Motorizados: la octava plaga de Egipto

Motorizados: la octava plaga de Egipto

"Dios nos libre y guarde de esta plaga, porque son aficionados a dañar retrovisores y bumpers, y luego salir en desbandada"

Por: Juan Mario Sánchez Cuervo
octubre 17, 2018
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Motorizados: la octava plaga de Egipto
Foto: Pixabay

Se convirtieron en la peste de las ciudades capitales en las horas pico. A esas alturas de la mañana o de la tarde, su singular zumbido de moscas en gavilla es una tortura dantesca para el ciudadano que dormita o deambula, algo así como un concierto de mil ranas que croan al unísono en los oídos del paciente. Por otra parte, generan más prurito que los piojos, y más úlceras que el estrés. Qué va, ellos son el estrés mismo encarnado. En todo caso, producen más calamidades que una lluvia de fuego y granizo, pues en gran parte por ellos las vías de Colombia se convirtieron en ríos de sangre. Para los que desconocían cuántas y cuáles eran las plagas de Egipto, les cuento que son siete y en los renglones precedentes las nombré en letra cursiva. Pero no, me equivoco, son ocho, la octava la mencioné en el título: los motorizados de Colombia.

A propósito de los perjuicios que causan tales bichos, muchas personas de la tercera edad entran en pánico cuando tienen alguno a la vista, pues esos moscardones suelen salir como una exhalación de la nada llevándose por delante lo que sea: un anciano, un perro, un niño, un despistado. En cuanto a nosotros, los miopes, suelen involucrarnos en una especie de juego de gallina a ciegas; por eso, si alcanzamos la otra orilla ilesos y sin sobresaltos es una hazaña memorable. Además, nada de raro tiene que este abejorro, perturbador de la paz del alma y del cuerpo, le salga al peatón en una curva y en horario nocturno: en tal caso a la víctima le irá peor que a una pobre guagua encandilada por linterna y a tiro de escopeta del cazador.

Pero hay un tipo de motorizado que como subespecie podría clasificar en los Guinness Records de la conchudez humana. Los miembros de esta ralea invaden el estrecho espacio de una acera, el único lugar donde supuestamente puede respirar a sus anchas y sin peligro el transeúnte… o salen de buenas a primeras en contravía atropellando la lógica, y de paso, a cualquier desprevenido que no aplique el principio cartesiano de dudar de todo, incluso de la lógica, de la razón humana, y por ende de los sentidos viales. A fuerza de sustos uno aprende que si los vehículos van, por decir algo en sentido sur-norte, por si las moscas en este país de desadaptados, hay que verificar el sentido opuesto, es decir norte-sur, para evitar sorpresas azarosas: a ese punto hemos llegado. Y cuidado compatriota, si se le atraviesa en contravía un espécimen del que vengo hablando: no reclame, no insulte, no revire, porque ese homúnculo con ínfulas de sicario, como mínimo, lo bravea muy a la colombiana; esto es, con su canto de blenorragias, gonococos y madrazos: tras de ladrones bufones los desgraciados.

Pero amigo lector, pongámosle emoción a este memorial de agravios sobre los motorizados: son hinchas furibundos de la irresponsabilidad y fanáticos declarados de comerse los “pare”, de robarse los semáforos en rojo, de sobrecargar, a veces, la motocicleta con la familia entera a bordo: la verdad no sé cómo lo hacen, pero logran acomodar a cuatro cristianos en su aparatejo, que con él conforman cinco viajeros apeñuscados como un embutido. En este sentido, no gustan de las normas de convivencia ciudadana ni de las señales de tránsito. Suelen, los muy descarados, movilizarse sin los documentos en regla y sin casco, sobre todo cuando andan al amparo de la impunidad en un extramuro citadino. Me refiero a las denominadas barriadas o comunas, donde son la ley cuando se juntan en temible gavilla para defender sus intereses de motorizados, así ellos sean los infractores o los responsables de un accidente. Los más temerarios, por fortuna muy pocos, acuden a la artimaña de camuflar o tapar la placa de identificación de su vehículo, para evadir multas o para maquinar alguna travesura delictiva.

