Con ocasión de un epitafio

La virulencia absolutamente simétrica y letal del COVID-19 no entiende de ministerios, candidaturas, ni nada eso

Por: Carlos Tamara
febrero 01, 2021
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Con ocasión de un epitafio

Rainer Maria Rilke canta así: Señor, a cada uno dale su muerte,/ una muerte que de cada vida brote/ y en que haya amor, significado y sufrimiento.

Estos versos, con ser enigmáticos, parecieran autorizar a muchas personas que se han volcado a opinar sobre la muerte reciente del ministro en ejercicio de la defensa nacional Carlos Holmes Trujillo García. No me es ajena su figura juvenil en los claustros de la Universidad del Cauca donde realizó sus estudios de derecho. Y todos conocimos las hazañas, no tan pormenorizadamente, de su patota de compañeros de andanzas... que acompaño con puntos suspensivos. Nosotros, cabe señalar, estábamos en otras lides.

Todo eso se vuelca inmediatamente en torrentes pues no me desprendo de la imagen de cuando lo veo entrar supuestamente airoso y por sus propios pies llevados a las dependencias de alguna clínica de Barranquilla. Todavía pisa el vigor, no sé si de vida o de la potencia y empuje vital que aparentemente confiere el poder de su ministerio o, aún más voluble, de su jurada predestinación a jugar en la carrera por la presidencia que ya casi se asomaba.

Lo digo porque pensé, en ese preciso instante, ¿sabrá él que ya está muerto?

¡Alto! No es que supiera milimétricamente nada diferente de lo que estuvieran diciendo las noticias. Es más, sabía mucho menos que cualquiera pues apenas estaba enterándome. Sin embargo, sopesaba la virulencia absolutamente simétrica y letal del COVID-19 que no lee de ministerios, candidaturas, ni nada eso.

He estado diciendo que los seres humanos no entendemos la preponderancia abiótica del virus. Sí. Estoy convencido: mientras no haya vacuna, no existe remedio mejor que quedarse en casa. ¡Qué cosa de ministerios, ni presidencia ni que nada! ¡La vida por sobre todo!

Pero, afortunadamente, aunque para otras razones, no todos pensamos igual.

Y luego la noticia desapareció. De alguna manera confié en que les serían prodigadas las mayores defensas y atenciones. Nunca supe de su internación en el Hospital Militar lo cual me hubiera dado la confianza de su sanación por el servicio que allí dispensan y más a la persona de un ministro. Y todavía más a la presión, que cabe imaginarse, de sus más cercanos compañeros de bancada política. Nunca he deseado la muerte de nadie, ni siquiera si tuviera enemigos.

Pero había entrado por esa puerta en Barranquilla. Una puerta batiente de vidrio. Por dentro estaba muy oscuro. El contraste con la luminosidad extraterrestre de Barranquilla pudo acompañar mi fatal presagio.

Después de eso, volviendo a leer a Rilke cuyo poema conocía de antaño no he podido salir de la perplejidad. ¿Ya estaba muerto; es decir, caminaba sí, pero hacia su tumba?

Y vuelvo una y otra vez al poema de Rilke que ha sido mil veces interpretado y muchas veces más leído.

Rilke era un poeta creyente. Sugiere implacable que la muerte deviene como acción de la providencia divina. Indica que así como nos dispensa la vida, de la misma dimensión debería proveernos la muerte. Rilke se debate en admitir que ojalá sea así. Ruega porque quepa un sueño. Pero, la pregunta obvia es ¿cómo podría ser distinto? Y además ¿cómo podría alguien ser consciente de estar fabricando mientras vive la proporción de su propia muerte?

Claro, cualquiera sospecha que los versos son mucho más insidiosos. Al socaire, Rilke no dice. No se atreve a decir. Si acaso osa insinuar lo que pudiera ocurrir. Rilke no se atreve pues la providencia divina no es algo muy fácil de elucubrar. Rilke cree y respeta lo que cree.

Rilke, eso sí, arguye una distancia. Reconoce un tránsito sobre una distancia que se agota. Al final inaugura una petición como si fuera un algoritmo o, si se quiere, apenas una relación biunívoca. Son las consecuencias de cómo has llevado tu vida la libertad que el Señor te dispensa para ganarte la muerte que te provendrá.

En el resto del poeta desgrana los azares de incontables contingencias a cual más grave, donde Rilke, se reconoce, es una pura alma de Dios que nada del horripilante mundo ha probado.

Rilke quizás adivina una esperanza. Se anticipa topográficamente a la cadena de desgracias. No aspirar a la eternidad: al menos seleccionar la muerte según haya sido nuestra vida. Cabría esperar una gloria, aunque instantánea, menos dolorosa.

Es obvio, matemáticamente cierto, que Rilke duda mucho que así sea. Él lo preferiría como si se pudiera soportar el peso ignoto de escoger la vida.

Ahora cabe preguntarse muchas más cosas. ¿Existe alguna condición de la infección viral mucho más allá de la cual ya no cabe esperanza? Sin embargo, esta pregunta es supremamente traicionera: algunas personas han muerto del virus sin saber que están infectadas. Lo que digo es buscando precisar qué me llevó a pensar de esa manera.

El caso es que de saberse algo, ¿cabe aumentar las prevenciones y las alertas que pudieran implementar los médicos? ¿Cabe alguna respuesta ante la inevitabilidad augurada de la muerte? Es decir, ¿cabe suponer que, tal como había vivido su vida el ministro, era inevitable que muriera cuando pespuntaba el churubito de su máxima aspiración política y sus correspondientes adehalas?

¿El virus lee eso y mucho más?

Según parece, el virus interpreta a Rilke. Mucho me temo, los versos de Rilke son fallidos. O, con cierta conmiseración existencial, son solo eso.

El virus leería toda la vida del sujeto. Detectaría hasta la más mínima falla o sobre abundancia que se hubiera desmandado. Según mi teoría, precisamente por ser una anomalía abiótica se ve obligado a repasar célula por célula hasta encontrar huésped. Y luego es implacable con la posesión como si fuera su última oportunidad.

¿Leerá el virus, sopesará al detalle las éticas trascendentales de su víctima supuestas implícitas mientras viva? Esta sería la pregunta materialista que subyace en los versos de Rilke.

Imaginemos que si lo hace el virus. Está imbuido para ello de su simetría abiótica prehomínida. Si decide matar todavía cabe que durante su vida la víctima haya construido suficientes defensas para acallar la virulencia. El virus quiere matar, pero no puede.

En esas condiciones, ¿qué leyó el virus que el ministro no pudo soportar?

Esta pregunta quizás se pueda contestar. No puedo sin embargo averiguar con ello si el ministro sabía que aun andando ya estaba muerto. Y es que es aquí precisamente donde se suscita la potencia de la piedad y la misericordia.

Pues era ya dueño de su propia muerte.

Lo que no sé, sintetizo, es si militaba esperanzas. ¿Y de dónde sacaba yo mi estrafalaria cognición?

Ignoro si esto pueda ser interpretado como un pésame.

Notas. El poema completo de Rainer María Rilke, La marcha de la hora, puede leerse en Internet. He bajado este, aunque no creo que sea la misma versión que leí antaño y que me dejó estupefacto. No se sabe si la religiosidad de Rilke buscaba augurarse cual dueño de su propia muerte que supondría por ello plácida. Quizás eso sea una parte de lo que significa ser creyente.

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