La primera milonga que escribió Borges

En un epílogo reproducido en 'Textos recobrados' su amigo Carlos Guastavino, le sugirió escribir milongas: “si usted me entrega una milonga, yo le pongo música”

Por: Laura Cecilia Bedoya Ángel
noviembre 25, 2021
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La primera milonga que escribió Borges
Foto: Wikimedia

No sé si la escribí o la escribieron los muertos que andan por mi sangre

“Lo representativo de veras es la milonga. Su versión corriente es un infinito saludo, una ceremoniosa gestación de ripios zalameros, corroborados por el grave latido de la guitarra. Alguna vez narra sin apuro cosas de sangre, duelos que tienen tiempo, muertes de valerosa charlada provocación: otra, le da por simular el tema del destino.(...)” Así escribía Jorge Luis Borges en Evaristo Carriego.

Parece que son muchas las personas que hablan de la incursión de Borges en el tango, unos acertados, otros, no sé; pero lo que sí tengo muy seguro es que el escritor disfrutaba con las milongas, y consultaba sobre sus héroes, el de esta nota se llama Jacinto Chiclana.

Estamos pues frente a la primera milonga que escribió Borges y se sabe por un Epílogo reproducido en Textos recobrados (1956-1986) que su amigo Carlos Guastavino, alguna vez le sugirió escribir milongas:  “si usted me entrega una milonga, yo le pongo música”.

Pasa algún tiempo y cuenta el escritor la génesis de esta milonga con palabras que llevan a darnos cuenta del sentido y la emoción con que la plasmó en versos: “No sé si la escribí o la escribieron los muertos que andan por mi sangre. Casi puedo afirmar que se escribió sola. Di con la tranquila entonación y con el tranquilo vocabulario de la primera copla: lo demás ya estaba hecho”. Y vamos a acercarnos a ella:

“Me acuerdo. Fue en Balvanera,

en una noche lejana

que alguien dejó caer el nombre

de un tal Jacinto Chiclana.(...)”

Encuentro una estrofa que le da un matiz al poema, y hablo de la sombra proyectada en esta historia bajo el farol amarillo que además señala la hora del día, o mejor el instante, la noche, y como si fueran sombras chinescas las siluetas se baten en el duelo, y la penumbra resalta el brillo del cuchillo refulgiendo en sus movimientos o lances inesperados como se deslizan las víboras, un símil acertado para este momento de la lucha y para quienes fueron diestros en el manejo de la daga.

“No veo los rasgos. Veo,

Bajo el farol amarillo,

El choque de hombres o sombras

Y esa víbora, el cuchillo.(...)”

Quienes hayan pasado por la lectura cuidadosa del compadraje contado por Borges tendrán que coincidir con el autor en que los duelos son recuerdos y hechos de valentía de un pasado que resulta elegíaco y que sin embargo, vive en el presente, ya lo dijo en su poema, “una fábula al tiempo” que hoy se busca en la leyenda.

“Algo se dijo también

de una esquina y un cuchillo;

los años nos dejan ver

el entrevero(1) y el brillo. (...)”

Ahora hay que ver el verso “lo que se cifra en el nombre” y para esto debo remitirme al cuento El Sur con su protagonista Juan Dahlmann quien resolvió comer en un almacén a su regreso a casa convalesciente de una septisemia y acompañado de un ejemplar de Las Mil y una noches. 

Allí al pie de la ventana estaba su mesa y hasta él llegaban bolitas de miga que alguien del lugar le había tirado, sin embargo, los ignoró y abrió su libro, después volvió a sentir el mismo objeto  para molestarlo, Dahlmann vio hombres que reían en otra mesa y pensó que habiendo superado una enfermedad no era prudente enfrentarlos, entonces salió tranquilo del almacén, digo yo, pero cuando el dueño del local pronunció su nombre: Dahlmann, para advertirle de no dejarse provocar de esos mozos, hay una  reacción: “Antes, la provocación de los peones era una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos”.(2)

Dahalmann , secretario de una biblioteca municipal recibe la daga que le ha tirado un gaucho viejo “como para que aceptara el duelo” la recoge, después de pensar lo que podría pasar “Empuña con firmeza el cuchillo que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura”.

Volvamos a la milonga:

“Sólo Dios puede saber

la laya fiel de aquel hombre;

señores, yo estoy cantando

lo que se cifra en el nombre. (...)”

Borges cuenta el germen de esta primera milonga y es el hecho de haber recordado el nombre Jacinto Chiclana en “una vaga historia de que lo mataron peleando con muchos”.

“Entre las cosas hay una

de la que no se arrepiente

nadie en la tierra. Esa cosa

es haber sido valiente.(...)”

Y ya de salida de esta nota insisto en subrayar la importancia de la valentía para Jorge Luis Borges, puesto que con ese imaginario cierra su poema El tango donde invita a participar en un verso el acto de morir peleando, como lo hubiera soñado Dahlmann, y como le ocurrió al héroe de esta milonga.

“Siempre el coraje es mejor,

la esperanza nunca es vana;

vaya pues esta milonga

para Jacinto Chiclana”

 

(1) Enfrentamiento, combate.

(2) El Sur. Borges, Jorge Luis. Obras completas. Editorial Emecé.

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