Las consultas dejaron de ser un mecanismo democrático y se volvieron una trampa para burlar la voluntad popular y manipular el juego electoral

 - Las consultas se convirtieron en el trampolín que impulsa gente que nadie conoce

Las consultas se han convertido en otra forma de burlarse del electorado para hacerle el quite a la voluntad popular en busca de posicionamientos personales.

En la Colombia de hoy es tan fácil encontrarle la comba al palo que prácticamente no existe ningún instrumento democrático que no sea vulnerable a la trampa. Las conquistas constitucionales, avances en participación política o vinculación social a los procesos electorales tardan más en buscar su implementación que lo que se demoran los tramposos en hallar el recoveco por donde colar prácticas antidemocráticas.

Es el escenario propicio para los magos de la operación avispa, los avispados timadores o los padres del reino de la marrulla, donde los amos del juego son los astutos electoreros, la oportunidad es para los oportunistas y el truco es la clave para suplantar el sufragio universal.

En elecciones ya se inventaron cómo hacerle conejo a la voluntad popular, cuyo ejemplo mayor es el dinero del Cartel de Cali, que logró voltear el resultado electoral con la compra de votos mediante los 10 millones de dólares que le inyectaron a la campaña presidencial de Ernesto Samper Pizano.

Si se recurre a un plebiscito, ya se supo en el gobierno de Juan Manuel Santos cómo se le tuerce el pescuezo a la ley para cambiar el "No" de una votación democrática por el "Sí" de un cambiazo en el Congreso, a partir de sustituir un umbral electoral y recurrir al fast track para desconocer la voluntad popular.

Hoy la trampa se le hace a la consulta. Una herramienta que permitiría lograr filtros para ahorrar gastos en economía de escala política, preseleccionar candidatos con reales posibilidades electorales y pensada con el propósito de que los partidos hicieran una selección previa recurriendo al voto popular, terminó por convertirse en un monstruo de mil cabezas. Se usa para salir del anonimato, medirse con otros fines o configurar alternativas políticas a partir de una presencia mediática generada por aparecer en las consultas cualquier ilustre desconocido en materia de favorabilidad popular.

De esta manera se ha llegado a una “Gran Consulta” de quienes no marcan en las encuestas, en la que inteligentemente se logró incluir a Paloma Valencia, la única candidata que, mal que bien y con dudas sobre su proceso, se ganó el favor de su partido. Pero es evidente que los demás no tienen ninguna posibilidad de obtener un resultado mínimamente considerable y que lo que buscan es un peldaño de posicionamiento o, por lo menos, un margen de negociación en su participación en un posible gobierno de Paloma Valencia, la segura ganadora de la consulta.

Peor es el caso de Claudia López, que se inventa una consulta de “yo con yo”, con un supuesto contendor que lo conocen ella y su Angélica, y pare de contar, ya que de otra forma no suena ni truena, a pesar de que en algún momento tuvo un alto nivel de popularidad. Esto, aunque no parezca, es una treta digna de cualquier politiquero maniobrero de los que supuestamente critica y frente a los cuales, en teoría, ella se contrapondría.

Y la otra consulta, la más traída de los cabellos, es la que favorecería al papá de los marrulleros, al símbolo de la corrupción política, al politiquero que considera cínicamente que la política es dinámica, con lo cual legitima su habitual travestismo partidista que lo mismo dice una cosa que la otra. Lo mismo es furibista que petrista.

No se necesita decir que es Roy Barreras, pero sí es necesario pensar que la consulta de la izquierda, en la que no pudo participar el candidato favorito del presidente Gustavo Petro, Iván Cepeda, tiene el tufillo de ser una maniobra para que Roy Barreras termine como el más votado en ese sector. Con recursos y con un discurso centrista de última hora, su nueva camiseta, podría darle el zarpazo a Cepeda y quedarse con la posta de Petro.

Si antes decía el cura Camilo Torres que el que escruta elige, hoy se puede decir que el que maneje la consulta decide. Y los que no participan en consultas o la tienen clara, como Abelardo de la Espriella, que sabe que es el fervor popular el que decide y por eso no le interesa torearlo, o la tienen oscura, como Sergio Fajardo, que sabe que el favor popular le puede llegar, pero de carambola. Este juego a tres bandas, aunque no es perverso, sí está sobrecargado de optimismo.

Y como en juego largo hay desquite, en juego sucio hay rebote. Por eso no es raro que se escuchen voces que proponen meterle mano a las consultas. En la “Gran Consulta” se les propone a los abelardistas votar por Paloma sin hacer mucha bulla. De esta manera se garantizaría el rotundo triunfo de Paloma Valencia, quien es la única que ha dicho sin rodeos que apoyaría a De la Espriella en segunda vuelta. Algunos piensan que eso sería un tiro en el pie, pero la distancia que lleva Abelardo es tan alta que la votación en la consulta no afectaría su condición de puntero. De igual manera aparecen voces que sugieren que la derecha debería votar por Roy Barreras porque es más fácil derrotar a un corrupto conocido que a un comunista por conocer.

Y como la trampa está hecha, no se ha quedado por fuera de ella el cuarto poder. Los periodistas que se han organizado en contra de Abelardo de la Espriella, comandados —según el autor— por Daniel Coronell, habrían montado una estrategia para golpear al Tigre porque les asusta. Se habrían volcado a resucitar de las cenizas a Roy Barreras. Con él tendrían contratos; con Abelardo, no. Hoy Roy es entrevistado frecuente en Noticias Uno, Los Danieles, el podcast de María Ximena y el Reporte Coronell, entre otros espacios.

Además, se les acusa de buscar presidiarios para que hablen mal de Abelardo, aprovechando el resentimiento de narcotraficantes y paramilitares, al mejor estilo de los falsos testimonios que —según esta versión— montó Iván Cepeda contra el expresidente Álvaro Uribe Vélez, acudiendo a Salvatore Mancuso, alias ‘El Tuso’ Sierra y David Murcia, entre otros.

Aunque, como se dice en el argot popular, todo indica que “tacan burro”, porque Abelardo, en el peor de los casos para la comidilla popular, tendrá “100 años de perdón” y a los periodistas les podría salir el tiro por la culata. Cuando alguien está metido en los sentimientos de un pueblo, poco importa lo que digan o lo que haya hecho.

En Colombia ya sucedió con el general Gustavo Rojas Pinilla: cada página que se escribió en su contra se volvió un voto a su favor. Y en Estados Unidos pasó algo similar con Donald Trump: cada andanada periodística despertaba más simpatías. O sea que, si hecha la ley, hecha la trampa, la suerte está echada: amanecerá y veremos. Pero ojo, el último que salga que apague la luz, porque el rugido sigue encendido.

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