Madrid, al comprobar mi complexión de “mula del copón” me eligió para cargar el tubo del mortero.

Lamentablemente los voluntarios pertenecían a las capas más bajas de la sociedad hijos de familias humildes muchos ignorantes y analfabetas a los que encima había que enseñarles a leer y escribir, provincianos fáciles de manipular y dispuestos a entregar su vida por Dios y Por España. Y que se podía esperar si lo que más leído era la revista Interviú y distintas publicaciones pornográficas clandestinas como Private, Puritan o Playboy Y entre los oficiales y suboficiales tampoco se destacaban por su intelectualidad pues en sus estantes no faltaban el Hola, Diez Minutos, Semana o el Alcázar. Desde luego que ante un nivel cultural tan deplorable la mayor inteligencia la demostraba la cabra de la legión que marchaba acompasada sin perder el paso.

Nosotros teníamos que ser los mejores soldados de la patria y para eso nos adoctrinaban convenientemente los cabos y sargentos, tenientes y capitanes de turno. Los Caballeros Legionarios Paracaidistas “los novios de la muerte” por un mísera paga de 800 pesetas mensuales, teníamos que estar dispuestos para ocupar los puestos de mayor riesgo y fatiga. La instrucción era extremadamente dura y salvaje donde se usaban los métodos más feroces, o sea, castigos corporales para aumentar el rendimiento del recluta. Y en la pista americana si algún “pasota” se quedaba rezagado a culatazos lo arreaban hasta alcanzar el resto del redil.

La primera regla que nos enseñaban era respetar la autoridad y la jerarquía de mando. No podíamos ser débiles ni manifestar sentimiento alguno. Tenían que domarnos como se doma un caballo arisco, para hacernos sumisos, lacayos y vasallos. El recluta era humillado y convertido en un esclavo de los veteranos, los oficiales o suboficiales.

A pasar revista siempre con el uniforme impoluto o de lo contrario nos caían varias guantadas y madrazos de desaprobación por cualquier arruga en la camisa, los zapatos mal lustrados o por tener mal puesta la boina o la corbata.

Acordémonos que este es un cuerpo de voluntarios a los que se les convencía con una vida llena de aventuras donde podrían pertenecer a un comando de operaciones especiales. Las armas, la guerra, matar, cortar cabezas y aniquilar a nuestros enemigos. Eso sí reservado para los más machos y rudos. Y todos queríamos hacer realidad esas películas de acción que tanto nos gustaban: saltar en paracaídas y empuñar ametralladoras y bombas y librar batallas contra los moros y comunistas. Inocentemente ya nos imaginábamos con nuestro uniforme de gala plagado de medallas con el que conquistaríamos preciosas mujeres que se derretirían ante nuestra presencia. La envidia de los “pistolos” Vaya ilusión.

Tutelados por el teniente Roldán, el teniente Herranz Catalán, el teniente Villalpando, el cabo primero Coder que con tan mal leche nos ordenaba “firmes y mirándole los guevos a San Pedro” a ellos les encantaba hacer sufrir a sus soldaditos de plomo con los que se divertían jugando a las batallitas. Porque como caballeros legionarios paracaidistas juramos estar listos para las más terribles pruebas en el campo de batalla ¡Triunfar o morir!!! Esa es mi divisa.

En las maniobras marchábamos 40 kilómetros sin parar (con los CETMES, las ametralladoras, lanzagranadas o el tubo de mortero) y sin dormir días enteros sin comer sin beber ¡tercio pal cuerpo! nos decían los mandos más sádicos fanáticos que reventaban los reclutas y luego de esas extenuantes jornadas nos premiaban con doble ración de donuts y ColaCao.

