Tengo 74 años. ¿Y? Que no me guste el reguetón no significa que no pueda aprender inteligencia artificial

 - No me gusta el reguetón. Y sí puedo usar inteligencia artificial

En la tradición budista hay una escena conocida como “las cuatro visiones”. El joven Siddhartha —antes de convertirse en Buda— sale por primera vez del palacio de su padre y se encuentra con un anciano, un enfermo y un cadáver. Aquello que le habían ocultado aparece de golpe: envejecer, enfermar y morir no son accidentes. Son condiciones de la existencia. Lo leí en el libro del mismo nombre, de Herman Hesse, en el bachillerato.

La enseñanza no tiene por qué ser lúgubre. Es lúcida. La vida incluye deterioro, pérdida y despedida. La sorpresa no es que ocurran, sino que intentemos vivir como si no fueran a ocurrirnos.

A los 74 años no hace falta ninguna iluminación para entenderlo. El cuerpo avisa. Las dolencias se vuelven parte de la vida cotidiana. Amigos cercanos comienzan a faltar. Cuatro queridos compañeros con los que me gradué en el 69 fallecieron el año pasado. Los recuerdos lejanos se vuelven más nítidos que los recientes.

Y hay pequeños signos culturales que anuncian el paso del tiempo: un día uno descubre, por ejemplo, que la música dominante ya no le dice nada.

A mí me gustó lo de Bad Bunny en el Super Bowl el pasado 8 de febrero. Me gustó la prueba de fuerza del mundo hispano en Estados Unidos y me encantó que el racista y xenófobo de Trump se mortificara. Pero, confieso, el reguetón no es lo mío. No me gusta.

Sé que estoy envejeciendo cuando me aferro a dogmas como que la salsa setentera es invencible, o que los Beatles son insuperables (vi A Hard Day’s Night en 1964). La música colombiana (Garzón y Collazos) y latinoamericana (Simón Díaz, Atahualpa Yupanqui) que me fascina es de museo viejo que la gente joven no suele visitar. Hay, por supuesto, excepciones —basta ver festivales como el Mono Núñez, los llaneros o los de Santander, donde muchos ganadores son jóvenes—. Escribo esto y es obvio que soy cachaco. El pueblo costeño está salvado con el carnaval de Barranquilla y los festivales del porro.

De todas maneras, el desplazamiento cultural es real. Las enfermedades son ciertas. Y lo de la muerte, ni se diga.

Sin embargo, confundir este cuento con incapacidad de las personas mayores es un error.

Que no me guste el reguetón no significa que no pueda aprender inteligencia artificial.

Existe un mito persistente: las personas mayores “no aprenden”, “son negadas para la tecnología”, “ya están en deterioro”. La realidad es más compleja. El envejecimiento trae cambios cognitivos, sí. Tal vez se reduce la velocidad de procesamiento o la memoria inmediata exige más apoyos. Pero otras capacidades se fortalecen: juicio, criterio, experiencia acumulada, pensamiento estratégico, capacidad de concentración sostenida cuando el interés es genuino.

Aprender no desaparece; cambia de ritmo.

Muchas personas mayores no crecimos con internet no porque no pudiéramos comprenderlo, sino porque simplemente no existía. La brecha es generacional, no neurológica.

Cuando una persona mayor dice “no sé usarlo”, no está declarando una imposibilidad biológica. Está señalando una ausencia de acompañamiento o de diseño adecuado. Es muy distinto.

En mi caso he notado algo interesante: ya no tolero la dispersión permanente. Necesito más silencio para concentrarme. Pero cuando algo me interesa de verdad, la profundidad es mayor. Puedo pasar horas explorando una herramienta nueva, leyendo con detenimiento, probando, equivocándome y volviendo a intentar. No es la rapidez juvenil; es otra forma de atención. Más deliberada. Más selectiva. Aprender tecnología a los 74 no es un intento de parecer joven; es una forma de seguir siendo autónomo.

Se habla mucho del “multi-tasking”. Personalmente creo que es un mito. El bombardeo constante de información fragmenta la atención. La concentración sostenida se ha vuelto escasa en todas las edades. En eso, muchos viejos damos la pelea.

De hecho, cuando la tecnología responde a necesidades concretas —autonomía, comunicación con la familia, control de salud, gestión de ingresos, aprendizaje permanente— la motivación aparece. Y con la motivación aparece el aprendizaje.

He visto personas de más de 70 años:

•   organizar emprendimientos por mensajería,

•   usar aplicaciones bancarias con más cuidado que muchos jóvenes,

•    tomar cursos virtuales con disciplina admirable,

•    explorar herramientas de inteligencia artificial para escribir o investigar,

•     participar activamente en debates públicos digitales.

Y son unos berracos. No es un milagro. Es pertinencia.

El budismo habla de impermanencia. Nada permanece igual. Tampoco nuestras formas de aprender. Pero impermanencia no es sinónimo de declive. Puede ser transformación.

Envejecer no es apagarse. Es cambiar de centro de gravedad

Y aquí aparece el meollo: Colombia está envejeciendo. Cada vez somos más personas mayores. La pregunta no es si podemos adaptarnos a la tecnología. La pregunta es si quienes diseñan servicios, crean aplicaciones y toman decisiones están dispuestos a pensar en nosotros y con nosotros, tan diversos como somos.

Cuando el diseño parte del promedio joven, urbano e hiperconectado, lo que se produce no es modernización: es exclusión.

Pero cuando el diseño parte de la diversidad —de ritmos distintos, contextos rurales, limitaciones sensoriales, trayectorias laborales informales, desigualdades acumuladas— la tecnología se convierte en un soporte magnífico: de autonomía, de socialización, de bienestar, de productividad, de aprendizaje continuo.

La edad no es el problema.

El problema es el diseño.

Dl mismo autor: Votar para que el otro no gane: Colombia y la lógica del juego de suma cero

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