Richard Nixon la bautizó en los años setenta como La Guerra contra las Drogas (War on Drugs). No fue solo una política pública; fue un relato moral, geopolítico y militar que permitió a Estados Unidos proyectar poder, intervenir territorios y justificar décadas de violencia en América Latina. Cincuenta años después ese relato ya no se sostiene. No porque haya sido derrotado, sino porque se ha vuelto imposible de explicar sin recurrir al cinismo.
El presidente del país mayor productor y el del mayor consumidor de cocaína del mundo se sentaron a la mesa no para celebrar un éxito, sino para administrar un fracaso histórico. Medio siglo de fumigaciones, bases militares, ríos contaminados, selvas devastadas, cientos de miles de muertos y Estados debilitados, no detuvieron ni la oferta ni el consumo. Al contrario, hoy hay más drogas, más mercados y carteles más poderosos que nunca. La guerra fue real; la victoria ficticia.
Colombia no llega a este punto como un país vencido, sino como un país exhausto de obedecer una estrategia ajena que fracturó su economía, erosionó su democracia y normalizó la violencia como política pública. La guerra fue mutando de nombre —narcotráfico, narcoterrorismo, narcoguerrilla—, pero no de lógica; militarización del territorio, control social y defensa de inversiones extranjeras bajo el eufemismo de “confianza inversionista”. El resultado es visible y medible, el problema que se decía combatir no solo sobrevivió, sino que se perfeccionó.
Gustavo Petro no fue a Washington a pedir indulgencias ni a negociar una foto. Fue a exponer una verdad incómoda, la droga no se derrota con misiles, sino desmontando la economía que la produce. Sustitución voluntaria de cultivos negociada con campesinos pobres, reemplazo por cultivos lícitos como café y cacao con respaldo estatal y garantía de comercialización, desmantelamiento de laboratorios y redes logísticas, fortalecimiento de la inteligencia contra capos internacionales. Incautaciones sin bombardeos. Resultados sin espectáculo bélico. Lo que se pone en cuestión no es un método, sino el mito de que la violencia es sinónimo de eficacia.
El nuevo enfoque no es solo social; es profundamente político y geopolítico. Menos pobreza implica reducción de la migración, una ecuación que Donald Trump comprende mejor que cualquier discurso humanitario. Pero, el trasfondo es aún más sensible: Colombia se ha distanciado del Fondo Monetario Internacional, ha suspendido la regla fiscal ante la asfixia heredada y ensaya una política keynesiana clásica en un país periférico, intentando salvar al capitalismo de sí mismo. Reforma agraria, créditos flexibles, estímulo al mercado interno. Todo ello en una economía que sigue siendo extractivista y dependiente, pero que ya no acepta el sometimiento financiero como destino natural.
En este escenario, la relación colombo venezolana adquiere un carácter estratégico. La integración comercial y energética entre Bogotá y Caracas no es una consigna ideológica, sino una decisión pragmática. Si Occidente cierra el grifo financiero, ese eje puede convertirse en un corredor alternativo hacia el bloque euroasiático. Donald Trump lo sabe. Por eso no es casual que el tema aparezca en la conversación. Tampoco lo es que, pese a la retórica, una intervención militar en Venezuela sea hoy prácticamente inviable, tanto por límites internos en Estados Unidos como por el costo político internacional.
La pregunta que repiten los analistas —¿quién ganó el encuentro, Petro o Trump? — revela más pobreza intelectual que análisis. Solo quien sigue pensando la política internacional como un ring necesita declarar vencedores. Lo que ocurrió fue algo más inquietante, Colombia habló sin miedo, sin genuflexiones y sin repetir el libreto que durante décadas se le exigió memorizar: Yes, sir.
Petro no fue a disputar una reunión; fue a disputar un relato. Y eso, para el poder, es mucho más peligroso que perder un acuerdo. Porque los imperios no empiezan a caer cuando pierden guerras, sino cuando ya no logran explicar por qué las libran. No hubo un ganador visible ni una victoria que celebrar. Lo que hubo fue algo más grave para el poder, la pérdida del control del relato. Estados Unidos no fue desafiado militar ni económicamente; fue cuestionado en el terreno que mejor dominó durante medio siglo, el de la legitimidad moral.
Cuando la guerra deja de explicarse como necesaria, deja de ser sostenible. Y cuando el país que puso los muertos, la selva y el territorio se permite decirlo en voz alta, el silencio que sigue ya no es diplomático, es histórico. La Guerra contra las Drogas no colapsa en una cumbre ni se firma su acta de defunción, pero desde ahora camina sin coartada, sin épica y sin obediencia. Eso es lo verdaderamente nuevo. Y para cualquier imperio, eso es el principio del final.
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