No soy precisamente un simpatizante de la administración actual. De hecho, más de una vez he sido crítico, y con razones, de varias decisiones y estilos de nuestro alcalde. Por eso mismo, cuando veo que un tema se está trabajando con método, con conversación real y con la puerta abierta, me parece justo decirlo sin fanatismos: en Chía se está intentando hacer algo distinto. Y en políticas públicas, donde abundan las promesas y escasean los procesos, reconocer un esfuerzo serio no es hacerle propaganda a nadie; es entender que lo que se construye bien hoy puede servirle al municipio mañana, incluso cuando cambien los gobiernos.
Durante los últimos meses he observado y recibido testimonios directos de ejercicios de participación que van más allá del rito formal. He escuchado de mesas de trabajo con distintos sectores, con metodologías aparentemente serias y con un propósito explícito: recoger opiniones, priorizar necesidades y traducirlas en definiciones de política. En contextos donde la participación suele reducirse a un requisito, este enfoque resulta relevante.
Sin embargo, también hay que ser realistas. Chía no se agota en quienes asisten a una mesa o responden un formulario virtual. La mayoría de la gente está ocupada, cansada o desconfiada; algunos no tienen tiempo, otros no creen que su voz sirva y otros simplemente no se enteran. Es probable que los espacios hechos hasta ahora no representen sino una fracción del municipio. Decir esto no le quita mérito al esfuerzo: lo vuelve más honesto y, por lo mismo, más útil.
Esa es la tensión central de cualquier política pública municipal: hacer un trabajo técnico y, al mismo tiempo, lograr legitimidad social. Porque una política pública no vive en un documento; vive —o muere— en la manera en que la comunidad la reconoce, la usa, la exige y la defiende cuando cambian las administraciones. Y sí: estamos en temporada electoral nacional y regional, y eso inevitablemente afecta la conversación. Todo se interpreta. Todo se politiza. Todo se acelera. Pero precisamente por eso este tipo de procesos importan: son una forma de decir que, por encima del ruido electoral, hay asuntos de vida cotidiana que no pueden seguir esperando.
Cuando hablamos de políticas públicas no estamos hablando de “agendas de moda”. Estamos hablando de preguntas esenciales: ¿cómo podemos tener un mejor nivel o calidad de vida en Chía?, ¿qué oportunidades reales tienen los jóvenes más allá del discurso?, ¿cómo se acompaña a las familias con personas con discapacidad?, ¿qué significa envejecer con dignidad aquí?, ¿cómo garantizamos participación sin que sea una rutina vacía? Si algo demuestra la experiencia es que estos problemas no se resuelven con una inauguración, un volante o un evento. Se resuelven con continuidad, coordinación entre dependencias, presupuesto, indicadores y, sobre todo, con comunidad.
No todo el mundo irá a una mesa de participación, pero casi todo el mundo tiene una opinión sobre lo que le duele del municipio. La pregunta es cómo capturar esa opinión sin convertirla en un simple buzón de quejas. Ahí hay un reto interesante: combinar participación presencial —que permite profundidad— con mecanismos más masivos —que permiten representatividad—. Redes sociales, medios locales, colegios, espacios culturales, organizaciones comunitarias, juntas de acción comunal, encuentros barriales, convocatorias breves y claras, formatos simples pero inteligentes. La participación no debe ser una carrera de resistencia para el ciudadano: debe ser una puerta de entrada razonable.
Algo que también llama la atención es que el ejercicio no se está quedando únicamente en lo presencial. Para ser honestos, el ciudadano promedio no anda con la lista completa de políticas públicas en la cabeza. Pero sí resulta sencillo ubicarlas en el formulario virtual que habilitó la alcaldía. Según el propio sitio, están trabajando varias políticas públicas.
Eso parece clave por dos razones. Primero, porque le pone orden y transparencia a la conversación: no depende solo de “lo que dijeron en la reunión”, sino de algo consultable. Y segundo, porque abre una puerta para quienes no tienen tiempo de asistir a un espacio presencial. Entre trabajo, cuidado de hijos o familiares, estudio y desplazamientos, mucha gente simplemente no puede ir, aunque quiera. Que exista un canal virtual para aportar, sin que eso reemplace el encuentro cara a cara sino que lo complemente, es una forma inteligente de ampliar el alcance y de no limitar la participación a quienes tienen disponibilidad.
Y aquí viene lo más importante: participar no es solo asistir, es exigir resultados verificables. Participar también es preguntar: “¿qué pasó con lo que dijimos?”, “¿cómo se priorizó?”, “¿qué sí se puede hacer y qué no, y por qué?”. La ciudadanía no tiene que aplaudirlo todo; tiene que acompañar con criterio.
También sería sano que el proceso comunique mejor, no con propaganda sino con pedagogía, qué se está haciendo y qué no se está haciendo desde la alcaldía en este momento. Una política pública municipal no va a resolver todo ni va a cambiar la vida en seis meses. Pero sí puede ordenar el trabajo del municipio, evitar improvisaciones y fijar un norte que trascienda al alcalde de turno. Eso, en sí mismo, ya es un impacto.
No escribo esto para “vender” a nadie. En tiempos electorales hay que desconfiar del entusiasmo automático. Pero también hay que reconocer cuando un proceso merece apoyo crítico. Si la administración está abriendo espacios, lo inteligente como ciudadanía es entrar, hablar, proponer y dejar trazabilidad. Porque si nos quedamos por fuera, otros hablarán por nosotros. Y lo que no se discute, se decide igual.
Mi invitación es simple: participemos, pero participemos bien. Con propuestas concretas, con relatos de lo que pasa en el barrio, con prioridades claras y con disposición a seguir el hilo. Y a quienes lideran el proceso, una petición ciudadana: amplíen canales, lleguen a más gente, sigan escuchando, vuelvan comprensible lo técnico y, sobre todo, muestren con transparencia cómo la voz ciudadana se convierte en decisiones.
Chía no necesita más discursos sobre “escuchar a la gente”. Necesita metodología para escuchar, mecanismos para responder y constancia para cumplir.
Donoso no es precisamente santo de mi devoción; he sido crítico de su administración y sigo teniendo reparos en varios frentes. Pero justamente por eso creo que conviene reconocer cuando se hace algo que puede quedarle al municipio. Si este proceso va en la dirección correcta, como parece ser, vale la pena cuidarlo y apoyarlo, sin aplauso automático y con vigilancia ciudadana. Porque al final, una política pública no es de una administración: es de Chía, y su valor real se mide cuando trasciende al gobierno de turno.
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