Carlos Gardel, "el cantor que tenía atravesada una lágrima en la garganta"

Carlos Gardel, "el cantor que tenía atravesada una lágrima en la garganta"

La noche anterior a su trágico fallecimiento en Medellín, el "Zorzal Criollo" pronunció una despedida premonitoria en La Voz de Bogotá

Por: Ricardo Rondón Chamorro
junio 25, 2019
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Carlos Gardel,

Ochenta y cuatro años después de su fallecimiento en la tragedia aérea del aeropuerto Enrique Olaya Herrera de la ciudad de Medellín (en ese entonces conocido como Aeródromo Las Playas), no ha nacido el cantor capaz de arrebatarle los laureles de la gloria a quien se le ha considerado como el máximo exponente del tango en su historia: Carlos Gardel (11 de diciembre de 1890, Toulouse, Francia-24 de junio de 1935, Medellín, Colombia).

A partir de aquella fatídica tarde gris, se han desplegado cualquier cantidad de mitos alrededor del eterno galán de la melodía de arrabal, a quien cultores y aficionados lo recuerdan como El Morocho del Abasto, El Zorzal Criollo, El Francesito, El Mago de Tacuarembó, entre otros remoquetes que Gardel se fue ganando en el trayecto de su elogiosa y aplaudida carrera.

Aunque se ha dicho que fue un disparo dentro de la nave en la que el cantor viajaba el que produjo el voraz incendio, la crónica oficial desmiente esta hipótesis ratificando que fue una colisión en la pista entre dos aeronaves: el Ford trimotor, con matrícula F-31, de la empresa SACO (Sociedad de Transporte Aéreo Colombiano), en el que iba Gardel, y el avión Manizales de la empresa SCADTA (Sociedad Colombo Alemana de Transportes Aéreos), quien había recibido, a la misma hora (3:00 p.m.) que el anterior, la instrucción para iniciar el carreteo.

Gardel había arribado a Colombia el 2 de junio de ese año a cumplir una serie de compromisos artísticos en varias ciudades, de las que fueron factibles con su comparecencia en escenarios: Barranquilla, Cartagena, Medellín y la capital de la República.

El 24 de junio, Gardel se embarcaba rumbo a Cali, procedente de Bogotá, donde estuvo fechado para sus conciertos el 14 de junio. La compañía aérea en la que viajaba registraba Medellín como parte del itinerario. Allí lo esperaban cientos de seguidores para saludarlo: fue el último adiós al ídolo de multitudes. Con Gardel viajaban veinte personas, de las cuales solos tres sobrevivieron al accidente.

Con el Zorzal partieron a la eternidad sus entrañables compañeros de lides artísticas Alfredo Lepera (cabeza de grupo, compositor y guitarrista), y los músicos Guillermo Barbieri, Ángel Domingo Riverol y José María Aguilar, este último sobreviviente del colapso. La noche anterior al siniestro, Gardel se había despedido de sus fanáticos colombianos con emotivas y generosas palabras, rematadas con el tango Tomo y obligo, transmisión de La Voz de Bogotá.

Tiempo después de aquel suceso infortunado, se revelaría un documento que a la fecha no deja de ser asombroso. La cédula de ciudadanía de la madre de Gardel, Berta Gardes, identificada con el número 424635, fue analizada por un numerólogo quien reveló una secuencia digital extraordinaria: el doble 4 como la edad de su deceso; el 24, la fecha; el 6, que corresponde al mes de junio; y el 35, el calendario funesto.

Gardel fue sepultado en primera instancia en la capital antioqueña, pero su abogado de confianza, Armando Defino, ordenó la repatriación del cuerpo que tuvo como morada definitiva el cementerio de La Chacarita, en Buenos Aires.

¿Francés?, ¿argentino? Uruguayo. Por décadas las tres naciones se disputaron la patria legítima del incomparable intérprete de tangos, cuya vida, obra y desafortunado final siguen siendo un misterio, una novela de la que biógrafos y tratadistas no descansarán en sus pesquisas para poner el punto final.

No obstante, en 2012, y tras una investigación de más de diez años, se dio a conocer su partida de bautismo, en la que el Zorzal aparece registrado con el nombre de Charles Romuald Gardes, inscrito el 11 de noviembre de 1890, en los folios de registros civiles de Toulouse, Francia.

