Para que ser colombiano no duela

Para que ser colombiano no duela

Cuando digamos masivamente NO, la única alternativa que nos quedará es decir SI a las nuevas formas de hacer las cosas, a una nueva construcción de país

Por: BETTY PEDRAZA LOPEZ
noviembre 08, 2021
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Para que ser colombiano no duela
Foto: Pixabay

Con frecuencia, cuando mis pasos me han llevado a otros países me posee la paradoja de un orgullo propio que se exacerba dentro de mi cuerpo, en especial por ser yo misma expresión de la diversidad de la vida misma, que habla desde mi rostro, mi risa y un cuerpo que, casi a voluntad propia, se retuerce bajo el sonar de un tambor, una marimba, una gaita dulce o una buena salsa.

Pero este orgullo se enfrenta a una sensación de profunda vergüenza con la humanidad y, ello, por los macabros hechos que siempre aparecen asociados a Colombia: narcotráfico, masacres, asesinatos, injusticia, guerra, sicarios, corrupción, concentración, abuso del poder y pobreza que amargan el mejor café del mundo, el más suave. Dualidades como estas toman lugar en el centro de nuestra identidad como colombianos.

¿Hasta cuándo deberán esperar los niños indígenas de la Guajira que su sociedad, sus compañeros de vida, de país y de planeta, corrijan el horror de haberlos privado del agua, de haber cambiado el curso de los ríos que por años les permitieron sembrar sus alimentos, para acumular las aguas en una represa que no es suya, ni mía, ni nuestra y que nunca ha producido energía?

Cuándo el “bien superior” que se les impuso bajo la consigna del “desarrollo” permitió que, bajo mi nombre, el tuyo y el de millones de hombres y mujeres, niños y niñas, se viera como legítimo el robo del agua para sembrar desierto, desnutrición y muerte entre sus hijos.

¿Cuándo regresara a nosotros la razón, la conciencia, la capacidad de pensar en clave de presente y futuro? ¿Cuándo se nos acabó la sabiduría simple y sencilla capaz de decir no a todo aquello que destruye vidas, ríos, montes y al mismísimo planeta? ¿Cuándo perdimos la capacidad política de elegir el modelo de vida que realmente permite reproducir y recrear la vida?

Quiero que el orgullo patrio me embargue de nuevo y hoy siento que ello es posible porque me doy el permiso para la esperanza.

La pandemia mundial y el cambio climático para muchos tiene cara de desastre, sin embargo, para mí traen esperanza. Una que surge de la desnudez absoluta que permite ver el cuerpo, individual y colectivo, con todas sus riquezas reales, sus limitaciones y miserias. Porque solo desde allí parece posible convocarnos a barajar de nuevo la vida en nuestro espacio. Una vida que sea posible para nosotros, nuestros hijos y nietos, llena de la abundancia de alimentos que conocimos de niños, con paseos al río y columpios en los árboles.

Una vida que empieza recuperando la capacidad colectiva de decir ¡NO! a la economía empobrecedora de la minería; al enriquecimiento ilimitado del 1 % de habitantes del planeta a costa de la miseria simultánea del 99 %; a la concentración de riqueza y de poder en apenas 5 ciudades del país; a los cordones de miseria; al despojo de campesinos, indígenas y afros; al asesinato de nuestros niños y jóvenes; al engaño y a la corrupción; al “sálvese quien pueda”. Porque cuando hayamos dicho masivamente NO, nos daremos cuenta de que la única alternativa que nos queda entonces en empezar a decir “SI” a una nueva forma de hacer las cosas, a una nueva construcción de país.

Entenderemos entonces que lo sabio no es reciclar el plástico, sino dejar de producirlo; devolver impuestos a los “menos favorecidos”, sino no cobrarlos; generar empleos dignos y no repartir subsidios; distribuir y no acumular, limitar la producción de vehículos para el uso particular antes que prohibir su circulación para comercializar los permisos para contaminar el aire; producir petróleo para comprar gasolina, que “no todo es negocio ni todo es mercancía”, como ya lo dice Gael Garcia y la productora La Corriente del Golfo en los seis podcast que nos llaman a frenar el cambio climático (https://bit.ly/3lfnbqU); decir no a otras tantas cosas con las que convertimos el mundo en un lugar absurdo.

Basta de miembros del Ejército Nacional que para cumplir con los requisitos de los ascensos pagan los cursos sin recibirlos, entre otros los de derechos humanos; de bandas delincuenciales comandadas por policías; de limitar el ingreso mínimo sin limitar el ingreso máximo, de permitir a los bancos ganancias de 4,09 billones en el 2020 mientras la pobreza crece al 42 %; de volver prioridad nacional la atención de un grupo de exmilitares que en un acto sicarial asesinaron al presidente de Haití, mientras se dilatan las investigaciones sobre el asesinato de jóvenes, líderes sociales y defensores;  basta de reformas tributarias que socializan la mal habida ganancia y del manejo presupuestal opaco sin posibilidades de seguimiento y evaluación.

Que vengan ya: una dirigencia política que le duela este país, un empresariado honesto, un manejo presupuestal transparente que soporte la vigilancia, un acuerdo de paz convertido en hechos, un nuevo pacto social en torno al desarrollo que necesitamos y queremos, una huella de carbono cero, la multiplicación de los campesinos, los afros y los indígenas, de las selvas y de los peces en los ríos, más música y baile, más medallas deportivas… más y más vida. Quiero un país del que pueda otra vez sentirme solamente orgullosa y desde la esperanza los convoco a construirlo YA.

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