El viacrucis de Cesar Rincón: cornadas, tragedias familiares y quiebras

Atrás quedaron los años de gloria y la euforia de público viéndolo salir por la puerta grande, el gran torero vive el ocaso de la fiesta brava en medio de un descalabro económico

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febrero 09, 2020
El viacrucis de Cesar Rincón: cornadas, tragedias familiares y quiebras

Los millenials no lo entenderían. Mediodía del 21 de mayo de 1991, transmitía por la antigua segunda cadena RCN. El país estaba paralizado. César Rincón, 1.66 de estatura, bogotano, hijo de un fotógrafo callejero y de una empleada doméstica, se enfrentaba a Santanerito, una bestia de quinientos kilos en la legendaria plaza de las Ventas de Madrid. Animalistas y veganos en un país azotado por las bombas de Pablo Escobar eran minoría. Así que cuando, de una estocada mató al toro y el exigente público madrileño sacó sus pañuelos y gritó torero, el país se estremeció. La fiesta fue total cuando le dieron las dos orejas. Era la primera vez que un torero no nacido en Europa salía por la puerta grande de Madrid. Un país celebraba con la euforia que se celebraría, décadas después, el gol de James a Uruguay en el mundial. En ese momento la sangre de César Rincón estaba infectada y no lo sabía.

4 de noviembre de 1990. Palmira Valle. Baratero, un toro bravo de la ganadería de Amabaló le corneo la femoral. Lo trasladaron al hospital San Vicente de Paul. La operación duró 2 horas 35 minutos. La hemorragia no paraba así que tuvieron que operarlo tres veces más. En el desespero le hicieron una tranfusión sanguínea. Se recuperó pero en 1992 descubrió lo peor: tenía Hepatitis B. En ese momento, con apenas 28 años, tuvo que decidir entre parar una carrera que lo había convertido en el mejor del mundo o tratarse una enfermedad que podría ser terminal. Valiente hasta lo irracional el torero decidió seguir en el ruedo.

En 1999 César Rincón, a los 34 años, se quitó el traje de luces y decidió someterse al más violento de los tratamientos. Los efectos secundarios son terribles: caída del pelo, insomnio y un dolor de cabeza que no se quitaba con nada. Muchos pacientes no lo resisten y lo dejan a un lado y prefieren la muerte. Rincón, el torero, estaba acostumbrado al sufrimiento.

De niño, para pagar su arriendo en el barrio Fátima por eso trabajó de todo: fue ayudante de ornamentación, hizo soldadura a los nueve años, ayudante de zapatería a los diez. No todo era trabajo, la familia sacaba tiempo los domingos para hacer paseos de olla o ir a la casa de uno de sus tíos en Fontibón, muy cerca del aeropuerto, a ver llegar aviones al Dorado.

César Rincón afirma que nunca supo cuántas veces un toro lo corneó. Acá uno de esos encuentros en España.

Sin embargo, siempre quiso ser torero y a los 15, cuando ya era una promesa, un hacendado amigo de apellido Lozano, que le vio las condiciones, le prestó 10 millones de pesos para irse a España. Allá, cuando recién se asentaba, ocurrió lo peor. César Rincón toreaba en Miraflores de la Sierra, un pueblo cerca a Madrid.  Cuando llegó al hostal donde se quedaba recibió una llamada de su papá: Su mamá Maria Teresa y su hermana Sonia habían muerto en un incendio en su casa materna por culpa de una de las veladoras con las que doña Maria Teresa le pedía a la virgen la protección para su hijo. Ese dolor lo usó para enfrentarse a cada toro que se le puso por delante y constituirse en el primer torero en haber salido cuatro veces en un mismo año por la puerta grande de las Ventas de Madrid

Hoy César Rincón vive entre sus fincas El Sinaí, de Albán, Cundinamarca, en Carmen de Apicalá, Tolima, y su hacienda en Santa Cruz de la Sierra en Madrid. Desde el 2010 es un respetable ganadero. Entre todos sus toros el que más quiere es Honrado, quien, a sus 19 años, espera plácidamente la muerte en una de sus haciendas. El toro fue indultado en una corrida durante las Ferias de Manizales del 2013. Aunque le va bien con la ganadería él mismo dice que no es lo mismo ver pastar un grupo de toros zenues que los de Lidia.

Una de las cosas que más le duele a Rincón es estar considerado por una buena parte de los jóvenes como “el peor asesino de Colombia”. Año a año ve como las principales plazas del toreo se van cerrando. No entiende el odio desmedida que genera una profesión que hasta hace unos años era venerada por reinas y presidentes de la república. Ahora combina su estatus de ganadero con criador de toros de lidia sin haber podido consolidar el proyecto y perdiendo millones en él. Su batalla está perdida y ya no podrá revertir el devenir de los tiempos: el toreo está en vías de extinción. Su preocupación genuina es válida: ¿Qué pasarán con los toros de Lidia cuando estos hayan desaparecido?

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