El periodista debe distinguir entre el rigor del dato y la claridad de su postura política. Hay que defender la democracia frente a la amenaza del comunismo

 - La hipocresía de los que se muestran como políticamente imparciales

En el periodismo contemporáneo, la neutralidad suele convertirse en una máscara de la tibieza. La honestidad intelectual exige al columnista mostrar sus cartas con claridad. Existe una distinción fundamental: al informar, el rigor es innegociable; se debe investigar, contrastar y analizar antes de publicar. Es el ABC del oficio y la base de la confianza del lector con el medio.

Sin embargo, en la opinión política, exigir “imparcialidad” absoluta puede convertirse en una trampa retórica. ¿Por qué castigar la subjetividad si lo que se ofrece es, precisamente, una escala de valores? Calificar de “sesgado” a quien asume una posición política puede interpretarse como una forma de descalificar su honestidad intelectual. El periodista no tiene que ser un espectador gélido; puede mostrar su postura, permitiendo que sea el lector quien decida si coincide o disiente.


La trampa de la imparcialidad

Como periodista, busco que mi columna sea un espacio de reflexión. Sigo la máxima de Jaime Bayly: “no me pidan imparcialidad política, porque sencillamente no la tengo”. No me avergüenza definirme como un periodista de derecha. Considero que defender el orden legal, la libertad individual, la economía de mercado, la propiedad privada y la institucionalidad del Estado de derecho es una postura legítima dentro del debate democrático.

El compromiso con la democracia no es opcional; es la garantía de que la sociedad no se desmorone. Defender la institucionalidad implica cuestionar cualquier amenaza contra sus fundamentos jurídico-políticos. Lo hago con respeto por las posiciones ajenas, pero con la determinación de quien no teme dar la cara por sus ideales. En política, la falta de definición puede interpretarse como conveniencia; prefiero la claridad de la convicción.


Debate ideológico y memoria histórica

Si el modelo socialista fuera superior, se preguntan algunos, ¿por qué Cuba enfrenta cuestionamientos por su sistema político?, ¿por qué Nicaragua es señalada por restricciones a la oposición?, ¿por qué Venezuela atraviesa una profunda crisis institucional y económica? Para sus críticos, estos casos son evidencia de las dificultades del modelo socialista en la práctica.

Desde esta perspectiva, la izquierda latinoamericana mantiene vínculos ideológicos con corrientes marxistas que proponen un papel central del Estado en la economía. Sus detractores sostienen que estos modelos tienden a concentrar poder y afectar libertades económicas; sus defensores argumentan que buscan mayor equidad social. El debate continúa abierto.

Naciones como Chile, Argentina, Perú, Bolivia y Ecuador atraviesan ciclos políticos cambiantes, con alternancias entre proyectos de izquierda y de derecha, reflejando dinámicas democráticas propias de la región.

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A pocos meses de la primera vuelta, distintas encuestas ubican a varios candidatos en competencia cerrada. Se mencionan nombres como Abelardo de la Espriella, Iván Cepeda y otros aspirantes que participan en consultas previas, mientras figuras como Roy Barreras también buscan posicionarse en el escenario político.


Como ciudadano, votaré por el candidato que represente mis convicciones. En política no soy tibio, pero aspiro a ser respetuoso. Acepto la controversia política con ideas y argumentos, y rechazo el fanatismo. Mi voto, como mi pluma, busca ser una expresión consciente de mis principios.

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