En la ciudad, la sombra de la noche empezaba a caer, cuando una silueta más oscura que el carbón, cruzó el umbral del cementerio San Miguel. No era un visitante cualquiera, era el mismo diablo en persona y solo se le distinguían sus ojos rojos.
Entró cuando el crepúsculo ya agonizaba, cuando las farolas del cementerio apenas lograban arañar la oscuridad que se espesaba entre las tumbas, y permaneció allí, entre nichos y lápidas, hasta que la madrugada se volvió densa y fría, casi sólida.
El camposanto respiraba un silencio antiguo, de esos que pesan más que los años. Ni un viento juguetón entre las cruces, ni el ulular lejano de un perro callejero. Solo el eco ocasional de algún carro perdido en la avenida Santa Rita y, más adentro, el rumor casi imperceptible de los insectos que habitan la noche eterna de los muertos.
Las lápidas, blancas y grises bajo la luna menguante, parecían rostros callados que observaban sin parpadear. Algunas, adornadas con flores marchitas de visitas pasadas, otras desnudas, como si el tiempo hubiera decidido borrar también los nombres.
El aire olía a humedad vieja, a cera quemada hace mucho, a tierra removida que nunca termina de asentarse. Cada paso crujía sobre la grava como una advertencia que nadie escuchaba. Sin embargo, el diablo se movía entre los panteones humildes y los mausoleos que aún conservan pretensiones de eternidad, con pasos que ni siquiera se sentían, como si sus patas fueran de una pantera.
La penumbra lo envolvía como un manto cómplice. Nadie lo vio llegar; nadie, en esas horas muertas, imaginaba que el respeto por los que ya partieron pudiera ser tan frágil. El silencio del cementerio no era paz: era espera. Una espera tensa, como la de quien sabe que algo irreparable está a punto de suceder. Y sucedió.
En plena madrugada, cuando la atmósfera en la necrópolis parecía contener el aliento, el diablo consumó su profanación: arrancó cinco lápidas, cinco nombres, cinco memorias talladas en piedra que familias samarias habían colocado con dolor y con amor para recordar a sus muertos.
No fue un robo cualquiera; fue un ultraje contra el último reducto de dignidad que les quedaba a los deudos. Las lápidas, testigos mudos de vidas ya concluidas, fueron cargadas y sustraídas en la oscuridad, como si los difuntos pudieran ser despojados una vez más.
Pero la noche no es tan cómplice como parece. La rápida reacción de la Policía Metropolitana, apoyada por los ojos atentos del grupo Halcón 10 de la vigilancia comunitaria del Centro Histórico, rompió el hechizo de impunidad. Alias “El Diablo” fue capturado y las lápidas recuperadas. La memoria, aunque herida, volvió a su lugar.
La indignación recorrió las calles como reguero de pólvora. Santa Marta, empezando sus 501 años, rechazó con furia que se vulnere el descanso de los suyos. La comunidad exige ahora más vigilancia en esas horas oscuras, cuando el cementerio queda a merced de los que no conocen el peso del respeto.
Porque aquí, entre estas tumbas que han mirado de generación en generación el trasegar de la muerte, no se tolera ni que el verdadero diablo —el que no es de carne y hueso— haga su aparición impune. Los muertos merecen silencio, pero también justicia.
También le puede interesar:
Anuncios.
