La otra derrota del caballero andante

La otra derrota del caballero andante

Releer 'El Quijote' a partir de su universo gráfico es comprender que nos encontramos en el punto de partida en el que Cervantes se arrojó a la derrota de las letras

Por: Marcos Velásquez
octubre 21, 2019
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La otra derrota del caballero andante
Foto: Johann Baptist Zwecker

En el marco de Un Río de Libros, de la Ciudad de Montería, asistí a la conferencia del profesor Julio Cesar Pérez, la cual tituló: La otra derrota del caballero andante. Recorrido por el universo gráfico de Don Quijote de la Mancha.

La anécdota previa a mi asistencia fue particular. Julio y yo compartimos espacio de labores y viéndolo trabajar sobre El Quijote le dije: ¡Oye, va a ver una conferencia sobre El Quijote en la jornada de Un Río de Libros! ¿Vamos? Él se sonrió y me dijo: ¡Soy yo quien la va a dictar! Te invito.

Cuento la anécdota, porque aunque los profesores nos cruzamos en los corredores o en las oficinas de las universidades, paradójicamente, hoy no tenemos tiempo para hablar de lo que realmente hacemos. Fue gracias a la conferencia del doctor en Literatura Española e Hispanoamericana, que pude entablar un dialogo con mi compañero de faenas académicas, sobre temas académicos, que nos nutren a ambos.

Su conferencia, más allá de haber sido amena, magistral y didáctica, me reveló una epifanía. Para la primera edición de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, la cual se dio a comienzos de 1605, no había casi lectores y por ende debía haber muy pocos escritores.

Hoy, en la era digital, donde mucha de la información textual está en la red y, según el motor de búsqueda y el idioma que se elija, se puede hallar lo que se desea, hay pocos lectores. Y aunque se piense que hay muchos escritores, no es así. Hoy poco se escribe de verdad, y muy poco menos, se escribe bien.

Hay en la red una gran nube de información, sí, pero la disposición hacia la lectura no está presente. Se puede aducir que la era digital, al cambiar los tiempos de producción y de trabajo, quienes están supeditados a la inmediatez, no da el espacio para poder disfrutar de modo ameno o consciente, una lectura como ha de ser.

Por otra parte, la ideología de la producción actual, la cual se basa en estándares de calidad, quienes están más atentos a mostrar y a responder por lo producido, que realmente a verificar el proceso, el nivel y la consistencia del producto o servicio ofrecido, hace que en su carrera desenfrenada de llenar estándares para mostrar, se cueza la mediocridad, la trampa y la perogrullada.

Tanto a nivel de docentes, como de estudiantes, la lectura ha disminuido. Un docente, quien hoy por hoy tiene que responder, sí o sí, para estar en el ranking de la producción de la unidad de negocio a la cual pertenece, ya sea departamento, programa o facultad, tiene que apoderarse de sus labores de docencia, de investigación y de extensión, sumándole claro está, todos los procesos de formación continua y asistencia a reuniones administrativas, propias de cada una de las agendas de trabajo a las cuales pertenece.

Por su parte, los estudiantes se quejan del número de créditos que matriculan, los cuales representan un número de tareas que sumadas todas, permite que más allá de entrar a hacer parte de un proceso de calidad en su formación, acudan a hacer lo que sea, con tal de no reprobar los cursos que tienen matriculados. Más, cuando las dinámicas de asimilación del conocimiento de manera personal, no responden a nivel grupal de manera homogénea, al momento de ser evaluados.

En una carrera en la que hay que mostrar y responder por lo que se pide, se está en la base del funcionalismo ortodoxo. La producción en masa es el estándar. Sin entrar a exagerar, se busca que el sujeto responda, obedezca y no cuestione. Ello se resume en una palabra: ¡produzca!

Así, hay un amo despiadado que se viste de bondad, dando dádivas o premios de oropel que hacen que quien teme por perder el puesto o la materia, no se preocupe por pensar, sino por responder a lo que le pidan hacer.

Este funcionalismo tiene consecuencias graves en toda sociedad que se acostumbra a obedecer, más cuando quien manda se arrellana en su poder, para hacer existir su mediocre formación, como lo más sublime del conocimiento, con tal de no ser cuestionado y no ponerse a trabajar en algo nuevo, que permita transformar la sociedad.

La repetición de lo conocido, hace que su posición conservadora, perpetúe lo que en el tiempo le ha funcionado en el pasado, negando lo que la era digital impone, a partir del desarrollo de la tecnología y las nuevas formas de pensar.

Difícilmente, en un estilo de pensar como este, tiene cabida una propuesta como la que se trata de vender a nivel nacional, a partir de la hoy denominada economía naranja.