Dios nos libre y guarde de esta plaga, porque son aficionados a dañar retrovisores y bumpers, y luego salir en desbandada. Por eso y muchas cosas más, son la pesadilla sin fin de los taxistas, del señor cara de buena gente, de la dulce dama o señorita que van al volante. Ya sabemos, el mono sabe a qué palo trepa. Pero a veces se trepan al árbol equivocado y se dan sus buenas estrelladas, y no de las que acostumbran, si se topan con un fulano o fulana de armas tomar, en cuyo caso se forma un zafarrancho o tropel en pleno tráfico, algo muy típico por estos lares: estamos en Colombia, señor extranjero, acostúmbrese a estos paisajes.

Dispense el lector, pero expondré mi propio testimonio de los sobresaltos que generan nuestros endriagos citadinos. Hasta hace poco viví en un apartamento ubicado en la intersección de una calle y una avenida, muy cercana al centro de Medellín. Mis sueños y pesadillas diurnas y nocturnas, solían entremezclarse más de la cuenta con los gritos grotescos intercambiados entre motorizados y automovilistas tras el estruendo del choque: conatos de balaceras, o balaceras en efecto entre sujetos envalentonados al amparo de sus fierros, ya a plena luz del día o bien en el fácil escondrijo de la noche. Y claro está, todo amenizado por la agradable música de fondo de un coro angelical, pero demoníaco, de sulfúricos insultos de los que muy creativamente abundan en estas tierras paisas, y bueno en todas las tierras, porque al simple mortal le encanta convertir en letrina la boca que mi Dios le dio. Sobra decir, quizás, que la mayoría de las veces el responsable de alguno de tales desencuentros es algún miembro ilustre de esa consabida plaga, la octava, no ya egipcia sino muy a la colombiana.

Adenda: en las autopistas hacen cabriolas suicidas. En las avenidas zigzaguean para superar obstáculos humanos y vehiculares, y de paso tientan a la muerte en maniobras tipo adrenalina pura. En las calles de barrio, cuando cruzan como saetas su propio territorio, hacen y deshacen con la ruleta rusa de sus maromas irresponsables. Ni qué decir el pandemónium que desatan, cuando al conductor de este motociclo infernal se le ocurre añadirle más ingredientes a su peligrosa ruta; por ejemplo, una dulce traba de cualquier índole u origen, más la sazón de un diálogo vía teléfono celular, y de pronto, si es que está de buenas pero muy de malas el “motoneto,” bajo la distracción anexa de una sensual chica a bordo, de ésas que incitan a excesos de velocímetro y a lucimientos infantiles de macho enamorado. ¿El resultado? Mínimo difunto y medio listos pá la foto en primera página de cualquier pasquín amarillista. Apreciado lector, ¿le parece que exagero? No pues, con esta imaginación me voy a ganar el Premio Nobel de Literatura, porque cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Vaya, compruebe, cerciórese, recorra las avenidas y autopistas de cualquier ciudad capital de Colombia, y aliste papel y lápiz porque va a perder la cuenta de los motorizados extendidos en suelo como patéticos muñecos de año viejo.

En esta medida, los motorizados son la delicia de las funerarias, de las entidades prestadoras de salud, de las administradoras de riesgos y seguros, de los funcionarios de tránsito con sus famosas y muy rentables fotomultas que registran las cámaras ubicadas estratégicamente. Ha de haber en lo etéreo e hipotético, pero en evidente forma palpable, algún carrusel de la muerte, o como se denomine a esa cosa oscura de beneficiarse de los accidentes mortales, moderados o leves; en fin, de lucrarse con el dolor ajeno. A todas luces salta a la vista que muchos usufructúan este caótico orden de cosas; es decir, nuestro endemoniado desorden vial, pues nadie le pone control a esos artefactos, que al paso que van, terminarán invadiendo además de las calzadas, las aceras, las escalas, los andenes, los jardines, las zonas verdes… y para colmo también la zona más íntima y sagrada de nuestras preocupaciones y pesadillas, donde ellos son los protagonistas tipo película de suspenso a lo Alfred Hitchcock.