Dicho documento fue publicado en un libro titulado El Padre de Gardel, de los investigadores Juan Carlos Esteban (Argentina), y Georges Galopa y Moniqué Ruffié (Francia), quienes soportan que Gardel, de dos años y tres meses, llegó a Argentina en brazos de su madre, la humilde planchadora francesa Berta Gardes, expulsada de su país por ser madre soltera.

De acuerdo al testimonio, Argentina fue la patria adoptiva de Gardel, a donde doña Berta llegó a instalarse con premuras y dificultades en el sector marginal del Abasto bonaerense, donde se empezó a tejer la leyenda artística del virtuoso vástago, que dio sus primeras luces como cantante en antros y lupanares de mala muerte, donde a diario se cosían a puñaladas y picos de botella compadritos y malevos por disputas de poder en el arrabal, o por el cuerpo marchito de una cabaretera.

Si el tango es un sentimiento triste que se baila, como lo definió Enrique Santos Discépolo, pero a la vez la banda sonora de los derrotes, las frustraciones y los sinsabores de la vida, Gardel, como ningún otro, supo lograr el mejor partido de ese melodramático caldo de cultivo, y con enormes cualidades a favor: su estampa de divo que enloquecía a las mujeres, una sonrisa cautivadora, sello de su carisma que solo borró la muerte, y una voz prodigiosa que llenaba escenarios a granel, y que se empoderó como una marca sin par en la radio y en la industria discográfica, en la época dorada del vinilo.

Cientos de anécdotas alrededor del acetato, que del inmortal Gardel acuña una buena parte de su producción el curador y coleccionista Élkin Giraldo Giraldo, en sus bodegas de Almacenes Cosmos, en el centro de Bogotá.

Las carátulas de las pastas gardelianas dan cuenta de un sinnúmero de registros y reseñas de cultores del tango y de la música en general, como las don Hernán Restrepo Duque, Enrique París, Álvaro Monroy, Hernán Caro, y el notable poeta y compositor argentino Enrique Cadícamo, quien se explaya en elogios con su genial intérprete en la contraportada del álbum (del sello Emi) que compila sus letras.

Atento a mis apuntes alrededor de Gardel, a propósito de los ochenta y cuatro años de su fallecimiento, don Élkin Giraldo me obsequia, como contribución al recaudo de mayor información, el tomo 20 de la Colección de Tango, del diario Clarín, dedicada al Zorzal Criollo, que incluye apartes de entrevistas concedidas a distintos medios impresos y radiales, en diferentes etapas de su carrera, de las que más adelante reproduciremos.

Gardel, afianzan las notas de carátulas, comenzó a rondar en los cafetines y bulines del Abasto y la Boca, cuando rayaba en la adolescencia. Los primeros centavos los recibió como claqué, que era como llamaban a quienes incitaban al aplauso en las romerías de mercachifles, o en sainetes de teatros. En los escenarios fue utilero y tramoyista, y en ese trasegar tuvo el privilegio de oír a grandes de la ópera como Tita Ruffo y a Enrique Caruso, quien cuando lo oyó cantar, se refirió de Gardel: “Este muchacho tiene una lágrima atascada en la garganta”.

Al principio, para Gardel no hubo distingos ni preferencias con la música, hasta que como profesional se encarriló por el tango. Pero cantó de todo: folclore pampero, rumba, candombe, foxtrots, tarantelas y canzonetas (canciones napolitanas), y hasta zarzuela.

El tango llegaría a su debido momento, cuando se alió con el uruguayo José Razzano, con quien debutó en una milonga de Montevideo por cincuenta pesos, una fortuna en ese entonces, cuando a los músicos les pagaban con noches de bebeta y minas (mujeres, en lunfardo) a su elección.

El sortilegio gardeliano se produjo en 1917, cuando el dramaturgo, músico y letrista de tango Pascual Contursi, le extendió al Zorzal la melodía Mi noche triste, con música de Samuel Castriota, la misma que narraba el despecho de un mancebo destrozado por el olvido por su mujer. El tema se popularizó en la radio y el público no cesó en demandar más canciones en la voz del iniciado Gardel, quien terminó divorciándose de Razzano para acompañarse por tríos y grupos de envergadura en clubes y salones elegantes de la sociedad bonaerense.

