El respaldo de José Félix Lafourie y Fedegán a la emergencia por lluvias deja una verdad incómoda: cuando el mercado falla, incluso los poderosos reclaman Estado

 - Lafourie, el ganadero más poderoso del país, termina dándole la razón a Gustavo Petro

Cuando José Félix Lafaurie, presidente de Fedegán, y representante histórico del poder ganadero en Colombia, afirma que el sector respalda al Gobierno en la implementación de una emergencia económica para atender la tragedia invernal en Córdoba y otras regiones del país, algo profundo está ocurriendo.

La emergencia climática —esa que algunos aún llaman “invierno” para no nombrar el colapso ambiental— no distingue entre pobres y ricos, pero sí desnuda discursos. Y hoy deja en evidencia una verdad incómoda para la oposición: el Estado es indispensable, incluso —o especialmente— cuando el mercado fracasa.

Lafaurie no solo respaldó la declaratoria de emergencia. Fue más allá. Hizo un llamado directo a la banca para que revise los créditos de ganaderos y campesinos afectados por las lluvias. Es decir, pidió lo que durante décadas se tachó de “intervencionismo”, “populismo” o “herejía económica”: alivios, solidaridad y responsabilidad social del sistema financiero.

¿Qué cambió? No cambió Petro. No cambió el discurso del Gobierno. Cambió la realidad. Cuando el agua arrasa potreros, cosechas y viviendas; cuando las vías colapsan, cuando la producción se paraliza y el hambre amenaza, el dogma neoliberal se queda sin respuestas. Y entonces, incluso quienes siempre defendieron la mínima presencia estatal, miran al Gobierno y dicen: actúe.

Ahí está la paradoja que incomoda: hasta los multimillonarios del campo entienden hoy lo que una parte de la élite política y mediática se niega a aceptar. Que sin Estado no hay salvación colectiva. Que la emergencia exige decisiones excepcionales. Que la ideología no detiene inundaciones.

Mientras tanto, ¿quiénes siguen oponiéndose a la emergencia económica? Los de siempre. Los que no pisan el barro. Los que no pierden nada si el país se hunde, pero sí si el Gobierno demuestra que gobernar también es proteger.

Este respaldo no convierte a Fedegán en aliado del progresismo. No se trata de eso. Se trata de algo más elemental y más grave: la realidad desbordó la mentira. Y cuando la realidad habla, incluso los sectores más conservadores escuchan.

Por eso molesta tanto. Porque cuando hasta quienes concentran la tierra aceptan que el Estado debe intervenir, queda claro que el problema no es la emergencia, sino el cinismo de quienes la usan para sabotear al Gobierno. El diluvio no convirtió conciencias. Solo dejó al descubierto quiénes prefieren negar el agua mientras el país se ahoga.

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