El nuevo orden mundial no llegó con avisos publicitarios, redoblante ni fanfarria. Llegó como llegan las cosas inevitables: silencioso y por la puerta de atrás.
Un día creíamos que el poder era territorio, unidad nacional, ejército y tratados. Al día siguiente, descubrimos que también es otra cosa: quién fabrica los chips, quién controla los datos, quién presta el dinero, quién pone las reglas del comercio, quién puede determinar que es una dictadura, quién domina las rutas marítimas, quién puede cortar la energía… y quién puede contaminar tu conversación pública sin disparar una sola bala.
Ese cambio explica por qué la ONU, que nació con la promesa de “nunca más”, se ve tantas veces como un médico que diagnostica con precisión, pero no puede operar. No porque falte gente capaz, sino porque su sala de cirugía tiene candado.
El Consejo de Seguridad es, en teoría, el centro de las decisiones sobre paz; en la práctica, cuando las grandes potencias chocan, el sistema se paraliza. La ONU habla, documenta, advierte, suplica acceso humanitario, repudia rechaza y el mundo sigue ardiendo. A veces el veto es el gran aliado de la barbarie.
Pero sería injusto decir que “la ONU fracasó” como si se tratara de un funcionario negligente. La verdad es más incómoda: el sistema internacional está diseñado para funcionar cuando los poderosos quieren. Y cuando no quieren, lo máximo que produce es lenguaje diplomático. La legalidad queda viva, sí, pero queda sola. Y cuando la legalidad se queda sola, las víctimas se quedan sin escudo.
Mientras la ONU intenta sostener un orden viejo, el poder real se está reacomodando con tres protagonistas evidentes: Estados Unidos, China y Rusia. Solo que cada uno juega con una baraja distinta.
Estados Unidos sigue siendo, a su manera, el arquitecto del sistema: su moneda es el idioma financiero del planeta, sus mercados atraen capital, y sus alianzas militares todavía pesan. A veces se le critica por intervenir; otras veces se le ruega que intervenga
El mundo se acostumbró a que Washington fuera parte del problema y parte de la solución
Esa contradicción no es casual: el mundo se acostumbró a que Washington fuera parte del problema y parte de la solución. Su fuerza está en la red: la banca global, la tecnología, los acuerdos, la influencia cultural y diplomática.
China, en cambio, no siempre necesita hablar duro. Su forma de poder es más paciente: construir, producir, vender, financiar, conectar. China no solo exporta mercancías: exporta infraestructura, puertos, trenes, equipos, cables, y cada vez más, estándares.
Su influencia no se siente como amenaza inmediata; se siente como dependencia lenta. El mundo termina funcionando con piezas chinas, y cuando eso pasa, la geopolítica deja de ser un debate abstracto: se vuelve logística.
Rusia juega un juego más áspero. Su fuerza es la capacidad de desordenar el tablero: energía, seguridad, disuasión, presión regional. Rusia no necesita dominar el mundo para obligar al mundo a negociar con ella. Le basta con ser el país que, si se ignora, convierte el mapa en crisis. Es el poder del “interruptor”: el que enciende o apaga tensiones.
Pero el nuevo orden no es un triángulo perfecto. Está lleno de países bisagra: no son imperios, pero inclinan la balanza.
India es una de esas bisagras mayores: población, mercado, tecnología y ambición. No quiere ser satélite de nadie. Quiere ser polo. Y cuando un país así decide su rumbo, medio planeta siente la vibración.
La Unión Europea es otra bisagra, aunque su poder no suene a marcha militar. Europa manda mucho por una vía menos dramática: la norma. Regula datos, competencia, consumo, medio ambiente, privacidad. Y sus reglas terminan exportándose porque, si quieres comerciar con Europa, terminas adaptándote. Es un poder silencioso: no conquista, pero condiciona.
En Medio Oriente, Arabia Saudita y los Emiratos se volvieron algo más que petróleo: inversión, infraestructura, tecnología, diplomacia. Están comprando futuro a gran velocidad. Turquía también se mueve como bisagra: controla pasos, negocia con varios bandos, vive de las guerras ajenas, proyecta fuerza y juega a ser puente y muro al mismo tiempo.
Y en el llamado Sur global, Brasil, México, Indonesia y Sudáfrica cuentan cada vez más. No solo por población, sino por recursos, alimentos, biodiversidad y peso regional. El mundo del futuro no se gobierna sin comida, sin agua y sin energía. Y esos países tienen fichas clave.
Ahora, hay dos fuerzas que atraviesan a todos: la inteligencia artificial y el dinero digital.
La IA no es solo una tecnología bonita. Es una forma nueva de poder porque toca lo más frágil de cualquier democracia: la verdad pública. Decide qué vemos, qué se vuelve tendencia, qué se borra, qué se amplifica, quién aparece como héroe y quién como enemigo.
También se mete en el Estado: salud, educación, seguridad, justicia, administración. Un Estado puede volverse más eficiente con IA o más vigilante. Y una sociedad puede volverse más informada o más manipulable.
Por primera vez, el derecho tiene que perseguir decisiones que no siempre tienen un responsable humano visible, porque el daño puede venir empaquetado en “sistema”.
El dinero digital, por su parte, está tocando la soberanía por el lado que más dolía que se tocara: la moneda. Durante siglos, la idea era simple: el Estado emite, el banco central regula, el territorio manda.
Hoy aparecen criptomonedas, stablecoins, activos tokenizados, monedas digitales oficiales. Todo eso acelera pagos y abre posibilidades, sí, pero también abre riesgos: estafas, lavado, volatilidad, concentración. Y, sobre todo, una pregunta inquietante: ¿quién gobierna cuando el dinero circula con la facilidad y la fragilidad de un mensaje?
En medio de esa tormenta, algunos juristas hablamos de un enfoque “transcivilizacional”: aceptar que el mundo no es una sola civilización dictando reglas a las demás, sino un cruce de historias y culturas que deben caber en el derecho internacional si queremos que el sistema sea legítimo.
No es un capricho académico. Es una vacuna contra el resentimiento global y contra la sensación, cada vez más extendida, de que el orden mundial fue escrito por unos pocos y firmado por los demás con resignación, los niños crecen y automáticamente quedan adheridos al sistema, sin importar su voluntad.
¿Y Colombia qué, en este tablero gigantesco?
Colombia no puede competir fabricando chips mañana. Pero sí puede proteger lo que nadie imprime. Ninguna inteligencia artificial fabrica ríos. Ningún algoritmo crea un páramo. Ninguna criptomoneda produce biodiversidad. Eso es poder real, del futuro: agua, alimentos, energía limpia, dos mares, una riqueza natural que otros países ya perdieron.
No seremos la Gran Colombia por nostalgia ni por decreto. Pero sí podemos ser una gran región por cooperación inteligente, por integración práctica y por soberanía ambiental.
En el nuevo orden mundial, la soberanía no es gritar ni bloquear: es prever. Es cuidar los recursos, es fortalecer instituciones, es entender que el mundo está mirando, que todos estamos interconectados y que el poder, hoy ya no entra por la puerta principal. Entra, como todo lo decisivo, cuando uno está distraído.
@HombreJurista
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