El cóndor de los Andes (Vultur gryphus), ave sagrada para los pueblos andinos y símbolo nacional de Colombia, atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia. Lejos de sobrevolar con la majestuosidad que habita el imaginario colectivo, hoy su presencia en el norte de Sudamérica es cada vez más escasa, frágil y silenciosa.
Las cifras lo confirman. Según el primer Censo Nacional de Cóndor Andino, en Colombia sobreviven al menos 63 individuos. A nivel continental, la población global no superaría los 6.700 ejemplares maduros. La situación es aún más alarmante en Ecuador, Colombia y Venezuela, donde podrían quedar menos de 340 cóndores, una cifra que coloca a la especie en un umbral crítico de vulnerabilidad.
El riesgo no es solo simbólico. Aunque persiste la falsa creencia de que el cóndor es un animal cazador, se trata de una especie principalmente carroñera, indispensable para los ecosistemas de montaña. Su función sanitaria —al eliminar restos orgánicos— ayuda a prevenir la propagación de enfermedades y mantiene un delicado equilibrio entre biodiversidad, ganadería y salud pública. Su desaparición, advierten los científicos, tendría efectos en cascada difíciles de revertir.
A este valor ecológico se suma un profundo significado cultural. En Colombia, el cóndor es emblema patrio; para los pueblos andinos, un mensajero sagrado; y en Venezuela, donde fue declarado extinto en 1965, su historia es hoy una advertencia contundente: recuperar una especie desaparecida es un proceso largo, costoso y, en muchos casos, incierto.
Las amenazas que enfrenta el cóndor están directamente ligadas a la acción humana. Envenenamientos intencionales, disparos, contaminación por plomo, electrocuciones y colisiones con infraestructura se cuentan entre las principales causas de mortalidad. Estos impactos se agravan por una característica biológica crítica: su reproducción es lenta. Una pareja puede criar apenas un pichón cada dos o tres años, lo que significa que cualquier aumento en la mortalidad tiene consecuencias a largo plazo para la supervivencia de la especie.
Frente a este panorama, la bióloga venezolana E. Emperatriz Gamero, fellow del Smithsonian Conservation Biology Institute, insiste en que la conservación del cóndor exige una mirada integral. Su trabajo, centrado en la genética y la genómica aplicada a la conservación, ha demostrado que incluso poblaciones extremadamente pequeñas pueden ser gestionadas con información científica rigurosa.
“Salvar una especie no es solo evitar una muerte, sino sostener una red de relaciones ecológicas y culturales”, afirma Gamero, al subrayar que la ciencia debe dialogar con las comunidades y con políticas públicas basadas en evidencia.
Desde su experiencia, la científica identifica cuatro acciones prioritarias para Colombia. La primera es reducir la mortalidad prevenible, mediante el control efectivo del uso de venenos en el campo y la disminución del conflicto entre humanos y fauna, a través de educación ambiental y acuerdos con comunidades rurales. La segunda es proteger los sitios críticos del cóndor —dormideros, nidos y corredores de vuelo— y gestionar la infraestructura para minimizar colisiones y electrocuciones.
La tercera acción apunta a fortalecer el monitoreo con herramientas científicas modernas, incorporando genética de la conservación para evaluar diversidad genética, parentesco y riesgos de endogamia. Esta información es clave para orientar rescates, liberaciones y eventuales programas de reproducción. Finalmente, Gamero subraya la necesidad de recuperar el relato cultural del cóndor como un símbolo vivo.
“El cóndor no se salva solo con vigilancia, sino con orgullo y corresponsabilidad social. En Colombia, donde es símbolo nacional, la conservación debe asumirse como un proyecto de país”, sostiene.
En un país reconocido como uno de los más biodiversos del mundo, el futuro del cóndor andino se convierte en una prueba decisiva. La pérdida de su ave más emblemática abriría una pregunta incómoda sobre el destino de muchas otras especies menos visibles, pero igualmente esenciales para los ecosistemas.
“La extinción no es inevitable. En muchos casos es el resultado de decisiones humanas, y por eso también puede revertirse con decisiones humanas”, concluye Gamero.
El llamado es claro: sin acciones locales, respaldo institucional y compromiso del sector empresarial, la conservación seguirá siendo un discurso vacío. El cóndor aún planea sobre los Andes, pero su permanencia dependerá de lo que se decida hoy.
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