¿Dónde está el pueblo colombiano?

"Nos toca sacar fuerza, unirnos y en un grito de batalla decirle basta a los usurpadores, a los violentos, a los testigos y a la ideología a la que estamos sometidos"

Por: Mariana Flórez Arredondo
mayo 22, 2019
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¿Dónde está el pueblo colombiano?

Julio Cortázar enunció “hay ausencias que representan un verdadero triunfo”, pero esta no la era, seguro que no. "Dónde está el pueblo colombiano" me pregunto mientras veo en las noticias cómo hay niños que no tienen ni para comer, mientras me asomo a la ventana de mi cuarto y veo cómo los hombres buscan en la basura algo para medio alimentarse. ¿Acaso no somos iguales y merecemos una vida digna como lo menciona nuestra constitución política? ¿Qué estamos haciendo mal?

Ospina (2018) afirma: "En Colombia, lo mismo que se advierte a lo largo de toda la historia nacional vuelve a advertirse en cada jornada electoral: la ausencia del pueblo. Todo vuelve a girar alrededor de unos nombres y de unos personajes, de sus odios y de sus venganzas, de sus programas y sus convocatorias, pero la comunidad resulta cada vez más invisible, convertida apenas en la comparsa de los elegidos, reducida a la condición de pasivos electores e invisibilizada por la estadística" (p.01).

Así que estamos eligiendo sin conciencia, quizá solo por el certificado electoral para descansar mediodía de un país, de un trabajo, de una sociedad injusta, inequitativa, ruda y excluyente, pero sin darnos cuenta de que podríamos descansar diariamente de todo ello si ejerciéramos nuestra condición política con interés, con argumentos y valor. Tristemente nos hemos convertido en unas palomas que mantienen mendigando en la Casa de Nariño, en las gobernaciones, en las alcaldías. Nos hemos convertido vagamente en receptores incompetentes y despreocupados, que aunque criticamos no actuamos y si actuamos, actuamos mal, porque lo hacemos desde intereses individuales, es decir, el líder que tanto criticamos deja de ser malo cuando le consigue un trabajo a un familiar cercano, pero sigue robando, sigue estafando, sigue vendiendo la diversidad colombiana, pero ya no lo visionamos críticamente sino que guardamos silencio por gratitud.

Somos seres humanos sin humanidad, somos violentos, desinteresados y ello nos lleva rumbo al fracaso y ni siquiera la paloma de la paz puede hacer algo al respecto, porque estamos sumidos en un odio, en un rencor, en una incapacidad de perdonar, idolatrando a quienes no debemos y juzgando a nuestros hermanos. Es ahí donde precisamente reside nuestro problema: no pensamos en el otro, no nos preocupamos por garantizar que en nuestra sociedad no haya discriminación ni violencia, simplemente vamos caminando por una trocha sin destino, ignorando los alrededores más deprimentes del panorama.

Pedimos cambios, pedimos justicia, pero seguimos hablando mal de nuestros compañeros, seguimos haciéndoles daño, y si no somos capaces de generar transformación en nuestros núcleos, mucho menos en un país del cual hemos entregado las llaves y no nos hemos atrevido a regresar por ellas. Por lo anterior, resulta necesario ser conscientes que donde hay dos hombres debe haber humanidad, que no somos enemigos aunque se hayan encargado de hacérnoslo creer. Todos merecemos ser libres y andar por la calle sin miedo, representantes honestos que no satisfagan sus necesidades de dominio a costa de la naturaleza colombiana, de muerte, de violencia y de destrucción.

Necesitamos recuperar nuestra posición, debemos ir por aquello que nos corresponde, comprometernos con lo que somos y luchar, luchar mucho, paradójicamente por algo que es nuestro. Nos toca sacar fuerza, unirnos y en un grito de batalla decirle basta a los usurpadores, a los violentos, a los testigos y a la ideología a la que estamos sometidos. Debemos decir basta al odio y abrirle la puerta a la alegría, a la armonía, a un pueblo colombiano político unido por su progreso y desarrollo, en el que el representante sea capaz de identificarse en su pueblo, en el que todos miren para un mismo horizonte y se vivan lazos de amor, de prosperidad, de fraternidad, uno en el que nadie sea juzgado por lo que es y sea aceptado por lo mismo y por último uno en el que no sean necesarias las mentiras porque todos están pendientes de la verdad.

Ospina, W. (2018). La paz del pueblo ausente.

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