Alentando los rencores y rencillas entre los propios compañeros hasta el punto que ni siquiera existía solidaridad entre nosotros. Brillaba por su ausencia ese sentimiento humano de fraternidad porque nos habían convertido en perros rabiosos alimentados con pólvora. Un depravado método para mantener al grupo bien dominado. Para estos cobardes que se aprovechaban de los más débiles los enemigos no eran los moros ni los soviéticos sino que los enemigos éramos nosotros mismos, es decir, los propios CLPs. Allí aprendí lo que era el fascismo químicamente puro. Estos seres simiescos, bárbaros y primitivos transmitían el virus de la xenofobia y el racismo en su máxima expresión. Y los facinerosos encima lucían vacilones sus medallitas de latón que según ellos se habían ganado en heroicas hazañas bélicas. Guerras, que por cierto, solo han ganado contra su propio pueblo.

¿Acaso yo no escuchaba lo que hablaba el capitán Dávila Garijo con sus subalternos y camaradas; cabos primeros, sargentos, tenientes, capitanes o tenientes coroneles? escupían discursos completamente fascistoides donde se ensalzaban las hazañas franquistas de esa España inmortal del “Imperio hacia Dios”. Aduladores de don Pelayo o la reina Isabel la Católica, el Gran Capitán o el Caudillo (en mayúscula como nos enseñaron) Francisco Franco y también como no de los sanguinarios conquistadores Pizarro y Cortés. Ellos se decían herederos de esa casta de guerreros invictos.

Los CLPs que cometían faltas graves como deserciones, peleas, borracheras, o desobediencia a un superior se les castigaba con el calabozo o el maco, la cárcel de “Alcatraz de Henares” donde estarían recluidos por una semana, quince días, un mes y otros hasta seis meses. Y sin juicio alguno porque no existía un tribunal que los juzgara. Qué asco contemplar tanta degradación humana en esa mazmorra inmunda más propia de un campo de concentración del III Reich.

En nuestra instrucción no podía faltar las misas de campaña donde siguiendo el credo nacional-catolicista nos obligaban a confesarnos y comulgar con la hostia santa para demostrar que éramos legionarios dispuestos al martirio. “Señor dios y jefe nuestro, ante el puesto difícil que elegimos voluntariamente, venimos a ti porque queremos ser el mejor soldado de la patria. Sobre nosotros Dios, por nosotros la victoria, en nosotros el honor ¡triunfar o morir! ¡Caídos paracaidista con nosotros!”

Al toque de diana salíamos todas las mañanas a marchar por el acuartelamiento ¡Tercien armas! De frente paso ligero, arr… marcha paracaidista y para estimularlos empezábamos a cantar “en la mano un fusil, en la boca un puñal, el puñal lleva sangre roja enemiga. Fusilero pisa fuerte, pega duro, si al luchar caes herido en tu mente no hay dolor, no hay dolor, no hay dolor! ¡Paracaidista no te pares hasta caer reventado, avanza, un paracaidista dirá que está cansado hasta caer reventado…! Atrincherados en las estepas aragonesas bajo intenso frío invernal a10 grados bajo cero y sin mantas o achicharrados en el verano cuando jugábamos a la guerra en Chinchilla y a veces sin una gota de agua. ¡Tercio para el cuerpo!

A los inocentes soldaditos de plomo nos sometían a tremendo lavado cerebral donde teníamos que memorizar himnos y consignas patrióticas propias de la “formación del espíritu nacional”. Tras unos meses de adaptación a la bandera nos sentíamos engañados, víctimas de una encerrona pues esa aventura que nos prometieron se había transformado en una novela de terror. Quién podía imaginar que en el mundo pudieran existir tantos seres malignos, desalmados, degenerados, cínicos y sádicos. Violencia, maldita violencia. El ser humano degradado hasta lo más bajo y ruin. Siempre gritando y blasfemando haciendo gala de un lenguaje soez y barriobajero más propio de gañanes: “os vamos a dar de hostias hasta en el carnet de identidad”, y en el arrebato: “¡me cago en tu madre, me cago en Dios y en la hostia santa! Y misóginos hasta no poder más pues las mujeres las había creado Dios para fornicar. El no da más de la furia española.

