La reunión del 3 de febrero de 2026 entre el presidente Gustavo Petro y el presidente Donald Trump en la Casa Blanca no fue una visita de Estado, no fue una reconciliación ideológica y tampoco fue —como algunos quisieron presentarla— un gesto de subordinación. Fue algo más incómodo y, por eso mismo, más realista: un ejercicio de diplomacia dura en medio de una relación bilateral que había llegado peligrosamente cerca del punto de ruptura.
Durante meses, la relación entre Colombia y Estados Unidos estuvo marcada por declaraciones cruzadas, tensiones diplomáticas y un deterioro del lenguaje poco común entre países históricamente aliados. En ese contexto, el solo hecho de que el encuentro ocurriera ya constituye un dato político relevante. No porque normalice automáticamente la relación, sino porque la saca del terreno de la confrontación abierta.
Conviene decirlo desde el inicio: no fue una visita de Estado. El protocolo lo dejó claro. No hubo honores militares ni rueda de prensa conjunta, y el encuentro se realizó a puerta cerrada. Estos elementos han sido leídos por algunos sectores como un desaire. Esa lectura, sin embargo, puede confundir símbolo con sustancia.
En diplomacia, la ausencia de ceremonia no siempre implica desprecio; muchas veces implica contención del riesgo político. La Casa Blanca evitó una escenografía que obligara a explicar públicamente el giro en el tono tras meses de tensión. Petro, por su parte, evitó una exposición que pudiera derivar en un choque discursivo explotable en ambos escenarios políticos.
El formato cerrado protegió a ambos.
La iniciativa estratégica del encuentro pareció responder, en buena medida, a intereses operativos de Washington. Para la administración Trump, el deterioro de la cooperación antidrogas con Colombia se había vuelto insostenible. El aumento del flujo de cocaína, la fragmentación de actores armados y la porosidad de fronteras hacían necesario recomponer canales técnicos más allá de las diferencias ideológicas. Estados Unidos no buscaba afinidad política, sino interlocución funcional.
Petro, en cambio, asumió un rol pragmático. Aceptó un formato sobrio y se presentó como jefe de Estado dispuesto a discutir seguridad, narcotráfico y control territorial. Fue un giro relevante frente a su retórica previa. No renunció a su visión política, pero priorizó la viabilidad operativa.
La agenda central fue el narcotráfico, abordado en clave de cooperación práctica: rutas, actores, extradiciones y resultados medibles. La extradición de alias “Pipe Tuluá” y las operaciones posteriores contra el ELN fueron interpretadas como señales hacia Washington dentro de esa lógica.
Venezuela también estuvo presente en la conversación, pero no en términos ideológicos. Petro actuó como interlocutor regional en asuntos de seguridad fronteriza, energía y control de economías ilícitas. Para Trump, cualquier esquema que reduzca el impacto del narcotráfico resulta funcional, independientemente del discurso que lo acompañe.
Llamó la atención lo que no ocupó el centro del diálogo: derechos humanos, democracia liberal y cambio climático quedaron en un segundo plano. Esto refuerza una conclusión incómoda pero evidente: fue una reunión de seguridad dura, no de valores. En ese terreno, Estados Unidos y Colombia han mantenido cooperación incluso en contextos de desacuerdo político.
No hubo anuncios de acuerdos formales ni levantamiento inmediato de sanciones. Tampoco era previsible. En diplomacia, reabrir canales y modular el tono ya constituye un resultado. El cambio más significativo fue político: se pasó de la confrontación abierta a la contención estratégica.
Las reacciones posteriores revelaron más sobre las audiencias internas que sobre la reunión misma. En Colombia, el debate se dio en clave simbólica: unos hablaron de dignidad preservada; otros, de desaire protocolario. En el exterior, la lectura fue más técnica: desescalamiento y pragmatismo. No hubo narrativas de triunfo ni de derrota.
El balance real no se medirá en fotografías ni en declaraciones, sino en hechos verificables: cooperación efectiva, control territorial y reducción de flujos ilícitos. Si esos resultados se consolidan, el encuentro habrá sido un acierto discreto. Si no, quedará como un episodio más de diplomacia reactiva.
No hubo épica ni reconciliaciones históricas. Hubo algo más modesto y, quizá por eso, más relevante: dos presidentes que no confían plenamente el uno en el otro, pero que entendieron que la confrontación abierta ya no les era útil. En el mundo actual, eso también es diplomacia.
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