Cinemark llegó a Colombia cuando el negocio de las salas de cine parecía un territorio con dueño único y fronteras bien marcadas. A finales de los noventa, ir a cine era, para millones de colombianos, sinónimo casi automático de una sola marca. Ese dominio no se discutía demasiado: estaba ahí, sólido, familiar, heredado. Pero en 1999 apareció un competidor extranjero con acento texano, paciencia de largo plazo y una idea clara de expansión. No llegó con estruendo, llegó con pantallas.
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El primer Cinemark del país abrió en Medellín, en el centro comercial El Tesoro, uno de los complejos comerciales que empezaban a redefinir la forma de consumir ocio en Colombia. Diez salas bastaron para marcar territorio. No era solo un nuevo cine: era otra manera de entender la experiencia, más cercana al modelo estadounidense de multiplex, con varias funciones simultáneas, horarios amplios y una apuesta fuerte por el volumen. Un año después, la marca dio el salto a Bogotá y se instaló en Atlantis Plaza con seis salas, para luego extenderse a La Floresta. El mensaje era simple y persistente: Cinemark no venía de paso.
Desde entonces, su historia en Colombia ha sido la de un crecimiento constante, sin giros bruscos ni retiradas espectaculares. Hoy la cadena suma 49 complejos en el país y 185 pantallas distribuidas en las principales ciudades, una cifra que la pone, sala a sala, al mismo nivel de Cine Colombia, la empresa que durante décadas ha mandado en el negocio de la exhibición cinematográfica local. No es una coincidencia menor. En un mercado tradicionalmente concentrado, alcanzar esa paridad habla de una estrategia bien sostenida en el tiempo.

Detrás de Cinemark está Cinemark Holdings, Inc., una compañía con sede en Plano, Texas, que opera cines en buena parte del continente americano. Estados Unidos sigue siendo su mercado principal, donde se ubica como la tercera cadena más grande del país, por detrás de AMC y Regal. En América Latina, en cambio, su presencia ha sido particularmente agresiva y diversa, con operaciones en países como Chile, Argentina, Perú, Brasil, Colombia y varios mercados de Centroamérica. En Argentina opera bajo el nombre Cinemark Hoyts; en otros países mantiene distintas marcas heredadas de adquisiciones, como Century Theatres o Rave Cinemas.
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La historia de la empresa comienza mucho antes de su desembarco en Colombia y no es lineal. Sus raíces se remontan a los años sesenta, cuando los hermanos J.C. y Lee Roy Mitchell crearon Mitchell Theatres, una pequeña cadena en el sur de Estados Unidos. El nombre Cinemark aparecería después, en los años setenta, tras una serie de fusiones, compras y reordenamientos empresariales que consolidaron una red de salas en Texas y Nuevo México. Durante los ochenta, la compañía creció a base de adquisiciones y construcción de nuevos teatros, incorporando formatos más grandes, diseños llamativos y zonas de entretenimiento anexas, como salas de videojuegos.
A comienzos de los noventa, Cinemark empezó a mirar hacia afuera. En 1993 abrió su primer cine en Santiago de Chile y, al año siguiente, inició operaciones en México. Esa expansión latinoamericana fue clave para el modelo que luego replicaría en Colombia: alianzas con centros comerciales, crecimiento por ciudades estratégicas y una estandarización fuerte de la experiencia. Para finales de esa década, la empresa ya se había consolidado como uno de los grandes jugadores globales del sector.
1999 fue un año simbólico para la marca. Además de recibir un reconocimiento internacional como exhibidor del año, inauguró su primer cine colombiano. A partir de ahí, el país se convirtió en una pieza estable dentro de su mapa regional. A diferencia de otros mercados donde la compañía entró y salió, en Colombia se quedó, incluso en momentos difíciles para la industria como la crisis de la piratería en los años dos mil o el golpe de la pandemia décadas después.
La operación local de Cinemark en Colombia se maneja bajo la estructura regional de la compañía, con una administración enfocada en expansión, modernización de salas y competencia directa por programación y precios. No es una empresa familiar ni una marca anclada a una sola figura pública, como ocurre con su principal competidor. Su lógica es más corporativa, más silenciosa, menos personalizada. Eso también ha marcado su forma de competir: menos discurso, más metros cuadrados.

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El pulso con Cine Colombia ha sido constante y, en muchos sentidos, ha beneficiado al público. La competencia empujó mejoras en tecnología, también se renovaron salas, y llegó la introducción de formatos premium con sillas que se reclinan hasta parecer una cama y una mayor diversidad de complejos en distintas ciudades. Cinemark no desbancó al líder histórico, pero sí rompió la idea de que el negocio de las salas era un monopolio de hecho.
En el contexto regional, Colombia se convirtió en uno de los mercados más estables para la compañía. Mientras en México vendió sus operaciones y en algunos países de Centroamérica ajustó su presencia tras la pandemia, en Colombia mantuvo su red y siguió operando. Hoy, con 49 teatros en 18 ciudades, el país figura como uno de los pilares latinoamericanos de la marca.
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