En un claro abuso de autoridad los reclutas recién llegados a la compañía los cabos, cabos primeros les daban la “bienvenida” a empellones y coscorrones. Se los llevaban hasta sus habitaciones privadas para hacerles toda clase de perrerías: que les limpiaran lamiéndoles las botas, que les lavaran la ropa o les compraran en el bar bocadillos y bebidas. Luego los ponían frente al altar de Hitler, Franco, José Antonio y Millán Astray donde les hacían levantar los brazos en alto al estilo nazi y cantar el Cara al Sol. Gente de malvivir, vulgares puteros petados de hachís, alcoholizados y viciosos. Y eso es poco porque en el cenit de la locura empelotaban a los reclutas y los ponían a jugar a la gallinita ciega. Y ustedes ya pueden imaginar las desagradables escenas que se producían. Por su crudeza prefiero no describirlo. Los que parecían afeminados, por supuesto, muchos “pasaban por las armas” para que aprendieran a ser machos. Más de un caso de violación se presentó en ese entonces pero como es lógico nadie denunció. ¿Alguien se atrevía a denunciar con semejantes amenazas? eso nunca se sabrá pues ese secreto se lo llevarán a la tumba porque aquel que dijera algo sencillamente la pagaría muy pero que muy caro. Así se imponía la ley del silencio.

Yo también fui obligado a arrodillarme el altar nazifranquista que tenían los cabos primeros en su habitación donde tuve que dejarles a los santos Hitler, Franco o José Antonio Primo de Rivera ofrendas de tabaco y alcohol. Y ¡Viva España! Toda esa parafernalia de rituales ultras sin mayores objeciones estaba consentidos por los mandos muy especialmente el capitán Dávila Garijo de clara ideología nazifranquista que heredó de su padre. A quien describían sus familiares como “hombre cabal, un soldado ejemplar y querido por todos”

Por lo general el recluta pagaba las consumiciones a los veteranos, cabos y cabos primeros y debían pasarse por la cantina a comprarles cigarrillos, los bocadillos de panceta, chorizo o de tortilla, litronas de cerveza, vino o calimotxo pues les gustaba privar y fumar porros en cachimba y cuando estaban colocados cantaban canciones de los Chunguitos o los Chichos “…al compás de mi guitarra bailarás con alegría…” y como siempre todo eran hostias por aquí y hostias por allá, la humillación perpetua; más correazos y hacer flexiones de pecho aguantando patadas en la boca, golpes bajos entre risotadas y chistes. “Si te vas de permiso tráeme de regalo unas chinas pa’l canuto de hachís. Búscate la vida, tío”

Y cuidado con negarse al saltar desde el Aviocar pues muchos reclutas aterrorizados presas de pánico les daba el patatús. Entonces los instructores a empujones o a punta de patadas los tiraban como un saco de patatas por la puerta del avión. Y a esos pobres diablos que de plano se rajaban los castigaban con un mes en la cocina pelando patatas y limpiando trastos, o sea, labores más propias de mucamas.

Los mandos recomendaban a la tropa que durante los permisos de fin de semana se pasaran por la calle de la Ballesta en Madrid (Tradicional lugar de prostitución) para que desahogaran sus instintos básicos y dieran rienda suelta a su libido de machos en celo.

Teníamos que estar listos para la guerra así que nos movilizábamos en maniobras por distintos puntos del país: en el Hoyo de Manzanares, Estremera, Santorcaz, Casa de Uceda, Anguix en Guadalajara, Palancar, Sierra de Albarracín, San Gregorio en Zaragoza, la sierra de Valencia con las COES o en Chinchilla en Albacete.

Una vez en Motilla de Palancar llegó de repente de visita el teniente coronel Manglano y para vacilarse un poco el capitán Dávila Garijo me presentó ante él como si se tratara una “exótica mascota” Me puse firmes y lo saludé, eso sí mirándole los guevos a San Pedro, como me enseñó el cabo primero Coder. “A la orden ilustrísimo señor mi teniente coronel, se presenta ante usted el CLP… -y el me preguntó ¿eh, colombiano, no serás de las FARC? ¿Ilustrísimo señor, ordena alguna cosa más? Pisotón legionario y…¿Con su permiso me puedo retirar?

