No sé por qué razón extraña el término “accountability”, en inglés, tiene mayor fuerza que “responsabilidad”, aunque, para decir verdad, en estos tiempos aciagos pareciera que su significado, en ambos idiomas, es tan esquivo como poco aplicable a una realidad que nos golpea, nos sorprende, nos asusta. Y, sin embargo, no hay reacción evidente ni contundente; es efímera, y se continúa creyendo que las cosas se arreglan solas y que vendrán tiempos mejores.
En un presente en que la tecnología nos ofrece la posibilidad de comunicarnos con los seres queridos que viven lejos, escucharlos y verlos a nuestro antojo, aprender todo tipo de lecciones y modos de operar, donde es posible trabajar desde casa para empresas al otro lado del arcoíris, donde con un amigo llamado Google podemos informarnos sobre cualquier tema, despejar cualquier duda, averiguar cómo preparar un plato delicioso, comprar algo al otro lado del mundo de manera instantánea y acceder a miles de posibilidades adicionales, no dejo de cuestionar si las ventajas superan el horror de vernos “cautivos” de una realidad que, a través de los mismos medios, diariamente nos azota con información que confirma que muy poco ha cambiado desde que un Homo sapiens intentó y logró dominar a otro.
Desde hace varios años no puedo dejar de contemplarnos, a este planeta y sus habitantes, como un tablero de ajedrez con escaques en todos los países y unos jugadores cósmicos que se burlan de nuestros movimientos, tanto de reyes como de peones.
Desearía poder tener la capacidad de “costra” para afirmar que algún día el bien común será mayor y más importante que el bien individual; que no existen “archivos Epstein” que nos confirman que la maldad humana es mayor que la supuesta bondad humana; que el llamado a respetar la vida desde sus inicios se evidencie en África, en Ucrania, en Gaza, en todos los países del mundo; que ese Dios en el que tantos creen y colocan sus esperanzas no sea “manoseado” por la falsa moral ni utilizado para denigrar, dominar y engañar.
Desde que lo recuerdo, siempre hubo alguien que afirmaba: “se vienen tiempos difíciles”, y esos tiempos difíciles llegaron y se fueron, y la humanidad no aprendió de la experiencia. Dos ejemplos inmediatos que no dejan de abrumarme por la amnesia colectiva que, como pandemia, nos envuelve: vemos “el país de las oportunidades” sumido en un sancocho de desinformación, ignorancia, maldad y división difícil de explicar, y nuestro “paraíso” ante la necesidad imperiosa de no olvidar los horrores del pasado y de impulsar cambios que realmente afecten de manera positiva a toda la ciudadanía colombiana.
Ofrezco el poco de esperanza y fe que me quedan, con la gratitud de haber sido privilegiada y el deseo de que dejemos de hacernos los locos y pensemos en los demás.
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