El Bagre, un amor a primera vista para la maestra Noemy Arango

Aunque va a cumplir 73 años el próximo 25 de julio, esta maestra de varias generaciones todavía refleja un aspecto juvenil que no está en su cédula

Por: Carmelo Antonio Rodríguez Payares
mayo 17, 2022
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El Bagre, un amor a primera vista para la maestra Noemy Arango
Foto: Cortesía

“Mi amor por El Bagre fue de esos que llaman a primera vista”. Así comienza a narrar los hechos que le sucedieron a lo largo de los 22 años de permanencia en aquella población del Bajo Cauca antioqueño, la hija de don Jesús y doña Judith, quien vino a saber de la existencia de este lugar cuando fue a comprar el tiquete del avión y alguien se lo describió en tres palabras: “Es una maravilla”. Oriunda de la ciudad de Manizales, había hecho sus primeros intentos de convertirse en maestra dictando clases en una vereda de Anorí, la que tuvo que abandonar cuando sintió los pasos de los hombres de la guerra.

Es una Leo apasionada por los libros que nació en 1949, el año en que Manizales se disponía a celebrar el primer siglo de su fundación. Aunque está a punto de llegar a su cumpleaños 73 el próximo 25 de julio, día de Santiago Apóstol, el Mayor, todavía refleja un aspecto juvenil que no está en su cédula. Hablo de Noemy Arango García, la tercera de una familia tradicional que desde que vino al mundo supo que estaba hecha para ser una maestra.

De la unión marital de Jesús y Judith nacieron, en su orden: Gloria, Amparo, Noemy, Oscar, Aleida, Nelly, Judith y Marlene, quienes apenas tuvieron el tiempo suficiente de respirar el aire glacial de aquella ciudad cercada por el Nevado del Ruiz, porque en el afán de su padre de darles lo mejor, llegó a Medellín para ingresar como conductor de un bus de las Empresas Públicas que lo envió a Carolina del Príncipe, al norte de la capital paisa, a cumplir con aquellas tareas.- Tan buen funcionario resultó que pronto adquirió una propiedad en el vecino municipio de Gómez Plata en donde terminó de formar una familia de aquellas típicas y numerosas del siglo XX.

Noemy, con apenas 19 años de edad, recibió su diploma de bachiller y siguiendo las costumbres de antaño, se presentó a la Gobernación de Antioquia, que entonces quedaba en donde hoy se levantan los bustos gordos de Botero, para plantearle a quien quisiera oírla que ella no se iría de aquel despacho hasta tanto lograra su propósito de ser nombrada en la planta de la Secretaría de Educación.

No fue una tarea fácil porque ignoraba en qué oficina debía entregar sus papeles, hasta que un funcionario se apiadó de verla recorrer solitaria los pasillos del edificio y le preguntó la razón de aquellas visitas sin porvenir.

“Yo solo vine a trabajar de maestra”.- Aquellas palabras tuvieron algo de magia porque hicieron mover el aparato burocrático de la dependencia y de buenas a primeras se encontró con un papel sellado que decía que la esperaban en una escuela en la vereda La Casita, en jurisdicción de Anorí, pleno corazón del Nordeste antioqueño.

A quien no le gustó para nada su nombramiento fue a don Jesús, quien puso el grito en el cielo al señalar que ella nada tenía que hacer por aquellos lugares cuando en la casa no le faltaba nada.

Lo que él nunca supo es que la decisión ya estaba tomada desde mucho antes, razón por la cual tuvo que ceder ante una hija con la edad suficiente para tomar ese o cualquier otro camino y para demostrarle su apoyo la acompañó hasta la cabecera de aquella población distante 160 kilómetros de Medellín.

Todavía le faltaban otras tres horas de camino para comenzar a cristalizar el sueño de su vida, porque al sitio de trabajo se accedía luego de tomar un bus y más tarde subirse a una mula, que ella en principió creyó que era para llevar sus cosas. Se trepó en el animal y llegó a su destino.

Con cero ideas en la cabeza, porque en esos tiempos el cartón de bachiller habilitaba a cualquiera a dictar clases, y sin las herramientas ni las instrucciones mínimas en materia pedagógica, se hizo cargo de unos niños, quince en total, que se matricularon desde el primero al quinto de primaria, todos reunidos en un solo salón en donde se tenía que distribuir entre aquellos que preguntaban si la O era la del gorrito en la cabeza y la Q la del rabito abajo; y de aquellos que apenas iniciaban sus recorridos por las tablas de multiplicar, dividir y de pintar en los cuadernos los mapas y los palitos y las rayitas como sus primeras lecciones en sus nuevas vidas como escolares.

