Harol González Duque, nacido en Santa Rosa de Cabal (Risaralda), llegó a dirigir la Academia Diplomática Augusto Ramírez Ocampo —dependencia encargada de estructurar el concurso de ingreso a la carrera diplomática y de adelantar el curso de formación de quienes lo superan— sin registrar trayectoria previa en el servicio exterior de carrera en su hoja de vida.
Y aquí aparece el detalle que vuelve el nombramiento políticamente elocuente: antes de aterrizar en la dirección de la Academia, González Duque figuró como vicepresidente internacional del movimiento Colombia Humana.
En un gobierno donde el propio presidente ha minimizado públicamente la idea de requisitos para designaciones diplomáticas —con frases que relativizan la tecnicidad del servicio exterior—, el mensaje no es sutil, es claro: la lealtad política prevalece (y a veces reemplaza) el mérito institucional.
El protagonismo inusual: un director de Academia Diplomática en la “cúpula” del Gobierno
Contrario a lo que se espera de un director de área técnica, Harol ha aparecido en actos y vitrinas del alto gobierno que, por tradición, no solían incluir a esa dirección, ni menos cuando se trata de diplomáticos de carrera. Por ejemplo, integró la presentación pública de la Comisión Transitoria de Esclarecimiento sobre la Guerra contra las Drogas, instalada a finales de enero de 2026.
También se le ubicó en contenidos institucionales asociados a la Cumbre CELAC–UE (en el marco de piezas oficiales y de difusión relacionadas con la sede y la agenda del evento).
Y cuando la exdirectora del DAPRE, Angie Rodríguez, encabezó una declaración oficial sobre tensiones con EE. UU. y convocó respaldo al presidente, el hecho fue cubierto por medios públicos y circuló con presencia de figuras del entorno gubernamental, incluyendo también a la Academia y con la presencia de Harol, por supuesto, como parte de la "cúpula del Gobierno", en palabras de Petro.
Hasta aquí, la pregunta real es ¿por qué el cargo que define (o influye) sobre el ingreso y ascenso del servicio exterior necesita tanta tarima y tanta cámara? La respuesta no es que ello sea necesario para la mejor gestión de la Academia Diplomática; por el contrario, la respuesta es “posicionamiento” y construcción de una figura política.
Y es que González Duque está vinculado a la escena internacional y al círculo de confianza del presidente, incluyendo actos como su presencia en la ceremonia en Palacio donde fue otorgado el doctorado honoris causa a Gustavo Petro por la Universidad Nacional de Lanús. Ese tipo de ceremonias no son neutras, son mensajes. Y el contexto simbólico pesa aún más cuando se recuerda que la misma universidad ha concedido doctorados honoris causa a figuras como Hugo Chávez o Fidel Castro.
De hecho, en ese mismo evento y como compañero inseparable, dentro de la misma atmósfera de “lealtades”, se le vio junto al exembajador bachiller en México Moisés Ninco Daza, a quien el Consejo de Estado confirmó la nulidad de su nombramiento por fallas en el procedimiento de su nombramiento, un episodio que dejó claro que en la diplomacia de Gustavo Petro las barreras legales se pueden burlar al menos por un periodo para lograr lo que él quiere.
¿La Academia como fortín político?: la cifra que encendió alarmas
El punto más delicado no es su biografía política sino la posible captura burocrática de una dependencia que debería blindarse de la polítiquería. A finales de enero de 2026, sindicatos de la Cancillería alertaron que solo en la Academia Diplomática iban 115 contrataciones, para una entidad cuyo núcleo es la formación diplomática.
En paralelo, notas periodísticas recogieron declaraciones de organizaciones de carrera (como Asodiplo y Unidiplo) sobre oleadas de contratación (superiores a 100 y hasta alrededor de 130) y sobre un “observatorio” al que se le asociaron decenas de vinculaciones, lo cual —si se confirma en detalle— describiría una expansión contractual con olor a pago de favores políticos y de amistades, y no a academia (Infobae, 26 de enero de 2026). Por supuesto, los vínculos del director con los contratistas, la finalidad de esos contratos y el aporte real de semejante gasto burcrático, deberá investigarse.
Lo que está en juego
El problema, en suma, no es que Harol González Duque sea joven ni que venga de la política. El problema es otro: que la entidad que debería blindar el mérito en el servicio exterior se vuelva una plataforma de posicionamiento y, peor aún, un terreno fértil para inflación contractual y propaganda indirecta y camuflada a una figura en ascenso dentro del partido de gobierno y su movimiento político.
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