Peñalosa, el alcalde leñador

"El modelo de arborización del alcalde es retrógrado y equivocado, evoca esa búsqueda del orden uniforme que nos ha llevado a someter y destruir a la naturaleza"

Por: Juan Morales
octubre 24, 2018
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Peñalosa, el alcalde leñador
Foto: Instagram @enriquepenalosal / Pixabay

En los últimos meses los ciudadanos de Bogotá han asistido impávidos a las talas que contemplan los planes de renovación paisajística de la alcaldía. Igualmente, a las que se adelantan por los planes de renovación urbanística, como los 25.000 árboles localizados en la antigua fábrica de Bavaria que se han venido cortando lentamente.

Además, desde febrero de este año en el separador de la autopista Norte a partir de la calle 245, con la ampliación del corredor vial se han  talado 3.191 árboles, esto incluye cinco especies con vedas —es decir, que tienen prohibición de tala a nivel nacional—.

Así mismo, con el metro de Bogotá, cuyo trazado sale de la localidad de Bosa, en el sur, y llegará hasta la avenida Caracas con calle 72, se deben retirar de las vías cerca de 1.373 árboles; y para las obras de TransMilenio por la carrera Séptima, sin estudios y con la oposición de un gran número de ciudadanos, la alcaldía contempla talar al menos 700 individuos, incluidos varios árboles patrimoniales y en condición de veda.

Sin embargo, esto no es todo, a estos casos ya conocidos hay que sumarle otros como el de la ciclorruta de la calle 116, Bosque Popular, carrera 30 frente a la Nacional, Niza Antigua, Modelia y el Nogal. Este último, adelantado por contratistas del Jardín Botánico, finalmente le dio visibilidad a un proceso que lleva según cifras de la alcaldía unos 10.000 árboles talados.

La personería de la ciudad pidió suspender las talas y ha advertido que no se cumplieron con los procedimientos de socialización que exigen estas afectaciones ambientales. Ante las denuncias de los habitantes de la localidad de Chapinero la personería afirmó: “Determinamos que se concedieron licencias para la tala de 1.192 árboles bajo el argumento de hacer un rediseño paisajístico. Hay árboles que están en perfectas condiciones, con los que la gente ha convivido y no existe una razón justificada para que se talen". Del mismo modo, afirmaron no tener conocimiento de la documentación que soportaría las licencias ambientales de estos procesos de diseño paisajístico.

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Bogotá tiene más de 1.257.000 árboles en espacio público y alrededor de 1.300.000 en terrenos privados. Esto implica un déficit de al menos 1.1 millones de árboles para alcanzar los estándares internacionales mínimos con referencia a números de árboles por ciudadano. En localidades como Bosa, Ciudad Bolívar o Mártires la cifra es de 0,1 árboles por cada tres personas.

Para completar el dantesco panorama la fiscalía denunció hace unas semanas, la existencia de una red  que otorgaba permisos falsos para talar árboles en la ciudad.

Se han denunciado exabruptos en la contratación para las talas que hace el Jardín Botánico como el pago por cada árbol talado, lo cual estimula la tala de árboles que debían ser tratados, y la entrega de la madera cortada a los contratistas como “parte de pago”.

Comparando las cifras de tala contra las de siembra tenemos que la administración Peñalosa ha sembrado 23.287 árboles en espacio urbano, mientras que ha talado según sus propias cifras oficiales 10.000.

Cuando a Enrique Peñalosa le preguntaron por los árboles talados en la carrera Novena respondió: "No, no, ya se tumbaron y ya van a sembrar unos súper finos y súper divinos". Con este elevado concepto técnico, el alcalde impone una “renovación paisajística” consistente en reemplazar árboles maduros de numerosas especies por siembras de dos únicas especies: nogal y liquidámbar.

La obsesión de Peñalosa con los liquidámbares es de vieja data. Lo que el alcalde ha llamado diseño paisajístico contraviene los principios más elementales de la arborización urbana contemporánea y lo que ha creado en muchas zonas de Bogotá es una arborización que semeja un monocultivo industrial de liquidámbares.

Cabe anotar que los liquidámbares han resultado enormemente destructivos para la infraestructura urbana. Sus raíces tienen destrozados los andenes y la ciclorruta de la calle 134 y de la autopista hasta la avenida Boyacá, como lo podemos ver en este vídeo:

O los de la carrera 19 entre calles 127 y 100 en este vídeo:

También los de la calle 80 entre la Caracas y la 30, como lo vemos en este otro vídeo:

En los vídeos podemos ver cómo las raíces más superficiales de los liquidámbares han producido enormes daños en los andenes y la ciclorruta, dificultando así el tránsito de los peatones, ciclistas y sobre todo, ensañándose con los más vulnerables —niños pequeños, personas lesionadas, ancianos, bebés llevados en coche y lo más grave de todo, impidiendo el paso de personas en situación de discapacidad—.