Todo un mundo nuevo para la recién llegada que se entregó a la misión de la que apenas salía cada mes a la cabecera a ocuparse de dos cosas: cobrar el sueldo en el estanquillo de licores y comprar lo necesario para vivir en su escuela, porque allí le habían acondicionado un sitio que compartió con una pequeña que le hizo compañía. Una parte de su sueldo lo giraba a su madre Judith para que atendiera compras menores en Gómez Plata.

Año y medio de estar en aquel lugar se enteró de que el sitio era frecuentado por unas tropas que decían ser los hombres de la guerrilla de los hermanos Vásquez Castaño, que para entonces se abrían paso por los caminos tratando de convencer al campesinado que en la revolución estaba la salvación del país, pero que en realidad desde sus primeras incursiones se supo que aquellas armas, como en efecto ocurrió, nunca sirvieron para sacar de la pobreza a aquellos colombianos que todavía padecen con angustia el olvido de este y de todos los gobiernos.

Con la idea de que ella no quería estar en la mitad de un conflicto y con las leyendas de que aquellos hombres eran, además de violentos, irrespetuosos con las mujeres, tomó la decisión de ir a Medellín a jugarse la carta de un traslado.

Así que asumió la misma voluntad con la que llegó a pedir trabajo, con tan buena suerte de encontrar al funcionario (Visitador le decían entonces) que la había recibido aquella primera vez.

Fue al grano y le narró sus preocupaciones y como mandado de Dios le dijeron que había una vacante en la escuela de un pueblo cuyo nombre ella nunca jamás había escuchado en su vida, ni registrado para bien ni para mal en los libros que había leído: El Bagre.

“Lo primero que pedí era que por lo menos tuviera más de dos calles y en donde pudiera hablar con otras personas que no fueran mis alumnos”, dice ahora con algo de resignación.

En respuesta a sus preocupaciones su ángel de la guarda le dijo al oído que no se preocupara, que se trataba de un buen sitio y que ese cambio lo agradecería para toda la vida.

Le contó a doña Judith y con ella fue al aeropuerto a comprar el respectivo tiquete y alguien en la fila le dijo que su nuevo destino era un buen lugar para vivir porque en sus tierras estaba asentada una compañía minera, y que para que no tuviera dudas, esta vez el camino no sería recorrido montada en una mula, sino en uno de los aviones modernos que para la época tenía la empresa SAM.

Nunca como esa vez se cumplió aquella frase que sentenció que el futuro sería dar el paso de la mula al avión.-

A El Bagre llegó a mediados del mes de julio de 1970 y se reportó ante las directivas de la escuela de Bijao, que para entonces debió parecerle todo un enorme edificio en contraste con aquella escuelita veredal en donde le daba clases a unos niños en el mismo salón.

Se encontró con sus alumnos de primero, que fue el grado que le asignaron y se sorprendió con uno de ellos que ya llevaba tres años sin poder acceder al siguiente, cuyo nombre todavía recuerda: Edilberto Montoya, el hermano de Nancy. Le dijo que tranquilo, que ese año era su turno para pasar a segundo.

La razón del atraso era que no sabía leer, así que ambos se hicieron el mismo propósito hasta que lo condujo con su mano de maestra hasta las puertas del primero de bachillerato.

Es que era normal que el profesor de primero le dieran el segundo en el siguiente año hasta llegar a quinto y luego se regresaba en una especie de noria para que aprendiera el secreto de la enseñanza: el amor y el cariño que hay que agregarle a la jornada diaria, dice ahora cuando contempla desde un cuarto piso en Medellín el decolaje de los aviones del aeropuerto Olaya Herrera, quizá con el recuerdo de su primer viaje.-

“Todavía tengo grabada la vez que pegamos una llorada la macha porque fue una despedida de los alumnos del quinto de primaria que no querían despedirse de mi ni yo de ellos y eso me llevó a no aceptar devolverme a darle clases a niños de primero y se me ocurrió pedir traslado al colegio de bachillerato, que estaba en manos de unas monjas mexicanas”.

Allá se encontró con un obstáculo casi insalvable y era que no era normalista y para el caso las monjas le dijeron que si aprovechaba las vacaciones podía acceder a ese título en Medellín a través de un curso que dictaban en la Normal Superior en el barrio Villahermosa y más demoraron en decirle que ella en viajar.

“Con el nuevo título en donde me certificaban la especialidad de Español y Literatura me posesioné como educadora del Liceo de El Bagre y allí, además de reencontrarme con mis estudiantes de la escuela, pude hacer parte de una familia de profesores que se destacaban por el compromiso y la responsabilidad que tenían con la institución, cuya meta era hacer mejores personas. En medio de ese panorama y con las mejores intenciones de poner en marcha un medio de comunicación que diera a conocer lo que hacíamos, pero además proyectarnos hacia la comunidad, se fue gestando, poco a poco, lo que sería el periódico EL LICEÍSTA, pero esa idea tuvo que esperar un tiempo prudente para salir a la luz pública”.

