Colombia vuelve a cometer el mismo error antes de empezar la carrera presidencial: confundir volumen con mayoría. Los extremos gritan, ocupan titulares, se insultan y se necesitan mutuamente para existir. Y mientras tanto, una parte sustancial del país —más grande de lo que suele reconocerse— permanece atrapada entre el hastío y la resignación.
Las últimas encuestas, incluida la pagada por la revista Cambio, muestran con claridad algo que rara vez se dice sin rodeos. La izquierda concentra alrededor de un tercio de la intención de voto. La ultraderecha se mueve en un rango cercano al 15–18 %. Son bloques relevantes, sí, pero ninguno representa una mayoría nacional.
El dato verdaderamente incómodo para la narrativa dominante está en otro lugar: cuando se suman el centro y la centro-derecha, el respaldo agregado ronda el 40 %. Es decir, el país no está dividido en dos mitades irreconciliables; está atrapado en una discusión que no refleja completamente su composición política.
El problema no es el centro, es su dispersión
Durante años se ha repetido que el centro es débil, tibio o irrelevante. Las cifras dicen otra cosa. El centro existe, pero no logra traducirse en poder porque llega fragmentado, desconfiado de sí mismo y siempre esperando el escenario ideal. Mientras tanto, los extremos avanzan aun con propuestas inviables, porque al menos compiten sin complejos.
En este contexto, la Gran Consulta no es un detalle menor ni una anécdota electoral. Es una iniciativa democrática de fondo, porque introduce reglas, ordena la competencia y obliga a que el liderazgo se construya antes de la primera vuelta, no a punta de improvisación.
Los resultados de la encuesta de Cambio son claros: no hay un candidato dominante dentro de la consulta. Las principales figuras se encuentran en empate técnico, lo que desmonta la idea de que todo está decidido o de que la consulta es un simple trámite. Aquí no hay heredero natural ni caudillo indiscutido.
El centro en esta oportunidad
El debate sobre alianzas pendientes, consultas alternativas y cálculos tácticos revela un problema más profundo: el centro sigue dudando incluso cuando las cifras le muestran que tiene con qué competir. La parálisis estratégica es hoy su principal adversario, no los extremos.
El riesgo no es que gane la izquierda o la ultraderecha. El riesgo es que lo hagan por ausencia, no por convicción mayoritaria. Que vuelvan a imponerse porque quienes no creen en ellos decidieron abstenerse, dividirse o mirar desde la tribuna.
No es épica, es responsabilidad
La democracia no se salva con consignas ni con discursos inflamados. Se salva cuando las mayorías silenciosas se convierten en mayorías políticas. La Gran Consulta ofrece un camino institucional para hacerlo. No garantiza victorias, pero sí evita la renuncia anticipada.
Colombia no está condenada a elegir entre dos extremos. Está frente a una decisión más incómoda: organizarse y competir o resignarse y repetir la historia. Los extremos seguirán haciendo ruido. La pregunta es si el centro —y quienes dicen representarlo— está dispuesto, por fin, a hacerse escuchar.
Porque esta vez, entregar el país a la polarización no sería un accidente. Sería una decisión.
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