Villarrica y sus 3000 niños desaparecidos: signos del olvido

3000 niños desaparecidos: el símbolo del olvido estatal por los inocentes que murieron en Villarrica

Por los inocentes niños de Villarrica, arrebatados de sus padres al inicio de La Violencia en los 50, nadie averiguó, porque eran los sin nadie, los hijos de la nada

Por: Edison Peralta González
febrero 15, 2024
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3000 niños desaparecidos: el símbolo del olvido estatal por los inocentes que murieron en Villarrica
Fotografía: Canva

Villarrica y sus niños desaparecidos, ¿dónde estarán?

Hace mucho viajé con tu nombre a mis espaldas y aparecías en el hospicio, a veces rozando mis entrañas en el alba, como gajos de miradas desprendidas de las rendijas del alma y te quedaste ahí, pequeña ciudad mía en el tañer de las campanas testimoniando las atrocidades de la muerte…

Hoy, febrero de 2024, hace 69 años, un batallón del Ejército de Colombia irrumpió en las instalaciones de la escuela urbana de niños contiguo a la hoy Casa de la Cultura de Villarrica (Tolima) para indicarnos el camino del destierro, el abandono, la evacuación y la muerte.

Había comenzado la guerra, que no fue ninguna guerra (como dijera el senador indígena Jesús Piñacué) entre unos campesinos inocentes y harapientos con palos y piedras y machetes y fistos hechizos contra un poderoso ejército armado hasta los dientes con tanques y morteros y aviones y bombas napalm enviados por el Tío Sam desde más allá de los mares. Qué infamia.

Los campesinos se rebelaron porque los venían matando a diestra y siniestra para robarles la cosecha y la tierra en complicidad con los esbirros de ambos partidos después que entregaran sus armas hechizas en la plaza y calles polvorientas de nuestro pueblo.

No exigieron nada, solamente el derecho a vivir y que dejaran de perseguirlos y matarlos en los rincones y recovecos de la pequeña población ultramontana. No obstante, para congraciarse con el despojo y el hambre y la muerte, los invasores les dieron un pantalón de dril, un par de tenis Croydon y 200 pesos. Era el mes de octubre de 1953. Hacía poco que más de un centenar de campesinos de Villarrica fueron masacrados por la soldadesca conservadora cuando los trasladaban del caserío de San Pablo al recién creado campo de concentración de Cunday (1953).

Hacía no muchos meses que los esbirros de Julio Gerlein y sus secuaces en cumplimiento de la fatídica orden de conservatizar a Colombia a sangre y fuego habían masacrado ocho campesinos de la familia Caballero en la vereda El roble, hoy Marayal. Hacía poco habían arrastrado en un carruaje y torturado y asesinado a Carlos Mora en las calles de nuestro pueblo. Habían asesinado en Manzanita a Efraín García, hermano de Carátulas. En Bajo Bélgica masacraron a mi amiga de infancia Edelmira Sarmiento. Todos los días la muerte se ensañaba con la inocencia de humildes labriegos que huían despavoridos por los maltrechos caminos y calles heridas de la pequeña población ensangrentada.

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Después de la evacuación y desplazamientos forzados y orfanatos maltrechos y la guerra de trincheras y la huida y la muerte no pude saber más de mis compañeros de escuela. Se los tragó la selva y el hambre y la desnutrición, perdidos en callejuelas y tugurios de las grandes ciudades como hijo de nadie. Lo narra igualmente Jaime Jara, un hijo de Villarrica, víctima de todas las guerras, que estudió en la Granja Luis Bustamante y escribió el histórico libro Cuadernos de la Violencia, que pocos han leído, igual que mis libros.

Sus padres fueron a parar en las cárceles y colonias creadas por el régimen y condenados, sin prueba alguna, acusados de lo que no debían, de lo que no eran. Nunca regresaron. De los tres mil niños de Villarrica y Sumapaz arrebatados del brazo de sus padres al inicio de la guerra que narra Gabriel García Márquez en su obra Vivir para Contarla, nadie después averiguó por ellos, ni alcaldes, ni concejales, ni los nuevos adalides y maestros camanduleros. Qué indolencia. Eran los sin nadie, los hijos de la nada, comunistas como falazmente endilgaron a los campesinos humildes enmontados de nuestro pueblo. “No merecían vivir” dirían los verdugos. Nadie preguntó por ellos. ¡Qué ignominia!

El Gobierno de Colombia, el Partido Conservador y las fuerzas militares están en deuda con los campesinos y niños de Villarrica y debieran pedir perdón e indemnizarla y resarcirla con millones de pesos y obras en esta nueva etapa crucial de nuestra historia. ¿Qué dirán los exalcaldes y adalides y políticos neoliberales del otrora paraíso sagrado de los cuindes?

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