Bogotá: el pequeño infierno que nos acoge a todos

Bogotá: el pequeño infierno que nos acoge a todos

¿Debido a qué maldición uno nunca se puede sentir completamente a gusto en ningún lugar de Bogotá? Ni con lluvia ni sin ella, ni con otros, ni en soledad…

Por: Sebastián C. Santisteban
marzo 07, 2022
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2orillas.
Bogotá: el pequeño infierno que nos acoge a todos
Fotos: Sebastián Santisteban

"Avanzamos así en masa hacia una confusión sin igual, anhelando saciar la sed de un destino, de un acontecimiento que supere todos los acontecimientos, de un miedo que supere todos los miedos.": E. M. Cioran.

 

Vivir en Bogotá implica una cierta sensación de inmaterialidad apocalíptica que se expresa de distintas formas. Imposible poder establecer una jerarquía en medio de tanto caos. En cuanto a la mía, la vida en esta ciudad se experimenta como una especie de explosión de papa bomba, un incendio del ser, frío y aturdidor a la vez. Se trata de nada más que un infierno mediocre y ambulante, una entidad capaz de destruirlo casi todo no por la acción decidida del fuego, sino por el constante e indefinido humo; las cosas y cuestiones de la vida no quedan reducidas a cenizas, sino simplemente ahumadas, inservibles, pero no completamente destruidas. Eso, para mí, es vivir en Bogotá.

Se asume, entonces, una especie de maldición capaz de acabar con toda forma digna de existencia. ¿Acaso no resulta evidente que el infierno no solamente es los otros, como bien lo dijo Sartre, sino que el infierno primordialmente es uno mismo?, ¿y acaso dicho océano de llamas frías, de llamas que congelan, no terminan por devastarlo todo hasta la médula, por consumir toda vida y reducirle su fuerza quitándole cualquier posibilidad de acción o aspiración?

Vivir el infierno bogotano, soportar sus desdichas, miserias e indignidades, ¿no es alcanzar, sin embargo, cierto heroísmo fútil y mediocre, semejante al de algún personaje de telenovela o a algún cantante de reggaetón? La liberación del fardo de la dignidad, gracias a ese infierno personal que se funde con el del basurero de afuera, ¿no convierte a la ilusión de vivir en una mera broma morbosa y trágica y chistosa a la vez?

Y todo esto no es nada comparado con el destino final, tan irónico y absurdo, en el que uno y todo lo demás queda reducido a simples ruinas ahumadas. Los transmilenios, los trancones de taxis y motociclistas, los oficinistas de la 72, los burgueses de Cabrera, los indigentes, los ladrones, las mujeres bellas de la 22, los colegiantes de Bosa y el Bronx y la 222, todo reducido a cambuches de plástico llenos de humo, instalados contra las ruinas de algún puente vehicular, formas de vida que ya no pretenden nada, que ya no se podrían considerar, como tal, “vivas”.

Una extraña sensación de belleza, completamente inusual para esta ciudad, surge cuando se imagina a las cenizas de estos cambuches desperdigadas, flotando frenéticamente con el vaivén del viento del altiplano, diseminándose como una especie de reproche y de resistencia ante la horrible y asquerosa futilidad del espacio que ocupa esta ciudad en el mundo.

Siento una atracción morbosa hacia Bogotá quizás por la gran miseria que proyecta sobre el mundo. Una sensación de terror y asco me invade, atravesando mis miembros y órganos, como un virus o un fluido aceitoso y asqueroso. Y en su avance incesante siento ese terror chistoso que se expande infinitamente y la presencia absurda de los sentimientos más contrarios que puedan afectar a alguien.

Vivo extático y deprimido a la vez, sufro de ansiedades y distracciones nimias y veraces, veo cadáveres y niños naciendo en cada esquina, parejas jóvenes del Sena comprando perros en la 56, apuestos indigentes cargando bolsas de basura al hombro con las botas nuevas y una dignidad que nadie más conoce en esta ciudad. Y me invade una desesperación y una lujuria en el seno del caos más desconcertante.

Me encuentro tan afligido y contento a la vez, y la vibración frenética de mis rodillas cuando estoy sentado y mis conductas obsesivas que no me permiten pisar ciertas rayas de los baldosines de cemento rotos en los andenes son el reflejo de este circo infernal en el que vivo. Por la belleza de tanta miseria y suciedad me gustaría poder convencerme de que esta ciudad no está ad portas de su propia destrucción, de su propio apocalipsis. De que está ciudad tiene alguna oportunidad de sobrevivirse. Pero sé que no es así.

