Opinión

Juan Antonio Roda y su laberinto

El pintor español, que vivió gran parte de su vida en Bogotá, fue el mejor abstracto de su generación. Homenaje a los 100 años de nacimiento, en galería El Museo

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diciembre 25, 2021
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Juan Antonio Roda y su laberinto
Juan Antonio Roda, Autorretrato,1982

Continuamos con la exposición de la Galería El Museo. Fernando Botero y sus acuarelas del 2021, Hugo Zapata y los 100 años de Juan Antonio Roda.

Juan Antonio Roda nació en Valencia en 1921 y falleció en Bogotá en el año 2003.   Como su padre murió cuando él acababa bachillerato, se vio obligado a trabajar en oficinas que, como las de Kafka eran tristes lugares de rutina. Por eso, fue una autodidacta genial y como también amaba la lectura quería ser escritor (Es más, escribió un libro en catalán porque en el tiempo vivía y trabajaba en Barcelona: se llamó Ni la paz ni el reposo que se fue quedando guardado porque, como buen autocrítico, con el tiempo le pareció que era una aproximación juvenil llena de anécdotas biográficas). Pero sí fue un gran artista con la personalidad pictórica de un español.  Estudió mucho a Goya y la pincelada de Velázquez quedó marcada en su recorrido artístico. Encontró el manejo único en la conducción del color que, fue siempre lo fundamental en su trabajo.

Como polifacético, fue dibujante y grabador sin límites y, siempre pintó Series que en algún momento las interpretaron como literarias; pero en su imaginación se trataba solo de un tema. Llegó a vivir a Colombia en 1955. Como le sucedió a Rafael Sanzio con Miguel Ángel, Roda era mil veces mejor pero el brillo de Alejandro Obregón le quitó visibilidad social y comercial. Roda siempre fue un hombre reservado, lejano, que vivía Suba cuando era lugar en las afueras de Bogotá, muy preocupado por la literatura, las artes plásticas y la pedagogía. Era tímido y por lo tanto, su aspecto era de un hombre hosco y serio, pero siempre muy divertido y conversador en grupos pequeños. Obregón era simpático, vivía en Cartagena, le encantaban las fiestas y no tenía pudor en hacer lo que le daba la gana. Y la extravagancia era su pudor. Fue conductor de camiones en el Catatumbo, escultor de tumbas en París, navegante y pescador de vientos.

Juan Antonio Roda siempre tuvo la vocación de ser pintor tanto abstracto como figurativo. En 1965 estudió tanto la cara de Felipe IV. Mientras lo pintaba hacia un paralelo – cómo buen melómano- entre Velázquez y Mozart. “Un punto de refinamiento: entre la sutileza y la poesía”. Al Rey, lo miraba con alguna tristeza porque ya era un viejo triste y decadente. Después de la visita de una exposición del inglés Francis Bacon en 1968, su pintura cambió y se volvió claustrofóbica de donde salieron la serie de Cristos.

 

El Escorial, 1961

Pero lo importante en su historia era cambiar de rumbo y cuando pintó El Escorial trabajaba sobre el tema del famoso edificio herreriano construido en 1562.  Ellos, le dieron pistas seguras para la obra de Roda. Había llegado la abstracción para quedarse en su mundo de libertad racional y emocional. La literatura era su guía y en el manejo del color llegó a lo sublime.

Como consecuencia de El Escorial, también vinieron en términos abstractos la serie de las Tumbas, donde el dibujo y la pintura fueron su repertorio pictórico. Pintaba abstracto mientras algunas líneas de color fueron su contribución al mundo figurativo. En la pincelada lo importante era la resonancia del color.

 

La lógica deel trópico, 1999

No buscó el orden del ritmo, sino la coherencia magnética de la luz del trópico. Así, con los años, se fue liberando de temas y pintaba lo cotidiano: flores, montañas o ventanas mientras miraba a través de las ventanas de su taller en Suba. Con el transcurso del tiempo y la vida, se transformó en el mejor abstracto de su generación. En el mejor. El un hombre íntimo que pintaba los autorretratos mientras se conocía a sí mismo como lo hizo Rembrandt.

 

De la Serie Amarraperros,1976

Fue pionero del grabado en Colombia: Así van apareciendo sus series como La sonrisa de Ana en donde retoma a la Mona Lisa renacentista de Leonardo. Después vienen varias series como las Monjas muertas. Luego, llegaron Los Amarraperros. Siempre amarrados y amenazados por la realidad. Como hoy lo estamos.

 

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