¿En qué momento fue que empezamos a confundir lo elegante con lo vulgar?

¿En qué momento fue que empezamos a confundir lo elegante con lo vulgar?

A propósito de la ausencia de elegancia y de todas aquellas formas que la han reemplazado, entre ellas: la sexualización, la moda y la ramplonería

Por: Samuel Astor Bahos
mayo 11, 2023
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¿En qué momento fue que empezamos a confundir lo elegante con lo vulgar?

La elegancia no puede ser vestirse como a uno le toca para agradar o combinar bien con los demás. De hecho, la palabra elegancia viene del latín eligere que significa escoger, no aquello que se impone como la tiranía de la moda, sino de elegir hablar elegantemente, caminar y gestualizar con gracia y con estilo. Si algo no tiene nobleza ni sencillez entonces no es elegante, puede tener otros atributos llamativos, pero no serán el buen gusto ni el accionar distinguido, porque estos, le pertenecen a los dominios de la proporcionalidad y el donaire.

¿Cómo es que se ha llegado a confundir lo elegante con lo vulgar? Hago la pregunta porque hecho de menos la conducta airosa que es propia de personas agradables; es verdad que uno ve hermosura en muchas personas y facciones muy refinadas en todos los rostros, pero lo que se ha desdibujado es la gracia natural como don que se ofrece de manera gratuita a través de la soltura con la que alguien interactúa con otros.

Ser elegante es comportarse de una manera que exprese el gobierno que se tiene sobre sí mismo, así, por ejemplo, una persona con mal porte se muestra dispuesto al uso incorrecto de su vestimenta, del habla y de algunas de sus acciones; pero una buena disposición natural salta a la vista sin demasiados procedimientos cosméticos ni un uso desmedido de atuendos sugestivos. La persona luce elegante cuando es libre de mostrarse auténtica en su presentación personal.

Entonces un sujeto elegante no luce su presencia por necesidad, por cuanto las leyes fijas disminuyen su libertad. Es elegante quien evita la rigidez sistemática que reduce el concepto a escasas tendencias, y quien escapa de la invasión de modelos impuestos que marginan la moderación y la capacidad de contenerse frente a cualquier exceso. La virtud del elegante es una creación propia y no rústica ni agresiva, lo que puede entenderse como una actitud que se adquiere tras una formación que no sabe de imposiciones. Alguien dijo que la elegancia es la gracia decantada, lo que quiere decir que no es lo mismo poseer cualidades atractivas en bruto, a tener un desenvolvimiento armónico en el mundo.

De modo que nadie es elegante por vestir un atuendo caro, porque hay prendas de vestir y formas de ser que no poseen nobleza alguna ni otorgan distinción al portador. El comportamiento elegante es bien proporcionado, no ruidoso ni incompleto, es un comportamiento sencillo que exalta la claridad, sin formas recargadas, sin adornos melcochudos, ni rutinas bruscas. La elegancia es portadora del buen gusto que no se lleva bien con la inutilidad de las complicaciones. De la misma forma como un escrito para que sea elegante debe comprometer el pensamiento de los lectores sin ser imprudentemente evidente en sus declaraciones, de esa misma manera la actitud en el hablar o el vestir no puede apabullar la distinción que otorga el dejarse comprender por los demás, al mostrarse previsible, pronosticable o demasiado vulgar.

Esta es la diferencia entre un hombre elegante y uno coqueto, el primero es libre en su actitud mientras el segundo es reo de preocupaciones estilísticas que lo afectan en la imagen que tiene de sí mismo. El hombre elegante no pretende serlo, mientras el coqueto se baña en perfumes, presume sus ropas, muta su cuerpo en busca de borrar imperfecciones y pretende captar la atención en su imagen, pero nada de esto le aporta un grado a su distinción, porque en todo ello hay exageración y nada exagerado puede ser selecto, así la persona elegante evita los excesos y en todo es justo y preciso.

Lo que elige ser la persona elegante no es otra cosa que mostrarse así mismo, no una ficción de lo que no se es, sino, la exterioridad de su individualidad, esa que irradia nobleza y virtud. Es una elección de portar la mejor versión posible, esa que exhibe las buenas maneras, se expresa con cortesía y demuestra la valía individual. Desde aquí se trata de un acto elevado de expansión que magnifica la talla personal. Tratándose de un comportamiento no puede sucumbir ante los epítetos populares que desprestigian el trato correcto entre las personas con diminutivos y expresiones confianzudas que deben reservarse para la intimidad. Se es elegante porque se descubre en sí mismo la forma adquirida y liberada que luego asciende hasta la vida pública, si es de otro modo no hay mérito, porque la presencia dejaría de ser honesta para convertirse en actitud fingida.

Para terminar, hay que referirse al sometimiento que ha tenido la elegancia por parte de la moda como una forma de expresión cultural que dicta sentencia respecto a qué se admite, se usa, se aprueba y se requiere en el momento. En términos de tendencia la moda habla de ciertos modelos que parametrizan la estética de manera temeraria. Siendo esa la realidad, es importante resaltar la idea primaria de este artículo: la actitud elegante proviene de una decisión libre y cultivada; por lo que no se atiene a las configuraciones de una casa de modas, ni al calzado de la temporada, o peor aún, al tipo de vestidos que define el mercado; ¡No! La actitud elegante de cualquiera de nosotros estará en el calzado que armonice con el caminar de la propia personalidad y con el vestido que engalane los atributos internos.

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