Soy machista
Opinión

Soy machista

Un tipo de machismo, de naturaleza sutil y silenciosa, representa la verdadera amenaza en la búsqueda —sanamente convertida en lucha— de la igualdad

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agosto 22, 2017
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Jamás le he pegado a una mujer. No le encuentro razones o justificación. La violencia contra ellas  la condeno en público y  en privado. Me sumo a la contundente opinión de Eduardo Galeano: “Es el miedo del hombre a que la mujer no le tenga miedo”. Tampoco he menospreciado a una mujer como colega, artista o estudiante por el hecho de serlo; a lo largo de los años, he aprendido de ellas, me he dejado corregir, las he oído con atención. Hemos discutido con franqueza y motivos. Las mujeres que he querido son inteligentes, determinadas y autónomas. Me rebasan y con eso me siento cómodo y enamorado. Y sin embargo, y luego de pensarlo con detenimiento, debo decir sin merodeos: soy machista.

La mayoría lo somos. A pesar de que hoy en día se cuenta con ciertos mecanismos de defensa de la mujer para los casos más graves de machismo (violencia, discriminación activa, desigualdad laboral, etc.) las soluciones planteadas terminan siendo frágiles herramientas para evitar que un mundo -diseñado no solamente para los hombres sino también en contra de las mujeres- las avasalle y amedrente como históricamente lo ha hecho.

Leyendo los acertados y eruditos ensayos de la escritora Siri Hustvedt, recopilados en el popular libro “La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres”, se hace evidente que otro tipo de machismo (de naturaleza sutil y silenciosa) representa la verdadera amenaza en la búsqueda –sanamente convertida en lucha- de la igualdad. En efecto, existe un machismo que parte de equívocas aproximaciones al horizonte femenino. Aproximaciones que con su reiteración e intromisión en los niveles perceptivos y del lenguaje, tanto de hombres como mujeres, causan una dolorosa y lenta afectación a los intereses de las mujeres en sus propósitos legítimos de reivindicación.

Una de esas intromisiones es el superficial entendimiento del feminismo como un concepto  único y hermético lo que sumado a prejuicios y acusaciones (entre ellas la inconveniente expresión “feminazi”) impide el reconocimiento de la existencia de muchos y variados “feminismos”. Hoy en día se pueden encontrar diversas facetas y categorías, que a pesar de compartir en su mayoría una causa  común, se diferencian en matices y  procederes. El asumir el feminismo como uno solo lo vacía y lo debilita, y por supuesto lo convierte en blanco fácil de generalizaciones y malentendidos.

También se encuentran ciertas asociaciones inapropiadas, que desde el uso cotidiano y aceptado del lenguaje, implican una desventaja para las causas femeninas. Lo femenino concebido como lo frágil, lo débil, lo frívolo, lo impaciente llevan a enunciados muchos más graves y discriminatorios como histérica, loca, impredecible, irreflexible. Lo femenino como negativo o al menos inferior a lo masculino. Pareciera asomarse la causa de tanta homofobia: el delito de un hombre de querer acercarse,  parecerse o encarnar un ser inferior y limitado: la mujer.

 

El aborto, la vida sexual, la forma de vestir, etc.
Curiosamente las reuniones donde se deciden estos temas están repletas de hombres.
Regresa el fantasma, que se pensó desterrado, de la mujer incapaz.

 

La conjunción de todos estos comportamientos tiene como resultado la condescendencia (la enfermedad moral de los que se creen buenos) con que muchos hombres atribuimos, sin quererlo o saberlo, una capacidad limitada de las mujeres para tomar decisiones y definir las consecuencias de sus propios actos. Las evidencias sobran: el aborto, la vida sexual, la forma de vestir, etc. Curiosamente las salas y reuniones en donde se deciden estos temas –exclusivamente femeninos- están repletas de hombres. Regresa el fantasma, que se pensó desterrado, de la mujer incapaz.

De paso, una consecuencia negativa para los hombres  —la cual no se ha determinado lo suficiente por toda esta marea de prejuicios y comportamientos— es que nos estamos privando de la posibilidad —y posibilidades—que brinda ejercer activamente nuestra femineidad. Una prolongada castración por tener que ser siempre “machos” y escapar de la sospechosa sensibilidad que repugnamos para evitar ser señalados como “femeninos”. Los hombres nos quedamos a medias. Boys do cry.

A finales del año pasado hablaba con un artista norteamericano de origen mexicano, aterrado por los resultados electorales en los Estados Unidos, el respondía con cierta amargura: en mi familia los hombres votaron por Trump, no porque creyeran en él, sino por la plena convicción de no querer ser gobernados por una mujer.

La conclusión sobra.

@Camilo Fidel

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