El alcalde Peñalosa solía decir que había llenado los andenes de bolardos para garantizar los derechos de los peatones, en el caso de su imposición de los liquidámbares como especie casi única de sus —como las llamó, Antonio Caballero— “Alamedas Imperiales”, ha logrado todo lo contrario: pisotear los derechos de los más vulnerables.

Los liquidámbares son conocidos por los arborizadores y jardineros a nivel mundial por poseer un sistema de raíces invasivo y extremadamente agresivo con su entorno. En Australia han sido catalogados como la tercera especie más dañina y que más costos agregados causa en la infraestructura de tuberías, desagües y cañerías de la ciudad.

Ahora, la culpa de estos daños no es de los árboles, la solución de ninguna manera debe ser la tala. Hay métodos probados para tratar estas raíces. La culpa es de los funcionarios públicos que impusieron esta arborización basados en criterios exclusivamente paisajísticos y saltando por encima de la demostrada inconveniencia de esta especie. Es difícil calcular cuánto le ha costado a la ciudad esa imposición del liquidámbar desde la primera administración de Enrique Peñalosa, habría que cuantificar los daños producidos que a simple vista son enormes.

Contratistas afirman que los diseños paisajísticos de obras contratados por el distrito siempre reducen la arborización a solo tres especies, imponiendo mayoritariamente al liquidámbar. Esta imposición de una arborización uniforme y seriada, mecánica y antinatural es heredera de nuestra agricultura industrial, modelo insostenible que está llevando al desastre ambiental.

En mi opinión, el modelo de arborización del alcalde es retrógrado y equivocado, evoca esa búsqueda del orden uniforme que nos ha llevado a someter y destruir a la naturaleza. Como lo ha dicho Caballero: “El plan de renovación paisajística —de Peñalosa— consiste en dejar vivos solo los liquidámbares.”

Ya vimos los resultados de la implantación masiva del urapán (Fraxinus chinensis) que se trajo del Japón a partir de los años 30 a la ciudad. Cuando los azotó una plaga, esta fue fácilmente transmisible entre individuos y terminó diezmando gravemente a la población de estos árboles y exigiendo costosos tratamientos para su recuperación. Este es el mismo problema que presentan los monocultivos frente a las plagas. En contraposición, una arborización diversa y autóctona resiste mucho mejor las plagas.

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Hay que reconocer que en la primera administración Peñalosa se plantaron 68.688 árboles y 183.651 plantas de jardín. No obstante, la arborización no es un asunto simplemente relacionado con la cantidad de árboles, hay que tener en cuenta su valor ecosistémico y los servicios ambientales que brindan. Ese ha sido el enorme error que ha cometido el alcalde desde su primer gobierno.

En el decreto número 984 de 1998, expedido por la alcaldía Peñalosa, se definió arborización de la siguiente manera: “Siembra de árboles destinada a un fin específico de paisajismo”. O sea que hemos venido sembrando árboles solo para crear “paisaje”, o en términos del propio alcalde porque son “súper finos y súper divinos”. Además, el alcalde con su obsesión por el liquidámbar pasó por alto el artículo 12 de su propio decreto que habla de: “la predominancia de especies nativas” y “la conservación de vías, andenes, alamedas, ciclorrutas y demás estructuras, así como los posibles efectos de las especies sobre las redes de servicios públicos”.

Peñalosa justificó sus planes de arborización homogénea durante su primera alcaldía con este collar de perlas: “en Bogotá los árboles están mal sembrados, le provocan daños a su infraestructura de vías y redes de servicios. Además, no son de una misma especie y ese 'revoltillo asqueroso, ese matorral espantoso' quita visibilidad y genera inseguridad”. Como ya vimos el monocultivo que nos impuso como solución resultó siendo aún peor en términos de daños a la infraestructura. Por otra parte, como es ampliamente aceptado por los teóricos de la arborización y la ecología urbana, no se debe sembrar una sola especie.

Nuestra diversidad de especies arbóreas no es un “revoltillo asqueroso", ni un “matorral espantoso”, ni tampoco “maleza”, como calificó a las plantas de los cerros orientales el alcalde en días pasados durante uno más de sus permanentes extravíos. La permanente agresión del alcalde en contra de la naturaleza tiene un único lado bueno, nos ha hecho más conscientes de ella. Como lo ha planteado Carolina Sanín: “Nos hemos hecho conscientes, tal vez, de que la presencia de ese verdor en la ciudad señala el bosque casi extinto que la rodea”. Esa diversidad de árboles y plantas son la forma que ha asumido la vida por naturaleza en nuestra sabana y los ciudadanos hoy, gracias a la torpeza y abusos del alcalde, estamos más unidos y conscientes en la búsqueda de recuperar esa naturaleza primordial que hemos perdido.