Sucedió que las directivas del magisterio, a través del poderoso gremio de Fecode, convocaron un gran paro nacional, que en esos tiempos eran bastante bravos y sus consecuencias repercutieron en este pueblo lejano desde se tomaban las decisiones, y quienes pagaron el pato fueron las monjas, que por ser extranjeras no se sumaron al cese de actividades y esto llevó a que les pidieran su retiro en calidad de esquirolas, que era la palabra que definía a los que no acataban el llamado a una huelga, y por eso la idea del periódico se aplazó pero se mantuvo en firme a través de los centros literarios y de otras actividades que eran impulsadas para que el estudiantado no bajara la guardia en su formación académica.

Aunque la comunidad estudiantil lamentó de veras la salida de las monjas del Liceo, poco a poco, tal cual lo recuerda Noemy, con la llegada a la rectoría de Ciro Robledo Torres, quien fue su colega en la escuela de Bijao, comenzaron a soplar otros vientos, pero las exigencias no bajaron de nivel, por el contrario, se insistió en el compromiso y en la misión que desde su fundación se habían propuesto sus creadores.

Se acordó entonces que los profesores de todos los establecimientos sin excepción, se reunieran los sábados por áreas y desde allí proyectaran las actividades de la semana siguiente, de manera que las ideas fueran impulsadas al unisono y no ser ruedas sueltas, una fórmula que pronto comenzó a dar resultados.-
Recuerda que dentro de las exigencias que se vieron en la nueva administración había una tenía que ver con el cumplimiento del horario de ingreso de la planta de los educadores porque por más que madrugaran, siempre encontraban al rector en la puerta del Liceo.- Incluso alguna vez ella intentó ganarle y se presentó a una hora insospechada, pero se llevó la sorpresa de ver allí, parado en la raya en la puerta de ingreso, a la máxima autoridad del colegio.

Por esa afición que tiene por la lectura que raya en lo compulsivo, la profesora de nuestra historia no dio su brazo a torcer y le presentó la idea del periódico al rector y este acogió la propuesta sin mayores inconvenientes y les aconsejó buscar un apoyo económico dentro del comercio local.

“La respuesta fue casi que inmediata porque no andábamos en las turbulencias como las de hoy así que la cuestión fue de trasladar las ideas al papel y salir a las calles con los ejemplares” dice Noemy que no oculta una sonrisa cuando recuerda la época.- Alcanzaron a sacar tres ediciones, de las que ella estima que se pueden rescatar de los archivos del Liceo.

Sin embargo ella también sacó un espacio para el amor y recuerda que nació de la manera más sencilla luego de que su colega Elvia Galván le presentó a un apuesto joven que además era el director de la escuela de Pueblo Nuevo, institución financiada de manera directa por la empresa minera. Allí nació una relación que concluyó en el altar de la iglesia en una ceremonia realizada en el año de 1972.

Fruto de ellos nacieron en El Bagre sus tres hijos: Karen, Paola y Juan Alejandro. El nombre de aquel novio y luego esposo era Juan José González Van de Venter, de abuelos holandeses y fueron momentos de alegría para ambos que en pareja asistían a los paseos que se armaban a Santa Isabel, a Villa o a cualquier sitio cuando a ellos se podía salir sin mayores riesgos.

Esa unión hizo que cambiara de sitio de vivienda, porque en su época de soltera compartía los quehaceres en un hotel por la calle de los Kioscos, en donde atendían a los maestros y ahora su nuevo hogar estaba en el barrio El Alto, donde todo era de propiedad de los gringos, como se decía en ese entonces, y además todo ello iba de la mano con el cargo que tenía en la docencia.
Ah, por supuesto, eran habituales en los grandes bailes del Club Amistad cuando a la tarima llegaron los grandes conjuntos vallenatos. Recuerda en especial la noche en que los artistas invitados fueron Israel Romero y Rafael Orozco, el Binomio de Oro.

EL LICEÍSTA, muy a pesar de sus tres ediciones, marcó una época y varios de sus artículos dieron mucho de que hablar porque tocaron algunos temas sociales que generaron algunas reacciones, pero todas ellas fueron aceptadas de buena manera por venir de dónde venían: la institución educativa de mayor prestigio en El Bagre, además porque muchos compartían el punto de vista de los autores porque lo allí tratado no era otra cosa que la mirada desapasionada de un equipo de profesores animados por construir una mejor sociedad.