Así se fue empinando la seductora figura del divo, del afamado portavoz del tango, el aclamado y solícito de los empresarios, y a la vez de los cotizados directores de cine que le extendían tiquetes de avión y atractivas pagas para filmar películas en Nueva York, como El día que me quieras, una de las más recordadas en su historial como actor y cantor.

Atrás habían quedado las ordinarias fachas del rebuscador de La Boca y del Abasto. Ahora se jactaba de los exclusivos roperos sobre medidas: el sobrio sombrero de ala gacha, que fue su impronta en los luminosos carteles y en su cotidianidad de artista; el abrigo ambicioso en abotonadura, el terno impecable de paño inglés; el chaleco blanco con su infaltable reloj de galera; y los prismáticos que no fallaban en el hipódromo de Palermo, después de las mujeres rubicundas, otra de sus debilidades, la de las carreras de caballos, cuando en tribunas animaba al uruguayo Irineo Leguisamo, el legendario jockey, también conocido como El Pulpo, un campeón de la hípica que montado como un Cid sobre Lunático y El Pingo, sus corceles preferidos, le reportaron jugosas ganancias, y la inspiración del emblemático tango Por una cabeza.

Entrevistado de lujo

Carlos Gardel, alusión a su carisma, al ángel cautivador que poseía, fue un entrevistado afable que, como pocos de su talla en el firmamento rutilante de la fama, atrapaban la atención de los entrevistadores.

Algunos extractos de declaraciones publicadas en medios de distintos países, nos aproximan a un Carlitos amoroso y orgulloso del tango, apasionado por el cine, embanderado con lo criollo y sus raíces, y con su sino de trotamundos de alma porteña.

El día que me quieras, según la opinión de muchos compañeros y según mi predilección, es mi mejor película, y en ella he podido hacer una caracterización que me satisface por completo” (Puerto Rico Ilustrado).

“Soy nada más que un cantor de lindas formas musicales de mi tierra, que trato de interpretar lo mejor que puedo; y si se me permitiese la inmodestia, estoy seguro que al tango hay que contarlo como yo trato de hacerlo” (Citado en el libro: Su vida, su música, de Simón Collier).

“No soy yo el que triunfa, es nuestro tango el que se impone. Nueva York aplaude nuestras películas y canciones. Hago todo esto pensando en un próximo gran futuro de nuestra cinematografía”. (Radio Splendid, Nueva York).

“Quizás la razón oculta de mis victorias se halle en el apasionamiento profundo por todo lo latino que me lleva a concentrar, como a través de un lente, todos los lances de mi alma en el ritmo de los tangos y en el sentido de mis canciones”. (Nacional de Bogotá).

“Cómo voy a cantar palabras (en inglés) que no entiendo, frases que no siento. Hay algo en mí que vibra al sonido de las palabras que me son familiares, que están hondamente arraigadas en lo más hondo de mi ser; palabras que aprendí en mi niñez, que tienen el significado de cosas muy nuestras, imposibles de transmitir. Mi idioma es el español, o mejor aún, el porteño. La pregunta: ‘¿Me quieres?’, no contiene para mí la emoción que se vuelca en la misma pregunta porteña: ‘¿Me querés?’. ¡Qué pena, amigos, que no pueda satisfacer sus deseos! ¡Yo sé cantar solamente en criollo!” (Reportaje con la cadena NBC).

“Me voy de Bogotá con la impresión de quedarme en el corazón de ustedes. Encontré en las miradas de las mujeres colombianas, en las sonrisas de los niños, en el aplauso de los bogotanos, un cariñoso afecto hacia mi persona. Si alguna vez alguien llega a preguntarme sobre las mejores atenciones que he recibido a lo largo de mi carrera, les aseguro que no podré dejar de mencionar al pueblo colombiano. Gracias, amigos. Muchas gracias por tanta amabilidad. Yo voy a ver a mi viejita pronto, y no sé si volveré. El hombre propone y Dios dispone”. (Emisora La Voz de Bogotá, 23 de junio de 1935, declaración incluida en el álbum triple Carlos Gardel 50 años, 1935-1985, RCA Camden).