El capitán Dávila Garijo tras ser asesinado por ETA en un atentado pasó a ser un mítico héroe de la Brigada Paracaidista que será recordado siempre por su frase favorita: “tiene menos fuerza que el pedo de un maricón” Hijo de Fidel Dávila Jalón un General de Brigada de Infantería franquista condecorado por el Caudillo con medalla de cruz venera y medalla de la campaña 1936-1939.

¿Pero cómo me enteraba yo de todos esos asuntos sensibles? Pues muy sencillo teníamos la obligación servir a los mandos; éramos sus esclavos legionarios paracaidistas, que obedecíamos a la autoridad a pie juntillas como mandan las ordenanzas. A estos vividores les cocinábamos, les poníamos la mesa y servíamos sus buenos platos de comida y mientras yo al menos prestaba mucha atención a las conversaciones y tertulias que tenían y, sobre todo, cuando el alcohol (les gustaba el whisky, la ginebra y el vodka) se les subía a la cabeza y se les soltaba la lengua con las clásicas fullerías castrenses: “¡a todos los moros les voy a cortar la yugular!” “¡Voy a follarme las tías más buenas de tetas como melones!” “¡a los rojos ni agua, caña de España!”

Nosotros no merecíamos ni una pizca de misericordia cristiana que tanto pregonaba en sus sermones el capellán y venga a recitar: “señor Dios y Jefe nuestro ante el puesto difícil que elegimos voluntariamente…” - Y cada 8 de diciembre en la fiesta de la Inmaculada Concepción, patrona de la BRIPAC, le rendíamos honores a la madre de Dios. Porque, claro, el fascismo sin iglesia no es fascismo. “Soldadito que te proteja su manto, bendita sea tu pureza y eternamente lo sea porque la Inmaculada no solo estuvo en la raíz de la guerra matriz y modelo, sino también en todas las grandes victorias de las batallas de la iglesia y el combate de los hijos de la virgen contra la raza luciferina de la serpiente. “En la cruzada de mil soldados no teme espada quien lucha a la sombra de la Inmaculada” Virgen victoriosa a la que se encomendaron los adalides de la santa cruzada en la Guerra Civil. Después del toque del cornetín suenan los compases de la Marcha Real y todos nos poníamos firmes “mirándole los guevos a San Pedro -como es preceptivo- y con cara de palo embriagados de emoción cerrábamos los ojos. Que la paz sea con nosotros…

Por hidalguía los caballeros legionarios paracaidistas tenían que confesarse y comulgar en los actos religiosos a tono con la filosofía del nacional-catolicismo. Y es que a principios de los años 80 todavía ondeaba en la Brigada la bandera rojigualda franquista con el escudo del águila de San Juan a la que diariamente le rendíamos honores. “Caídos por Dios y por España ¡presentes!

Cuando recién comenzada la mitológica “transición” o mejor dicho, “restauración borbónica”, el joven falangista Adolfo Suárez es nombrado por el rey Presidente de Gobierno para sustituir a Arias Navarro.

El 9 de abril de 1977 Adolfo Suárez asume su cargo e intenta limar asperezas con la “otra España” cediendo a las reclamaciones autonomistas. Para demostrar su compromiso con la reconciliación entre los españoles en febrero de ese año legaliza al Partido Comunista. “porque la democracia española sería con el PCE o no sería”. y después le toca el turno al sindicato de CC.OO cuyos miembros levantan el puño en alto entonando la Internacional. Unas decisiones muy polémicas que como intuía el propio Adolfo Suárez –al que ya tachaban de traidor-podrían provocar una intervención militar. El cabreo era tremendo y el descontento aún mayor. Y así poco a poco se gestaron grupos de conspiradores que dieron la primera campanada en 1978 con la “Operación Galaxia”.

Los atentados etarras incendiaba los ambientes de las salas de banderas y los casinos de oficiales donde la cúpula militar franquista reclamaba más “cojones” pues se había llegado a una situación límite -como escribirían los prestigiosos columnistas del diario ultraderechista el Alcázar. En ese mismo año altos mandos de los tres cuerpos del ejército le enviaron cartas a su majestad el rey para que se dignara instaurar un “gobierno de salvación nacional”

Claro que estaban dadas las condiciones para una asonada al sentirse abandonados y excluidos de las mieles del poder. Como pasó en el 1936 no había ni ley ni orden.

