Así es ser rescatista aéreo en combate

Aunque muchos lo olvidan, detrás de los uniformes militares hay personas. Como homenaje a los hombres de la FAC fallecidos el pasado domingo, el relato de una misión

Por: Juan Alberto Correa
agosto 14, 2019
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Así es ser rescatista aéreo en combate
Foto: FAC

Hace unos 13 años tuve la honrosa oportunidad de compartir la mesa en un evento con un suboficial de la Fuerza Aérea experto en rescates. Ya no recuerdo su nombre, pero durante la charla, y al preguntarle por lo que hacía, este hombre me contó con emoción algunas de sus experiencias como rescatista en misiones bastante difíciles propias de la guerra. Poco después participé en un taller de redacción, durante el cual escribí esta crónica basada en aquella conversación. El relato nunca se publicó y, siendo una adaptación, quizás algunos detalles no concuerden con total exactitud, pero creo que reflejan las imágenes y vivencias que el emocionado suboficial me transmitió ese día.

Hoy lo comparto como un homenaje a los dos hombres de nuestra Fuerza Aérea Colombiana que fallecieron el pasado domingo en la exhibición aérea en Medellín y a todos los héroes que arriesgan sus vidas por los demás. Las siguientes líneas no pretenden debatir —sin duda hay una investigación sobre los hechos como en cualquier tragedia aérea— sino exaltar a estos colombianos y dar una idea de quiénes están dentro de esos uniformes. Paz en sus tumbas.

* * *

—Flaquita, esta noche me demoro porque me acaban de informar de una misión de última hora.

—Cuídese mucho, mi amor— me dijo mi esposa al otro lado de la línea después de un breve silencio en el que se notaba algo de decepción, pues en la mañana le había prometido que estaría temprano en casa para terminar de hacer las decoraciones navideñas.

No obstante, pensé que ella ya estaría acostumbrada a verme llegar en la madrugada, pues en los cinco años que llevamos casados ha tenido que compartirme con la Agrupación de Comandos Especiales Aéreos de la Fuerza Aérea Colombiana (ACOEA), de la cual hago parte como comando especial aéreo con el grado de técnico segundo.

La agrupación es una unidad especializada en realizar rescates aéreos en combate y prestar seguridad en diferentes situaciones.

Era el dos de diciembre de 2005, y me encontraba en Cali escoltando al Presidente de la República, quien estaba presidiendo la ceremonia de graduación de los cadetes de la Escuela Militar de Aviación.

Por esta razón íbamos dotados con un equipo de combate cercano, que no es apto para realizar rescates, pues su peso alcanza los 140 kilos incluyendo a quien lo porta.

Después de la ceremonia fui alertado para efectuar una evacuación helicoportada con grúa cerca a Buenaventura, donde había un soldado gravemente herido durante combates entre el Ejército y el frente 30 de las Farc.

Me ordenaron conformar un equipo de rescate y alistar el material que yo encontrara útil en la Escuela para esta misión.

Aunque en ese momento no tenía el equipo más adecuado para este tipo de maniobras, decidí ir hacia el objetivo.

Después de realizar los procedimientos necesarios, salimos a las 7 de la noche hacia la zona en un helicóptero de transporte Black Hawk, en el que tuvimos que improvisar un arnés con cuerdas de más de cuarenta metros de longitud. Íbamos protegidos por un helicóptero Arpía debido a los intensos combates que se registraban en el área.

Se nos había informado que la altura de los árboles era de aproximadamente 17 metros pero una vez allí nos encontramos con un terreno diferente. El lugar continuaba siendo hostigado y los árboles que se hallaban sobre un risco en realidad sobrepasaban los 30 metros, por lo que tuvimos que ubicar un terreno apropiado en el que yo pudiera descender.

Con el helicóptero suspendido sobre la montaña, descendí por la soga del rápel más de 40 metros mientras que por el otro lado de la aeronave bajaba la camilla. El acceso era muy difícil, pues había gran cantidad de árboles talados sobre el terreno.

Una vez abajo, tuve que escalar la pendiente en medio de la espesura hasta llegar a donde se encontraba el herido, quien había recibido un impacto de bala en el cuello y por lo cual debía inmovilizarlo para evitar posibles fracturas.

Luego de acomodar al herido en la camilla, hice los amarres correspondientes y la enganché al cable, de modo que se mantuviera en posición horizontal durante el trayecto. En ese momento, guiado por información de un soldado en tierra, el helicóptero se elevó súbitamente, con tan mala suerte que arrastró la camilla aproximadamente 10 metros hacia los árboles. Bajé nuevamente para alcanzarla, pero el helicóptero dio un giro dejando la camilla donde estaba anteriormente.

