En Barranca todos tienen un muerto en la casa. Así los recordaron 60 familias que aún no olvidan

En Barranca todos tienen un muerto en la casa. Así los recordaron 60 familias que aún no olvidan

"Voy a encender la vela porque a mi papi lo mataron cuando yo tenia 6 meses", dijo una mujer con dolor.

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septiembre 22, 2013
En Barranca todos tienen un muerto en la casa. Así los recordaron 60 familias que aún no olvidan

Llevamos veinte minutos en Isla Salamadra -nuestro barco- y ya estamos encallados.

-El río amaneció regado. Dice el capitán.

Y además cómo en el Magdalena hay más tierra que agua es casi imposible navegar. Por ningún lado se ven los mil millones de pesos que Cormagdalena invirtió en el tramo de Rioviejo hasta la Dorada.

-Lo están dejando morir. Dice Alba Janeth, la sombra de Monseñor hace 27 años. Una mujer que no traga entero porque desde los 16 años está recorriendo el país al lado del dominico.

Llevamos una hora dando tumbos en el agua y en este momento todos odiamos a Cormagdalena.

Cuando al fin logramos despegarnos de la montaña submarina, avanzamos y las orillas del río se empiezan a estrechar. Las ciénagas se turnan el paisaje con las planicies ganaderas. Vamos en el techo del barco porque uno de los motores se recalentó y tuvieron que apagar el aire. Prefiero la resolana de las doce que el bochorno de la cabina.

“Hacienda Guacharacas” anuncia un letrero en la orilla izquierda. Ahora sé que estamos en Antioquia.

Hacienda Guacharas

Hacienda Guacharas

Seguimos lento. Ningún barco de nuestro tamaño transita por estas aguas sólo se ven lanchas de pescadores porque el calado de nuestra embarcación supera lo permitido; “Isla Salamadra” es un barco marítimo. Un estruendo nos detiene por completo y ahora sí la espera será larga. Estamos encallados en el kilómetro 77 en El Presidio, Antioquia, no hay señal de celular y ninguno los motores responden.

El estómago se manifiesta y Moseñor dice “Tranquilos que Dios proveerá”.

Jhon, Elver, Wilson y Hader aparecen en una canoa como mandados por la virgen.  Llevan tres bagres -la pesca del día-, y un galón de combustible. Nos amarran con una soga y nos arrastran hasta la orilla donde esperamos a que la máquina se recupere. Se nos ocurre comprarles los pescados y bajarnos a buscar alguna acomedida que nos lo prepare, pero no es más que una alusión de hambriento.

Llevamos seis horas de viaje y todavía estamos lejos de Barranca. La sed nos obliga a bajarnos del barco para salir en busca de algo en medio de la nada. Escalamos una montaña llena de plantas espinosas y nos encontramos con un corral de búfalas. En la casa contigua una mujer arrulla a un niño en los brazos.

Nos ofrece panela, agua y un árbol de limones. Mientras preparamos la bebida alguien le pregunta:

-¿Cuantas búfalas tienen aquí?

-Dos mil. Responde sin detalles.

-¿Y de quién son?

-Yo no sé.

Lo único que sé es que se llama La Ganadera. Nos pitan desde abajo porque ya vamos a zarpar. Llegamos al barco con cinco litros de aguadepanela  y dos vasos plásticos para compartirla. Tan pronto nos separamos de la orilla Monseñor anuncia que viene en camino una chalupa con almuerzos para todos. Él sabía que Dios proveería.

Recorremos una hora más el río y a las cuatro en punto veo a lo lejos a una mujer en una lancha de colores que agita su mano emocionada. Es Patricia, nuestra amiga barranqueña.

Nos pasa las 15 cajas de icopor y nos anuncia tres menús diferentes: pollo, bagre y bocachico, acompañados de arroz blanco y patacones. Al final sólo quedaron los huesos y las espinas.

Completamos nueve horas de viaje y por fin se ve al fondo la refinería de Ecopetrol. Una caravana de chalupas sale a recibirnos con banderas blancas. Valió la pena el sacrificio. Nos acercamos al puerto de Yuma y Monseñor me explica que la imagen que transportamos de Nuestra Señora de Chinquinquirá tiene cien años. ¿Será que resistirá un mes de lluvia, viento y sol? Monseñor cree en el manto protector de Dios.

Nos acercamos a la bahía y nos recibe un coro de mujeres marianas. La gente se vistió de blanco para darnos la bienvenida a una de las ciudades con más masacres en Colombia, pero con una fe inmensa.

Se inicia una peregrinación por cinco parroquias diferentes que termina en la Catedral La Inmaculada a las 8:30 de la noche. Los ingenieros llegan vestidos de lino en compañía de sus esposas. La Orquesta Sinfónica de Barrancabermeja acompañará la misa y dos carteleras reciben a los feligreses en la entrada.

Masacres registradas en Barrancabermeja: 23

Masacres que dejaron: 127 muertos

Ocurridas entre: 1985 y 1995

Masacres registradas en Barrancabermeja: 7

Masacres que dejaron: 52 muertos

Ocurridas entre: 1998 y 2000

“Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres” cantan y aplauden las señoras.

Monseñor Gómez Serna se puso su mitra para dar la misa en la Catedral La Inmaculada de Barrancabermeja

Monseñor Gómez Serna se puso su mitra para dar la misa en la Catedral La Inmaculada de Barrancabermeja

Por primera vez Monseñor luce la mitra. La sinfónica acompaña su recorrido hasta el altar en medio de bancas repletas e inicia la ceremonia.

La misa transcurre con normalidad hasta que Monseñor dice.

-Sabemos que el río que debería ser fuente de vida se convirtió en un río de muerte  porque tantos hermanos y hermanas fueron asesinados y arrojados allí.

La iglesia se inunda en lágrimas. Barrancabermeja es el hogar de cientos de víctimas.

-Al gobierno quiero pedirle que luche por la reparación completa.

La gente se identifica con el discurso que termina con una oración por los paramilitares, guerrilleros y narcotraficantes. Lo que sigue es un acto de reconciliación. Un largo mantel blanco es el  muro de los lamentos. Decenas de personas escriben los nombres de sus hijos, esposos y hermanos. Todos tienen un muerto en la familia. Se encienden las velas mientras ruedan lágrimas sobre las mejillas y  se imprimen manos pintadas de colores sobre esos nombres que aún viven en la memoria de sus familiares.  “Resusitó, resusitó. Aleluya, aleluya” se oye una sola voz.

Se siente la tristeza y el dolor de un pueblo quebrado. La nostalgia me contagia porque comparto la impotencia de un puerto petrolero que ha sido azotado por todos: Farc, ELN, EPL y autodefensas. El escenario de una guerra urbana en la que un 16 mayo, cincuenta hombres entraron asesinando a once personas y secuestrando a veinticinco. Una ciudad donde el campo de batallas fueron las calles, los parques y las tiendas de los barrios.

Encienden la pólvora y el cielo se inunda de colores mientras Monseñor pide por última vez: “Que el gobierno cumpla su promesa con las victimas.”

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