La economía que promulga las industrias creativas o culturales es una economía que parte de la creatividad, pero para ser creativos hay que leer y sobre todo hay que permitir que se piense por sí mismo.

Sin embargo, al estar los docentes cargados de infinidad de labores, donde la clase que se imparte es gracias a que sabe y se repite y se repite la lección, y los estudiantes no leen, sino que copian, se venden como astutos que logran camuflar sus vacíos a partir de trabajos en grupos o asistiendo a eventos académicos premiados con notas, allí no hay posibilidad de sembrar la creatividad.

En una sociedad que a partir de 1972 se acostumbró a la máxima de Pablo Escobar: “Plata o plomo”, y que gracias a ello, cree que “coronar” es lo que vale y que quien se ponga en el medio, “lleva por sapo”. Que encontró en el narcotráfico al chivo expiatorio perfecto, para terminar de ocultar las prácticas políticas existentes. Y que creció en una religión solapada, que ha secundado el lema que la ha sostenido en el tiempo: “El que reza y peca empata”, difícilmente puede surgir una idea a partir del trabajo creativo, cuando las presiones obligan a responder de modo desbordado por lo que se pide, antes que pensar en el proceso, la asimilación y la puesta en práctica del conocimiento.

No es extraño entonces, que como docente, yo reciba una amenaza de muerte por parte de alguno de mis estudiantes, por sentirse en jaque frente a su proceso de asimilación de conocimientos.

Antes que reconocer que solo sabe obedecer, porque eso es lo que ha aprendido desde el Colegio y en la Universidad se lo terminaron de reforzar. Antes que cuestionarse por su saber y lo que le puede aportar a su sociedad. Antes que permitirse reflexionar sobre sus vacíos de formación y las limitaciones que ello le traerá para afrontar el mundo laboral, piensa más en que la materia la puede perder, antes que en su responsabilidad ética frente a su saber.

Al ver que no se puede sobornar al profesor, entonces mejor se acude a la llamada a un amigo, para que lo llame y, contándole su versión, para que el amigo le crea, hace que al hijueputa ese (que me está enseñando), lo amenacen de muerte, antes que llegue a perder la materia.

Hoy en la universidad están los hijos de personas que trabajan para salir adelante y que aún creen que la educación es un valuarte de la sociedad y la vida. Pero también están los hijos del narcotráfico, la política, la guerrilla, los paramilitares, las bandas criminales y de los que hacen el mal, con tal de producir, solo para ganar.

Hoy es crudo enseñar. Más cuando no se quiere saber, pero sí ganar, porque saber implica sentarse a pensar, pero si el mismo sistema se ha ido estructurando en un discurso de la obediencia, donde el funcionalismo solo pide responder a partir de la estandarización de procesos de producción, anulando con ello la reflexión y la creatividad, es más fácil encontrar en el aula a un potencial autor intelectual de un hecho punible, que a un creador de una obra de arte que le legue a la humanidad la historia de su sociedad.

Julio César Pérez me enseñó La otra derrota del caballero andante, para él, toda mi gratitud. Gracias a ello, me refrescó la primera definición de la palabra derrota, la que casi nunca utilizamos, la que casi nunca ponemos en práctica: “Camino, vereda o senda de tierra”. Al igual que: “Rumbo o dirección que llevan en su navegación las embarcaciones o las aeronaves”.

Leer El Quijote es comprender la naturaleza humana. Releerlo a partir de su universo gráfico es comprender que hoy, cuando se lee poco y hay pocos escritores buenos, nos encontramos en el punto de partida en el que Cervantes se arrojó a la derrota de las letras.

En otras palabras, la era digital impone lo gráfico como máxima de su discurso. Si Cervantes nos adentró en las letras, la era digital nos impone escribir en imágenes.

Para ello, se ha de luchar contra los molinos de viento del funcionalismo, que estiman que la única forma de leer es a partir del texto, y que la forma de obtener resultados, es a partir de obligar a una sociedad a mantenerse dentro de unos límites establecidos.

Si Colombia quiere hacer parte del mundo de las industrias creativas le corresponde redireccionar su senda. Tendremos que aprender a leer en imágenes, como también, prestarle atención a lo que está pasando con la calidad en la educación.

Más que nuevos amos, Colombia necesita nuevos artistas. Más que nuevos obreros, Colombia necesita creativos. Más que nuevas amenazas de muerte, Colombia necesita pensar la sociedad que ha edificado.

Si no asumimos la derrota del siglo XX y visionamos la que nos vislumbra el siglo XXI, podemos prepararnos para seguir obedientes, recibiendo las sobras que nos regalen los países creativos, como buenos consumidores pasivos.

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