El trivium y el quadrivium sirven hoy como lente crítico para leer la crisis del lenguaje, la deliberación y el poder en una democracia erosionada

 - Esta es la relación que guarda la gramática y las matemáticas medievales con la crisis política de Colombia

El trivium y el quadrivium fueron las matrices clásicas de la organización del saber en la tradición medieval. Estructuraron la formación intelectual de Occidente y ofrecieron una pedagogía integral para comprender el mundo, el lenguaje, el orden social y el horizonte humano.

En el presente, el trivium y el quadrivium sirven para hacer una interpretación crítica de la vida política. Justamente, quienes siguen la herencia colonial y se creen dueños de la verdad y de los otros, como si fueran sus esclavos, son responsables —según esta mirada— de crear contextos de violencia, impunidad, desigualdad y fragilidad democrática. Más que evocarlos, estos términos funcionan como lente analítica para diagnosticar las deformaciones del debate público, las asimetrías del poder y la pérdida de proyectos colectivos.

El trivium, compuesto por gramática, retórica y dialéctica, constituía la base de la formación ciudadana, en tanto dotaba a las personas de herramientas para comprender el lenguaje, argumentar y deliberar. La crisis política actual es también una crisis de estas tres dimensiones.

La gramática, como estructura lingüística y orden del sentido, está profundamente erosionada. El lenguaje político ha sido capturado por estrategias de simplificación, manipulación semántica y producción de enemigos.

La trampa del plebiscito por la paz marcó la gramática con un discurso que, según el autor, resignificó e invalidó estratégicamente conceptos como paz, derechos y género, produciendo miedo moral. Se distorsionó el lenguaje para conducir emociones y llevar a votar a amplios sectores sociales sin comprensión del contenido del acuerdo. La degradación continuó con la circulación digital de falsedades y engaños. Desde entonces, las redes sociales amplifican la desinformación en un ecosistema donde la verdad es secundaria frente a la viralidad. El lenguaje dejó de describir la realidad para convertirse en un dispositivo de confrontación simbólica.

La retórica, segunda dimensión del trivium, también ha sufrido una mutación profunda. En la tradición clásica buscaba persuadir a través de argumentos verosímiles y apelaciones éticas; hoy, según esta lectura, se encuentra dominada por la emoción extrema en la política. Las campañas electorales de élites hegemónicas y partidos tradicionales son descritas como vacías, centradas en consignas y palabras huecas. Se venden el miedo, la indignación y el resentimiento como motores de movilización. Con discursos de seguridad y fuerza, se reciclan narrativas de guerra incluso en escenarios de posacuerdo, reactivando imaginarios contrainsurgentes para estigmatizar la movilización social.

La dialéctica, tercer componente del trivium, implicaba debatir para aproximarse a la verdad. Su crisis actual se manifiesta en la dificultad para deliberar con argumentos de fondo. Muchas campañas privilegian frases, memes, injurias y acusaciones que profundizan la polarización e impiden el pensamiento crítico. El contradictor se convierte en enemigo moral. La democracia subsiste formalmente, pero la dialéctica que la nutre aparece gravemente lesionada.

El trivium permite leer la crisis del lenguaje y la deliberación. El quadrivium —aritmética, geometría, música y astronomía— ofrece claves para interpretar la degradación estructural del poder. La aritmética política revela ecuaciones sociales profundamente desiguales y una alta concentración de la riqueza. La geometría puede leerse como la distribución excluyente del territorio y las oportunidades. La música, como metáfora de la convivencia social, aparece fracturada por el tono del odio. La astronomía, entendida como horizonte común, parece desdibujada.

Leídos en conjunto, el trivium y el quadrivium revelan, según esta reflexión, una crisis no solo política sino civilizatoria. Han llevado el lenguaje público al límite de la manipulación, debilitado la deliberación y reforzado estructuras injustas.

Recuperar el espíritu de estas artes —despojadas de cualquier herencia colonial— implicaría reeducar en la política, sanar el lenguaje, reconstruir la argumentación, redistribuir la riqueza, reordenar el territorio, recomponer la convivencia e imaginar futuros colectivos. Solo así la paz y el bienestar dejarían de ser consigna para convertirse en proporción justa entre palabra, poder y vida social.

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