De sus tres hijos, nacidos en El Bagre a pesar de que ella tenía la posibilidad de viajar a una sala de maternidad y tenerlos en Medellín, destaca el cariño que sienten por su tierra natal y fue por ellos, en especial por las dos mujeres, que pidió traslado para estar más cerca de ambas, porque era la época de los carro bombas de Escobar Gaviria y ella no se hallaba tranquila ni siquiera cuando escuchaba sus voces por la línea telefónica.

Vistas hoy las cosas dentro de las perspectivas de un matrimonio que no concluyó como en principio se había pactado, ese fue un error porque el marido se quedó solo y fue cuando comenzó a tambalear la relación. “Sucedió que en unas vacaciones de finales de año me enteré de muchas cosas y me tuve que regresar el primero de enero a Medellín con el sentimiento en el alma de que se me había acabado la vida y que mi único camino era seguir sola con mis hijas”, cuenta hoy sin ninguna amargura.-

Fue bien curioso todo los pasos que ocurrieron para que se diera su traslado. “Te conté que no era yo sola quien buscaba un nuevo sitio para trabajar. Es que yo había cumplido un tiempo que consideré más que justo, porque eran 22 años en El Bagre y por tener a mis hijas por fuera y que eso me llenaba de preocupación, así que creí que estaba bien elevar esa petición, la cual, por supuesto se la consulté a mi marido.

La sorpresa mayor fue que un día cualquiera antes de mi entrada a dictar la clase del día, el rector Ciro me llamó para hacerme entrega de un sobre en donde estaba la decisión de mi traslado”. Él me dijo: “No sabía que andabas en estas” y me deseo éxitos.-

Sin tener que acudir a cualquier influencia de carácter político, la verdad es que ella solo redactó una carta al gobernador Juan Gómez Martínez en donde le contaba a su modo las nuevas circunstancias que tenía, pero, sobre todo porque ya había cumplido un ciclo de 22 años y consideró que ese par de argumentos le servirían para aceptarle un traslado.-

A vuelta de correo recibió la respuesta afirmativa y allí le notificaban el modo, tiempo y lugar de su nuevo lugar de trabajo. Ella consideró que esta vez sería el definitivo en su larga vida de docente y fue así como llegó al Liceo San Pablo en el sector del barrio Manrique en la Comuna Nororiental, cuando la zona era un polvorín manejado por las llamadas milicias populares que sin embargo eran respetuosas con el personal docente.

“No sé por qué no me despedí de nadie en El Bagre, quizá porque ya anticipaba otras cosas y con todo eso en mi equipaje me asignaron las asignaturas de español en noveno grado y tiempo después, quizá por el nuevo rumbo que le di a mi vida, en donde más que educadora asumí la de consejera de los alumnos, me dieron las clases de religión y entonces descubrí porque algunos me llamaban “la monja”. Esto me llevó a tomar la licenciatura de Ética y Desarrollo Humano en la Universidad del Bosque en Bogotá para que no me pasara lo de la primera vez que tuve que ceder el puesto a quien tenía sus créditos”.

“Entonces me concentré de lleno a mis estudiantes y las clases de religión se extendieron a los grados noveno, décimo y once y todo ello lo enfocaba en la práctica de la ética como una herramienta para que estos muchachos no cayeran en las perversidades que les ofrecía el mundo, y prueba de aquel esfuerzo es que es satisfactorio saber que de allí salieron profesionales de diversas áreas, incluso de quienes abrazaron el Evangelio”.

“Cumplidos mis 50 años de edad tomé la decisión de retirarme del magisterio que todavía llevo en el alma con la convicción de que si volviera a nacer haría las cosas tal cual ocurrieron, si cambiarle ni un punto ni una coma a la vida, y menos de haber ejercido de maestra”.

“Hoy, con el apoyo de mis hijos, quienes me dijeron que ellos estaban en la capacidad de brindarme lo necesario para lo que resta de mi existencia y con una pensión, me dedico a la lectura, a caminar, a dar paseos, salir a cine, llenar crucigramas que es un hobby que aprendí desde hace muchos años, incluso llegué a impulsar a mis alumnos para que los hicieran, puedo estar tranquila con los míos y espero que a quienes recibieron mis clases en El Bagre y a quienes no me conocieron, a que sigan sus sueños, sus ideales y a las directivas de mi colegio, a su rector Willian, el mejor de los éxitos y que nunca podré olvidar que mis mejores años los viví allá al punto que alguna vez me atreví decirle a mis hijos que cuando me muera no me lleven a Manizales. A mí, que me entierren en El Bagre”.

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