Nos elevamos y emprendimos el viaje hacia Buenaventura, colgando de las sogas a más de tres mil pies sobre la selva, en medio de esa noche sin luna.

El peso del equipo que llevaba puesto y la velocidad del viento de más de 35 nudos que golpeaba todo mi cuerpo, hicieron que comenzara a perder estabilidad.

"Voy a caer", pensé, mientras mi instinto de supervivencia hizo que me aferrara con mis brazos al cable que sujetaba la camilla.

Fue así como los 25 minutos que nos separaban de Buenaventura se convirtieron en la noche más larga de mi existencia. Flotando en la oscuridad absoluta, tenía la impresión de que miles de manos tiraban de mis piernas arrastrándome al abismo.

El estruendo del helicóptero se alargaba eternamente sobre mi cabeza como una avalancha en cámara lenta y creí que así podrían sentirse las decenas de soldados que había tenido que recuperar envueltos en bolsas negras, en otras ocasiones.

A pesar del herido que iba a mi lado, jamás en mi vida había sentido tanta soledad como esa noche.

"¿Yo qué diablos hago aquí?", pensé, mientras recordaba la voz de mi esposa cuando me decía que con todo lo que yo sé podría estar ganándome la vida de otra forma y con un mejor salario.

Busqué justificaciones en mi mente. Regresé a los fines de semana de mi infancia, cuando pasaba horas cerca a la pista del aeropuerto El Dorado viendo pasar los aviones con el sueño de ser piloto cuando grande.

Vi el día cuando tenía 18 años en que le dije a mi madre que había decidido ingresar a la Escuela de Suboficiales de la Fuerza Aérea, a pesar de que mi jefe en la empresa donde trabajaba como mensajero me había ofrecido pagar parte de mi carrera si estudiaba ingeniería.

Recordé mi esfuerzo y mi preparación para las difíciles situaciones propias de la guerra y la emoción que representaba cada reto. Enumeré mis cursos de lancero, de contraguerrilla, de combate, de salto libre, de búsqueda y rescate, de primeros auxilios, y volví a sentir la palmada que me dio el jefe de salto del curso de paracaidismo militar del Ejército para darme la orden de saltar por primera vez desde la puerta luminosa de un DC 3. En esa ocasión la altura y el vacío representaron para mí completa libertad.

Nada lograba compensar el aislamiento que sentía aquella noche. Pensé entonces en los más de 450 soldados y policías que había evacuado vivos en los siete años que llevaba como rescatista y, entre esa multitud, vino a mi mente la imagen de aquel soldado que durante una evacuación en Sevilla, Antioquia, le pidió al tripulante un cupo en el helicóptero para salir de allí, pues ya terminaba su servicio militar.

En esa ocasión se presentó un hostigamiento y el helicóptero tuvo que ascender rápidamente para evitar ser alcanzado. El soldado, que apenas estaba subiendo a la aeronave quedó colgado de la mano de mi compañero, quien con mucho esfuerzo lo sostenía venciendo la inercia para no dejarlo caer. Entonces me lancé a la puerta para agarrarlo con la otra mano y esperamos un eterno minuto a que el helicóptero se estabilizara, para lograr meterlo a la aeronave con la ayuda del tripulante que se unió a nosotros jalándolo del cuello de la camisa.

Mi justificación llegó entonces cuando pensé en el contraste entre el rostro de terror del soldado que nos gritaba con los ojos que no lo soltáramos y sus efusivos gestos de agradecimiento por haberle salvado la vida a más de 150 pies de altura.

En ese momento me di cuenta de que todos tenemos una misión en la vida y que, si moría esa noche, yo ya había cumplido con la mía, que era salvar otras vidas.

Supe que a pesar del dolor, mi esposa sabría explicarle a nuestro hijo de cinco años los motivos por los cuales debería sentirse orgulloso de su padre, y que uno no debe ser modesto para reconocerse a sí mismo como un héroe.

Me di cuenta de que la noche no era tan oscura y levanté mi cabeza para observar las miles de estrellas que la alumbraban.

Su brillo se fue opacando con el reflejo de las luces de Buenaventura, que se acercaba lentamente.

Pese al ruido del helicóptero, me pareció escuchar los quejidos del soldado herido que me acompañaba.

Sacando la voz desde el fondo de mi ser, y con los brazos adormecidos por el esfuerzo, solo pude gritarle: ¡tranquilo, hermano, tranquilo, ya vamos a llegar!

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