Para acabar de completar esta tragicomedia, es bien sabido que toda plaga prolifera y se multiplica con una facilidad enorme, igual o peor que un virus… La octava plaga egipcia no es la excepción, porque cualquier ciudadano: rico, pobre, superdotado, loco, imbécil, epiléptico… puede adquirir una moto, sin ningún requerimiento y al costo de alguna chuchería o bagatela. ¡Favorécenos, Virgen del Carmen, en medio de este valle de lágrimas por la hecatombe de esta pestilente plaga! Hermanos míos, oremos: Señor, muéstrate propicio iluminando a un genio de la ingeniería mecánica, de tal forma que se invente un medio de transporte aéreo interurbano, que nos libre de este demonio disfrazado de motor… te rogamos, óyenos.

Por todo lo dicho hasta ahora, si bien me quedo corto ante la enormidad de sus desafueros, los motorizados definitivamente son la plaga, la octava, que vale y pesa y atormenta más que todas las otras siete juntas. A las de Egipto, al menos Dios les puso un límite en el espacio y el tiempo, y un administrador honrado, Moisés; pero a la nuestra yo no le veo ni Dios ni ley, ni legislador, y menos un fin cercano o lejano. Acaso debamos esperar siglos, para contemplar a placer el exterminio de este matabobos que lleva decenas de millones de víctimas a cuestas en todo el mundo. Por el momento, los concesionarios seguirán entregando motos a granel y sin control, con la alcahuetería de sabemos quiénes, y poniendo por toda dificultad la complejísima operación de una fotocopia de la cédula y dos referencias personales. “Mátense atajo de cabrones, que la muerte nos da de comer y en abundancia”, parece ser la consigna de los que ven todo y nada hacen.

This is colombian people… para su información y de pronto para salvarle la vida, ilustre turista en estas comarcas indómitas, vistosas y salvajes. Por eso ponga atención, señor europeo, que viene huyendo de la yihad o guerra santa de los terroristas musulmanes, o usted apreciado gringo que anda por estos lares, huyendo de sus compatriotas que se inventan en un dos por tres una masacre en el tutilimundi de sus psicopatías también gringas y salvajes… Cuidado, no sea que por acá lo mate una moto. En fin, no sea que usted por jugar a hacerle fintas a la muerte se tope con esa vieja huesuda y fría por estos patios tercermundistas.

Por último, para salir por la puerta grande y muy decentemente, y de paso saldar cuentas con ustedes, respetados y queridísimos señores motorizados, y con todos aquellos que cohonestan este desquiciado zafarrancho citadino: dejemos las cosas como estaban al principio, tal cual antes de la publicación de este escrito veraz y medio cómico. No he dicho nada. Aquí no pasa nada. Y como vamos, vamos bien; es decir, llevados del putas y arrastrados como los borrachos.

Hasta pronto, amigos motorizados… y no me vayan a joder la vida, si es que alguna vez me ven por ahí, desprevenido en una oscura calle, errabundo, cabizbajo y distraído como suelo estar… tened consideración de este pobre hombre que va dando tumbos de animal triste por este raro mundo. En constancia de mi aprecio, les dejo a manera de dedicatoria, el sabor agridulce de dos versos del buen poeta alemán Erich Frïed, en los que injuria sin injuriar y ofende sin ofender a una plaga de otras latitudes, pero semejante a ustedes por lo perturbadora y dañina:

Malditos sean sin maldición/ o benditos sean sin bendición. ¡Amén y amén, aleluya!

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