Soñé su nombre, ópera prima de Ángela Carabalí, convierte la búsqueda de un padre desaparecido en un viaje íntimo por la memoria, el territorio y la ausencia

 - Así será la primera película dirigida por una mujer afrocolombiana

En muy pocos días estará disponible en salas de cine en Colombia, Soñé su nombre, película dirigida por Ángela Carabalí. Hay que acentuar que es la primera película dirigida por una mujer afrocolombiana.

Durante más de treinta años, una mujer evitó nombrar el dolor de la desaparición de su padre, Esaú Carabalí, ocurrida en el norte del Cauca. Pero una noche la visita en un sueño. Y en ese universo de lo onírico, le pide que vaya por él. Aquella señal la puso en camino, así que junto con su hermana toma su automóvil y emprende un largo viaje a Caloto en el departamento del Cauca, hacia el encuentro con aquella voz, aquel tono que traen consigo desde su infancia y que ha estado presente en las otras etapas de sus vidas.

Ya citadinas, aquellas chicas han forjado su mundo, siempre con la presencia de la madre, que si bien dedicó una buena parte de sus energías a dar con el paradero de su compañero, se mantiene con un espíritu muy activo y generoso en su arte de la enseñanza. 

Carabalí nos permite ese contacto con el campo (eso que ahora llaman territorio); unas manos acarician el arroz que está sobre una mesa, y en él, al ser acariciado, se nos revela en sepia la fotografía del padre, y luego las de las niñas y sus demás familiares. La música marca las pausas a lo largo del film, y uno podría pensar en aquella natural vocación de las bandas sonoras, en darle un ritmo a lo que se lleva en el corazón. 

Hay una escena en la que Ángela oye el registro de su voz en un radio casete, fechado dos años después de la desaparición de don Esaú. En ella habla de su mamá y su papá, y de él lo hace en presente, como si esa misma mañana lo hubiera visto irse a sus labores. Y entonces uno llega a pensar que en esa sola escena se condensa nuestra historia nacional. Amar que las personas estén ahí, quererlas en su ausencia.

Hay que decir también que el documental se sitúa en un Cauca habitado por comunidades afrodescendientes e indígenas que entienden la tierra más allá de los términos occidentales de la propiedad, la ven como el espacio y el tiempo para los vínculos.

Es esto último lo que se pierde con la violencia. Por eso, cuando decimos “territorio” nos negamos a reducirlo a una extensión de tierra. Y es por eso que las hijas de Esaú dan centralidad a la abuela, a sus manos callosas y a su incontenible nostalgia al tener en su regazo el portarretratos del hijo de su corazón. “Nunca volveré a tener un hijo como él”, nos dice. 

En nuestro país, en no pocas ocasiones, la desaparición forzada suele traducirse en cifras, expedientes y debates. Soñé su nombre, de forma casi natural, pero no por ello menos estética ni argumental, nos señala otro sendero. Para eso la cámara acompaña a Ángela y a su hermana Juliana hasta el lugar en que su padre fue visto por última vez y del que fue arrancado por una violencia que la película nunca delimita ni personaliza. Por eso no hay nombres propios, ni siglas, ni acusaciones directas. Y es que no es poco el tratar de saber qué se hace con la ausencia. Y esto hace de su primera producción un largometraje existencial, sensorial e incluso más político, en el sentido más puro del término.

Al final, el viaje de estas dos mujeres se aleja de ser una investigación criminal. Carabalí nos sugiere, con total conocimiento de causa, que buscar al padre es también buscarse a sí mismas. Y que, en esa búsqueda, el territorio actúa como una fuente de verdad, como tierra abonada con su presencia.

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