Los árboles no se plantan solamente para ser agradables a la vista del transeúnte, la principal razón es la serie de servicios ambientales que prestan —como por ejemplo mejorar la calidad del aire y del agua, conservar energía en estructuras arquitectónicas, reducir el ruido, la radiación ultravioleta, la temperatura en infraestructura y residencias, la temperatura del aire circundante, capturar micropartículas contaminantes y muchos otros beneficios ambientales, sociales y económicos (Nowak and Dwyer 2007)—. Además, deben beneficiar el ecosistema en el que están, por eso deben ser de especies nativas y diversas.

En los procesos de arborización contemporáneos se tiene como regla comprender que un árbol maduro es mucho más valioso que uno joven, y muchísimo más que uno recién plantado. Las famosas sustituciones a las que obligan nuestras leyes no reponen los servicios ambientales que prestaban esos árboles maduros. Un árbol pequeño y joven tiene una capacidad mínima de prestación de estos servicios. La capacidad se va incrementando con el tiempo pero, dependiendo de la especie, le puede tomar hasta décadas alcanzar los niveles a los que los prestaba el árbol maduro que supuestamente “sustituye”.

Con eso claro, lo importante es entender que entre más grande el árbol y con más follaje expuesto al sol será más eficiente produciendo oxígeno. Es decir, el árbol que más biomasa acumule por unidad de tiempo será el que más CO2 secuestre. A los árboles maduros y sanos o con patologías tratables hay que dejarlos en paz, hay que tratarlos y si es necesario brindarles apoyos mecánicos que les permitan sobrevivir y cumplir su ciclo vital, ya que los beneficios que nos prestan son irremplazables a corto y mediano plazo.

Por otra parte, los árboles urbanos deben servir como conectores para los ecosistemas que rodean la ciudad. Deben albergar vida, permitir a las aves anidar y alimentarse, permitir a los insectos lo mismo y además ser sitio seguro para el tránsito y descanso de aves migratorias o de largo vuelo. Por esta razón es absolutamente fundamental que la mayor parte de la arborización se haga con especies nativas, especies a las que ya estén adaptadas las especies animales y de insectos autóctonas de la sabana. Igualmente, debe buscarse la diversidad de especies arbóreas, de forma tal que los árboles sembrados busquen simular la diversidad del bosque original de la sabana y los cerros orientales.

En el Virrey, lugar que Enrique Peñalosa ha denominado como “parquesucho”, se ha documentado —por grupos ambientales de vecinos que hacen observaciones científicas— la presencia de una gran diversidad de aves. Esto certifica que los parques lineales con diversidad de especies arbóreas sirven como hábitat para estas especies animales. Aunque el Virrey no es el mejor ejemplo de un parque lineal que preste diversidad de servicios ambientales, sí que es un buen ejemplo de lo que puede lograr un terreno lineal arborizado con una amplia variedad de especies arbóreas. A pesar de ello la actual alcaldía taló 47 de los 86 árboles —en un comienzo querían talar 155— de variadas especies que pensaba intervenir en el parque, varios de ellos jóvenes y sanos.

El alcalde leñador piensa desde hace tiempo que los árboles son una molestia porque tapan el sol y no dejan jugar fútbol a los obreros, por ello ha venido con una genial idea: talar los árboles y reemplazarlos por canchas de grama artificial plástica. El alcalde insiste en reemplazar lo que no debe ser reemplazado y peor, lo que no puede ser reemplazado.

Hay muchas formas de mejorar las condiciones ambientales de la ciudad. Algunas de ellas incluso son de bajísimo costo, como por ejemplo las iniciativas ciudadanas de arborización. Sin embargo, lo que vemos es a esta administración gastando enormes cantidades de dinero en talas: los contratos más onerosos del Jardín Botánico son destinados a talas.

Lo que necesitamos en Bogotá, para poder enfrentar adecuadamente los desafíos ambientales que la agobian, es aumentar el área de zonas verdes y sembrar en la próxima década por lo menos tres millones de árboles en zona urbana. Se deben crear terrazas y muros verdes en zonas desaprovechadas de la ciudad y que actualmente están en mal estado como los muros que han dejado las demoliciones hechas para las troncales de TransMilenio.

Lo que necesitamos en Bogotá son más árboles, más arbustos, más plantas. También, más zonas verdes, más aves e insectos... la vida llenando nuestros espacios en contraposición y resistencia al frío e inerte concreto. Es hora de que esta alcaldía entienda eso y paren definitivamente las talas innecesarias y se inicie un programa de arborización serio y de gran alcance que involucre a los ciudadanos.

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