En 1980, por ejemplo, hubo un total de 98 atentados de ETA y el GRAPO contra militares, guardias civiles, policías nacionales, policías municipales o políticos de derecha. En esos “años de plomo” la situación socio-política de España era bastante critica porque en el País Vasco y también en Madrid ETA actuaba impunemente. Como métodos de ajusticiamiento utilizaron balaceras, bombas lapa o carros bomba. “¡nos están diezmando y nosotros igual que los corderitos que llevan al matadero!” La organización separatista vasca exigía la independencia del reino de España, una de grave afrenta contra el dogma constitucional neofranquista de 1978. “ETA nos ha declarado la guerra, y si no actuamos rápidamente los terroristas van a descuartizar España” “A eso políticos les importa un bledo la integridad de la patria, no son más que unos “maricones” incapaces de enfrentarse a esas bestias asesinas”.

No había otra solución que dar un golpe de estado para extirpar el cáncer de la politiquería y especialmente meter en cintura al rojerío comunista y marxista derrotado en la Guerra Civil. Si ellos eran los triunfadores ¡que se habrá creído esa chusma! ¡Si levantara la cabeza el Generalísimo!. Mientras en la Brigada Paracaidista cuando se producían atentados los mandos iracundos bramaban: “a esos hijos de puta los vamos a colgar de los huevos de una farola. Hay que comérselos vivos con patatas fritas”. 

De todos estos entuertos los que pagaban el pato en la compañía eran los reclutas o CLPs vascos a los que sometían a duros castigos pues se les consideraba cómplices de los separatistas de la “antiespaña”. Condenados a cumplir el doble de guardias, imaginarias, limpieza de la cocina o las letrinas, barrer y trapear la compañía y también arrestos o 15 días a prevención o la anulación de permisos de salida y pernocta por supuestas faltas inventadas. Se les miraba con malos ojos pues al parecer estaban infiltrados en el cuartel y no quedaba otra que tenerlos bien controlados “vaya a ser que nos pusieran una bomba”.

En la Brigada había que andarse con cuidado porque si alguien tenía una cierta inclinación izquierdista podría ser muy peligroso. Y si se le descubrían libros o folletos revolucionarios de ideología comunista la suerte estaba echada ya que los mandos no dudarían en aplicar el tratamiento de choque del Dr. Vallejo Nájera para extirparles el “gen rojo”. Lo más seguro es que sufrían una crisis de identidad tan propia de la juventud que los arrastraba hacia el pecado del libertinaje y a una desaforada sexualidad. Cristianamente serían redimidos por medio de cursillos religiosos y desfiles donde los cánticos franquistas obrarían el milagro.

Ese 23 de febrero de 1981 por casualidad el XXVII aniversario de la Brigada Paracaidista de Alcalá de Henares (homenaje a los defensores de Sidi Ifni -allí se produjo el primer salto de guerra- donde se abrió el libro de nuestra historia: “no escatimaré mi sangre para escribir páginas de gloria” ante la agresión de los herejes moros a las tropas colonialistas acantonadas en Marruecos) Ese día por la mañana se llevó a cabo la tradicional parada militar de todas las compañías de la Bandera Paracaidista en la explanada del acuartelamiento Primo de Rivera.

Una ceremonia presidida por los altos mandos militares entre los que estuvieron presentes los conspiradores el general Armada (futuro presidente de Gobierno) y el general Torres Rojas, quizás intentando convencer al teniente coronel Manglano (para variar hijo de un general de división nazifranquista) jefe del Estado Mayor de la Brigada Paracaidista para que se uniera al complot. Pero al final se erigió en un “defensor del orden constitucional y la democracia” y por su fidelidad al rey fue nombrado el “capo de espías” del CESID. Incluso él había dicho que “la Brigada está lista para para lo que sea”. No sabemos que significaban realmente esas ambiguas palabras.