¿Qué importancia puede tener madrugar en esta ciudad a las cuatro de la mañana, alistarse en medio del frío de la sabana que cala hasta los huesos y salir a coger un TransMilenio desde Bosa, Kennedy o Mirandela, para ir a trabajar o estudiar? Tales hechos no hacen más que reproducir la realidad de un lugar perturbado, idiota y sádico. A pesar de que siento que es el más horrible castigo y la peor condena esta de tener que vivir acá y que ello constituye el hecho más grave de toda la historia de la humanidad –peor incluso que la guerra en Siria o Ucrania o Arauca, o que el derrumbamiento de una mina en Boyacá o que morir aplastado por un camión volcado desde una calle más elevada–, soy completamente consciente de la absoluta nimiedad e insignificancia que define mi existir en esta ciudad. Una ciudad que en cualquier momento te viola y asesina sin ningún motivo. Sé bien que no soy nada en este universo de influencers y cantantes de la cultura narcocorrida que va desde Soacha hasta Marantá, desde Monserrate hasta la salida a Medellín.

Y, no obstante, siento que mi existencia es la única real y coherente (en tanto solitaria y despreciada) con cierta posibilidad de dignidad. Es más, en caso de poder elegir entre mi existencia y la de esta ciudad, eliminaría, sin dudarlo, a esta última, con todas sus fiestas, luces, drogas, festivales de música indie y con toda su horrible música, para planear, solitario, en medio de una nada sin referencias. A pesar de que existir acá me resulta en un completo suplicio no puedo renunciar a ello, sin embargo, dado que no creo en ninguno de los valores por los cuales debería sacrificarme, o matarme. Evidentemente, al ser un simple animal humano producto de este lugar y de esta época no tengo la menor idea de por qué vivo, ni por qué debería dejar de hacerlo.

A lo mejor una de las claves se encuentra en el barbarismo de este circo de indigentes tuiteros y ladrones (la inmensa mayoría de nosotros) y de abogados, emprendedores de tecnología y políticos asesinos con horrible gusto pequeño burgués de provincia, lo cual hace que todo este caos perdure sin razón alguna. ¿Y si solamente existieran razones violentas y absurdas para vivir acá? Nadie merece sacrificarse por una idea o una creencia, ni mucho menos asesinar a otros por ello. Así, hay días en los que me siento culpable por toda la miserable historia de esta ciudad, de este país, y en los que comprendo por qué tantos inocentes han derramado su sangre por este lugar, tan feo, absurdo y violento.

Para conseguir vivir dignamente en Bogotá nada debe interesarme ya; hasta el problema de caer asesinado debería parecerme fútil y ridículo; ¿morir aplastado en una estación de TransMilenio? –estéril y vulgar–; ¿celebrar un cumpleaños en la 85 o la 56 o cuadra picha o la 22 con amigos emperfumados y un aguardiente ridículamente caro? –impuro y aún peor de vulgar–; ¿salir a montar bicicleta o a correr por la ciclovía los domingos? –irracional y repulsivamente vanidoso–; ¿la desesperación producto de no tener ningún futuro y de la posibilidad de caer en la más absoluta miseria en cualquier momento? –un mal menor y parcial–; ¿la trascendencia y el reconocimiento en este país? –una expresión vacía y una ilusión; ¿la fatalidad?– una broma…

Si se piensa seriamente, ¿de qué sirve matarse tanto la cabeza? ¿Para qué cuestionarse y tratar de darle un sentido a las llamas de un pequeño infierno chistoso y de unas sombras que, aunque agobian, también divierten? ¿No sería mejor dedicarse a bailar entre los muertos, sobre los cadáveres, como si fueran los enseres de una fiesta? El problema es que nunca me ha gustado bailar con los muertos, pues su frío se transmite directo a mi corazón y yo no tengo cómo abrigarme por dentro.

Hacerse bogotano es un proceso esencialmente traumático. Desde lo alto de Monserrate cae uno, en pleno vértigo del alma y de la mente, en la confusión de un cambuche en el Bronx, Los Andes, la Casa de Nariño o San Bernardo, fumando bazuco y engendrando ilusiones extrañas y caóticas. ¿Cómo dedicarse a la filosofía, la política, las artes o cualquier oficio digno a partir del instante en que se siente en sí mismo el desarrollo de una tragicomedia mediocre en la cual se funden sentimientos de lujuria, odio, sevicia y brutalidad, el miedo a la muerte y una aspiración total a la estupidez y lo vulgar, la premonición de la locura y la desesperación producto de un orgullo diletante y completamente vacuo?