La reseña de Enrique Cadícamo

Del álbum que incluye las más preciadas melodías del creador argentino:

“Hace cuarenta y cuatro años nos legó su voz melodiosa, instrumento puesto por Dios. Maestro no solo de la belleza sino de imperecedera gloria, convenimos que el fabuloso arte de Carlos Gardel, más que en el conservatorio fue aprendido por las calles escuchando el canto de los pájaros.

Como el Gran Caruso —el pescador que pregonaba su mercancía por las calles de Nápoles— nuestros increíble Morocho dejaba escuchar sus melodiosos gorjeos de zorzal por las callejuelas del Mercado de Abasto, vibrando a través de las letras de los tangos, las historias sombrías de las mujeres llenas de culpa, el rencor de los guapos de la periferia, un reñido final en Palermo, la tristeza de la milonguita de cabaret.

Nacido en Toulouse-Francia, fue porteño del alma, figura querida y respetada del Abasto, barrio bravo con alma de aedas y malevos. Anticipándome a la próxima publicación de un libro de versos al que he titulado Los inquilinos de la noche, como primicia y en su homenaje con motivo de cumplirse el cercano medio siglo de su desaparición física, transcribo dos cuartetas que recuerdan al divo.

El Morocho (1914)

No podía ser otra que la Calle Corrientes al lado del Café Domínguez —puerta con puerta—, donde vivía Gardel con su inefable madre, un ángel con arrugas que se llamaba Berta.

Increíble Morocho, genial rompebalanzas, te sobraban los kilos… ¡pesabas 110!, gordo maravilloso, valías lo que pesabas por tu voz melodiosa de galán extraordinario.

Conocí a Gardel y fui su amigo, llevado por la mano de José Razzano, mi vecino de Flores, quien ya le había hecho grabar mi primer tango, Pompas de jabón. El Mago actuaba en un cine de Calle Lavalle, alternando el programa de películas mudas, con su arte inigualable.

Vernos, saludarnos y estrecharnos la mano, significó una amistad que nos unió en nuestro quehacer artístico durante muchos años. Al notar mi juventud y recordar el tango que me había grabado con su sonrisa impar y su permanente cachada,  siempre a flor de labios, me soltó esta pregunta:

—¿A quién le afanan los versos?

Es fácil comprender lo que significaba para mí la amistad con aquel y ya famoso cantante.

Razzano, sabiendo la admiración que yo sentía por Gardel, solía invitarme después de la función a tomar helados. Carlos era muy aficionado a esta golosina. Esto casi siempre ocurría en la vereda de una conocida heladería que lindaba con el cine Broadway, de la Calle Corrientes.

Carlos era muy comunicativo conmigo, y mientras sorbía helados —nunca menos de tres o cuatro seguidos— entre cuentos festivos y fragmentos de charla que pretendían ser formales, me comentaba sus deseos de debutar en un futuro cercano en París. Ese era su terco y ferviente deseo.

Emergiendo de las profundidades de este dorado sueño solía decirme:

“París… la Ville Lumiere… Hermosa como una mujer difícil de conquistar”.

A Gardel siempre le fascinaron los sueños de gloria.

Yo fui testigo de su debut y de su triunfo artístico en El Florida, de París, la noche de aquel 2 de octubre de 1928. La gloria ya lo venía siguiendo desde Buenos Aires como una novia fiel y consecuente, aunque a veces no faltaron algunos oscuros gacetilleros que les soltaron unas que otras flechas, que jamás lograron infligirle la más leve picadura.

Cantaba por un amor de su ensueño de artista genial que ninguna vicisitud cambiaría, solo la muerte, su caída de ángel que sirvió a la postre para convertirlo en la estatua más querida y recordada de la mitología tangística.

Sin pretenderlo ni ambicionarlo, Gardel me hizo obtener el insólito y honroso récord artístico: mis veintitrés canciones grabadas por su voz inolvidable, de las cuales doce de las mismas se hallan compiladas en este L.P. que aparece en el homenaje al cuarenta y cuatro homenaje de su muerte”: Anclao, Cruz de palo, Ramón, Che Papusa, oí…; La novia ausente, Callejera, Ché Bartolo, Al mundo le falta un tornillo, Pompas, Muñeca brava.

Sonará reiterativo comentar que ochenta y cuatro años después, el gran Carlitos Gardel sigue cantando mejor que nunca, como lo atestiguan sus grabaciones antológicas, y los preciados acetatos al cuidado de don Elkin Giraldo.

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