La metáfora del parásito retrata al político sin principios que vive del Estado y debilita a la sociedad, sostenido por clientelismo y apatía ciudadana

 - Los parásitos que encontraron en el clientelismo la fórmula perfecta para atornillarse en la política

El parásito, en la relación biológica, alude a un organismo que vive a expensas de otro, debilitándolo sin llegar a matarlo de inmediato. En política, la metáfora describe una patología de la mediocridad: quien renuncia a ideales, principios y ética para incrustarse en el cuerpo social y vivir de él. Esa degradación no es solo individual; es también colectiva.

El parásito exitoso desarrolla adaptaciones específicas: se mimetiza, cambia de partido con facilidad, evita la detección, se proclama líder, compra conciencias y capitaliza desgracias. Neutraliza las defensas del colectivo —controles institucionales, vigilancia ciudadana—, optimiza la extracción de recursos y asegura su propagación.

El parásito político existe porque la sociedad lo tolera o lo sostiene. Puede ser el actor abiertamente corrupto o quien institucionaliza su dependencia del Estado o del tejido social. Se infiltra en estructuras burocráticas, partidarias o gremiales; neutraliza mecanismos de control —justicia, prensa libre, rendición de cuentas— mediante clientelismo, cooptación o desinformación; y extrae recursos a través de prebendas, contratos opacos o transferencias indebidas. Su objetivo no es la salud de la nación, de la región o de la institución, sino perpetuar su ciclo: reelegirse, rotar en cargos sin mérito y sustituir la misión de servicio por la lealtad a su clientela.

José Ingenieros, en su obra El hombre mediocre, distingue al idealista —que tiene convicciones y lucha por ellas— del mediocre, que carece de ideales propios, adopta lo que se impone en el entorno (rutinas, prejuicios, modas, dogmas) y solo defiende lo suyo. Ese mediocre es, en esencia, un parásito de las ideas ajenas y de la energía social. Su virtud máxima es la astucia para navegar cualquier corriente y aprovechar el statu quo.

El parásito político ha renunciado a ser servidor público o líder transformador, pero adopta los rituales y discursos de la política como estrategia de poder. Repite un libreto envejecido, vive de consignas, eslóganes y promesas vacías, y convierte la retórica patriótica o partidaria en cortina de humo para enmascarar la extracción de recursos. Su capital simbólico son fotos calculadas y frases efectistas; su déficit real es un proyecto para la sociedad.

La simbiosis parasitaria produce efectos patológicos similares a los biológicos: debilitamiento crónico. El huésped biológico sufre anemia y vulnerabilidad; la sociedad huésped padece anemia cívica (desconfianza, apatía), desnutrición institucional (justicia lenta, educación precaria, infraestructura rezagada) e inmunodeficiencia frente a violencias y crisis. La energía destinada al desarrollo se drena hacia redes de privilegio y clientelas, lo que, a mediano plazo, resulta letal para la cohesión social.

Romper el círculo exige —siguiendo la analogía— un sistema inmunológico social robusto: ética pública, justicia independiente, prensa crítica y ciudadanía educada y vigilante. Se trata de recuperar la política como espacio de ideales y acciones verificables, no de marketing vacío. La historia la impulsan quienes resisten la viscosidad del medio y sostienen convicciones con coherencia.

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Combatir el parasitismo político implica también asumir responsabilidad cívica: los parásitos prosperan gracias a incentivos, votos y silencios. Dentro y fuera de las instituciones hay personas dispuestas a pensar con autonomía y actuar por el bien común. Fortalecerlas y exigir rendición de cuentas permite transitar hacia una relación más saludable entre gobernantes y sociedad: una simbiosis mutualista en la que ambos se fortalezcan.

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