Sentimientos que se amalgaman en eso que podríamos llamar “lo rolo” y que se convierten en una efervescencia absoluta de la demencia hasta el sinsentido total. Esto necesariamente excluye toda posibilidad de elucubración sistemática, precisa o valiosa. Bogotanizarse implica caer en la completa estupidez animal, pero no por ello los suplicios y voluptuosidades de su locura dejan de hacer menos daño, de doler menos.

¿Debido a qué maldición uno nunca se puede sentir completamente a gusto en ningún lugar de Bogotá? Ni con lluvia ni sin ella, ni con otros, ni en soledad… Desconocer la verdadera tranquilidad, el verdadero sosiego, es un hecho ciertamente desconcertante y deprimente. Los seres humanos más desgraciados somos, en realidad, los que tenemos que vivir aquí. En Bogotá, poseer algo de inteligencia o autoconsciencia, vivir la tensión constante del saber, implica convertirse un paria y en un objeto aborrecido. La sensibilidad aquí es una enfermedad y una plaga, y la conciencia una herida abierta y sangrante en el núcleo de la propia realidad.

Nuestra tragedia es vivir constantemente insatisfechos en medio del terror a la muerte y el terror, aún peor, aunque casi totalmente reprimido, a la miseria de la vida. Mi vida en esta ciudad me hastía y me horroriza profundamente. Si pudiera renunciaría inmediatamente a ella, pero ¿a dónde más podría ir?, ¿en dónde más me recibirían? Todo el resto del mundo tiene las puertas cerradas para un ser como yo. Bogotá, un infierno y un basurero en donde todos son bienvenidos. El único lugar del mundo que no discrimina, que verdaderamente no podría hacerlo.

Las sensaciones de hastío, horror y repulsión que engendra esta ciudad poseen un origen corporal, físico: la fatiga producto de no ser más que un simple esclavo, peor aún, un esclavo de esclavos. Doce horas encerrado en una oficina diminuta o vendiendo cacharros en la calle a la sazón de los elementos, la intemperie y el hambre, buscando algo que comer en las canecas metálicas de basura con tres o cuatro o cinco niños de brazos, más cuatro horas más en un TransMilenio aplastado en medio de los cuerpos de otros condenados, para llegar a la casa a tratar de descansar, a tratar de soportarse a sí mismo y los demás que viven bajo el mismo techo, oyendo el martillar de la música de reggaetón o narco corrido del cambuche del vecino.

La fatiga separa al ser humano de la razón y de la gracia. Tal ritmo de vida reduce los nobles deseos humanos y la actividad interior pierde así cualquier genialidad o posibilidad de valor para poder singularizar la vida en el mundo y así tener en ella, al menos, un momento hermoso de existencia. Este tipo de fatiga representa la causa orgánica de la miseria y del vulgar barbarismo de este lugar. De este modo, se explica la fertilidad de Bogotá para parir esclavos, orgullosos de su propia esclavitud, desde sus domiciliarios motorizados y en bicicletas invadiendo aceras y calles, pasando por sus múltiples callcenters, “chino”, hasta la más aborrecible clase de políticos y “empresarios” en sus horrorosas camionetas Toyota TXL y Ford Explorer que no caben en ningún parqueadero, en ninguna calle.

Confundido entre la violencia sádica de las calles y el éxtasis de una afamada fiesta de reggaetón LGTBI+ a la que no me dejan entrar en Chapinero, me invaden unas ganas grotescas de convertirme en un atracador de bicicletas o celulares. Habiendo salido con la idea de perpetrar algún crimen me detengo a pensar en cómo justificar mi actuación desde el seminario de la Ética de Jacques Lacan o el Eclesiastés. Y entonces no hago nada, me quedo en una esquina parado y meditabundo, a media noche, y entonces es a mí a quien roban.

Cioran escribió: “Mirar sin comprender: eso es el paraíso. El infierno será, pues, el lugar donde se comprende, donde se comprende demasiado…”. De ahí que Bogotá sea el infierno paradisiaco por excelencia.

La vida en Bogotá me ha enseñado a avergonzarme de todo; a vivir avergonzado como una forma de vida, como una ética y la piedra fundante de mi realidad. La profunda vergüenza que me produce la felicidad de los otros, la vida de los otros, pues lo que quedaba de la mía me la chalequearon en un TransMilenio.

Esta fuerza explosiva producto de la más absoluta miseria; la renuncia al supuesto valor propio que da una potencia inusitada. Mientras más se hunde uno en el propio infierno, por mediocre que sea, mejor se dominan las fuerzas infernales del mundo. Convertirse en una especie de indigente del alma nos brinda un poder infinito. Bogotá, ocho millones de indigentes más cerca del infierno, más cerca del infinito.

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