La situación de España pintaba muy mal y los padres de la patria aprovechando la crisis de UCD y el vacío de poder decidieron darle una solución radical a tan engorroso asunto. Definitivamente los militares afectos al rey Juan Carlos I pretendían formar un gobierno de unidad nacional o de salvación nacional encabezado por Armada, Tejero y Milans con apoyo de los partidos de la transición como en su día sucedió con la Operación De Gaulle (Resurrección) en Francia. Nunca se quiso dar un golpe contra el rey -ni más faltaba- porque don Juan Carlos I era el heredero de Franco y Capitán General de los ejércitos. Y desde entonces se convirtió como por arte de magia en el salvador de España y héroe sacrosanto engendrado, no creado.

El 29 de enero Adolfo Suárez desahuciado por su partido y blanco de las críticas de la oposición presentó su dimisión como Presidente del Gobierno y la Unión de Centro Democrática propuso a Leopoldo Calvo Sotelo para sustituirlo. El 23 de febrero la segunda votación de la investidura en el Congreso de los Diputados fue violentamente interrumpida a las 18: 23 por el teniente coronel de la Guardia Civil Tejero y su banda de criminales que entró a las patadas en el hemiciclo blandiendo un pistolón al grito de: ¡quieto todo el mundo! ¡Se sienten, coño! Una frase que ha quedado grabada a perpetuidad en el inconsciente colectivo de los españoles.

Ese día 23 de febrero a las 19:00 sonó el toque de llamada de tropa en todo el acuartelamiento. ¡A formar la compañía! Algo muy grave ha tenido que suceder para declarar el estado de alarma. Da la casualidad que yo sabía el por qué pues en ese justo instante escuchaba en la radio el debate de investidura de Calvo Sotelo como presidente del gobierno en sustitución de Adolfo Suárez. Impresionante ¡Tejero secuestraba a los padres de la patria y con sus cachorros se liaban a tiros en el Congreso de los Diputados!

Nosotros solo teníamos como contacto con el exterior la radio porque las televisiones estaban en el bar que por lo general ponían películas o reportajes. En esa época nos encontrabamos completamente aislados y en la inopia. La radio mis compañeros más bien la utilizaban para escuchar la música romántica, o rumba flamenca tan de moda, los partidos de futbol o el consultorio sentimental de Helena Francis.

Yo tenía que pasar desapercibido y no llamar demasiado la atención y por eso me dedicaba a la lectura y a tomar notas en mi diario secreto de todo lo que veía y escuchaba. Me hice famoso por mis poesías hasta tal punto que muchos me pedían que les escribiera cartas de amor para sus novias. Luego cuando leí el libro de Vargas Llosa “la Ciudad y los Perros” me di cuenta que se repetía la misma historia. Cuidadosamente escondía el cuaderno metido en el forro del colchón para que no me lo encontraran en las revistas de compañía. Y de todas esas notas es que he podido sacar un resumen para redactar esta crónica más de 40 años después porque no se merecen que se pierda de la memoria histórica.

A las 21:00 horas en la explanada del acuartelamiento se formaron todas las compañías con su armamento de guerra para escuchar las palabras del teniente coronel Manglano que nos advirtió que habíamos jurado lealtad al rey y la constitución y teníamos que estar preparados para defenderla. Y seguir al pie de la letra el himno de infantería “ador guerrero vibra en nuestras voces y de amor patrio henchido el corazón… ¡Viva el rey!

Al parecer se nos había encomendado la misión de enfrentar a los golpistas de la División Acorazada. Pero otros decían que teníamos que unirnos a los rebeldes. Todo era muy confuso pero al final tras el discurso de madrugada del rey nos mandaron a descansar a las literas, pero eso si vestidos con el traje de campaña y el armamento de guerra por si acaso. Al otro día nos levantamos con la noticia de que el rey había salvado España y todos los golpistas estaban tras las rejas. ¡Viva don Juan Carlos I! ¡Viva el Rey! Y empezaron a sonar por los altavoces del acuartelamiento himnos sacrosantos de felicidad.

Pero las vueltas que da la vida porque nuestro paladín hoy es considerado un villano corrupto que cobardemente huyó a Abu Dabi buscado protección de los "moros" que tanto nos hicieron odiar.

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