Riohacha, capital de La Guajira, no atraviesa una crisis coyuntural. Lo que vive hoy es el resultado acumulado de decisiones políticas equivocadas, omisiones prolongadas y una corrupción que dejó de ser escándalo para convertirse en rutina. Mirada en perspectiva, la situación permite afirmar, sin exageración retórica, que la ciudad ha llegado a su peor versión posible hasta ahora; no sé si puede caer más bajo.
Hubo un tiempo reciente que demuestra que este destino no era inevitable. Durante el periodo 2008–2011, la administración del alcalde Jaider Curiel Choles (q. e. p. d.) logró sanear las finanzas del municipio y dejar superávit, consolidando un legado asociado a la honestidad y al compromiso con lo público. Ese antecedente prueba que sí se podía gobernar bien a Riohacha.
Lo que siguió fue el desmonte progresivo de ese esfuerzo. Las administraciones posteriores quedaron marcadas por imputaciones, escándalos y prácticas clientelistas. Su mayor botón de muestra fue la captura, a comienzos de 2017, del alcalde Fabio David Velásquez Rivadeneira por irregularidades comprobadas en la contratación del Plan de Alimentación Escolar, lo que terminó de confirmar que la corrupción no era un hecho aislado, sino una forma de administrar.
Hoy, en 2026, la administración distrital está al borde de la inviabilidad financiera y jurídica. La deuda pública se acerca al cuarto de billón de pesos, acompañada de más de 330 demandas judiciales, embargos reiterados y una parálisis administrativa que amenaza con bloquear incluso el funcionamiento mínimo del Distrito. La posibilidad de acogerse nuevamente a la Ley 550 no aparece como una estrategia de recuperación, sino como un acto desesperado de supervivencia institucional.
El colapso financiero convive con una emergencia sanitaria permanente. Desde hace más de dos décadas existen contratos, licencias ambientales, planes maestros y decisiones administrativas orientadas a resolver el tratamiento de aguas residuales. Sin embargo, las estaciones de bombeo de aguas residuales fallan de manera sistemática y las aguas servidas continúan vertiéndose al mar Caribe sin tratamiento previo que las haga menos riesgosas para la salud del litoral, contaminando playas y poniendo en riesgo la salud pública. Aquí no hay ausencia de normas; hay incumplimiento reiterado del Estado.
La inseguridad terminó de cerrar el cerco. El pasado 5 de febrero de 2026, comerciantes del mercado cerraron totalmente sus establecimientos tras recibir amenazas de hombres armados que se movilizaban en motocicletas. “Por miedo cerramos; aquí no hay autoridad”, dijeron. El récord de asesinatos, atribuido oficialmente a disputas entre bandas delincuenciales, confirma que el Estado ha perdido el control efectivo del territorio urbano.
A este panorama se suma un dato demoledor: Riohacha registra la tasa más alta de desempleo e informalidad del país. La mayoría de sus habitantes sobrevive sin estabilidad, sin protección social y sin horizonte. La precariedad económica alimenta la violencia, el clientelismo y la ilegalidad, en un círculo que se retroalimenta.
El pasado fin de semana, lluvias torrenciales asociadas a un frente frío dejaron numerosos barrios completamente inundados. La causa no fue la lluvia, sino la inexistencia de un sistema de alcantarillado pluvial que obliga al colapsado sistema sanitario a cumplir una función para la cual nunca fue diseñado. El rebose de alcantarillas y la mezcla de aguas lluvias con aguas residuales volvieron a demostrar que Riohacha no está preparada ni siquiera para lo básico: la lluvia.
Y entonces llegó la escena final, tan elocuente como perturbadora. La madrugada del 2 de febrero de 2026, día de la Virgen de los Remedios, mientras muchos barrios amanecían entre aguas contaminadas, malos olores y riesgo sanitario, la Catedral de Riohacha se llenó de sonrisas, apretones de mano y discursos edulcorados.
Año electoral, Congreso y Presidencia en juego. Allí estaban, según el autor, responsables directos e indirectos del deterioro que hoy enfrenta la ciudad. Afuera, una capital inundada; adentro, la liturgia de la politiquería. No fue un acto de fe lo que se presenció, sino una puesta en escena del cinismo.
Ese contraste lo dice todo. Por eso, llamar a este momento “La peor Riohacha posible” no es una consigna ni un exceso verbal. Es el nombre que el autor le da a una ciudad donde el desastre ya no provoca vergüenza, la política perdió el pudor y el abandono se volvió paisaje.
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