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Opinión

Urge dejar de respetar las creencias

Por:
Enero 12, 2015
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No creo que alguien lo dude: el atroz ataque contra el semanario Charlie Hebdo en París es una muestra más del nivel de imbecilidad al que puede llevarnos el fundamentalismo religioso.

Queda claro de nuevo que el integrismo es una lacra detestable y que se impone hacer frente a los fundamentalistas con todas las herramientas posibles.

Pero erramos de una forma trágica si consideramos a la sociedad occidental como una simple víctima inocente de cavernícolas con bombas.
Somos al menos cómplices. Y no me refiero a la responsabilidad derivada de las actitudes colonialesde las potencias occidentales en los países musulmanes (insoslayable y vergonzosa),sino a un tipo de complicidad directa que recae sobre la inmensa mayoría de los ciudadanos de a pie de nuestra parte del mundo. Una que nos hace responsables del florecimiento de los integrismos en el Occidente secularizado. Una complicidad que se hace patente en dos comportamientos ominosos para el futuro nuestras sociedades: uno, el de poner por encima de la defensa de los valores democráticos la dañina presunción de que todas las creencias se deben respetar de un modo automático y dos, el permanente rechazo a reconocer,de una vez por todas, que la raíz del fundamentalismo es la creencia religiosa.

Debemos respetar las creencias de los otros.
Se nos repite ese mantra como una verdad incuestionable cuando no es más que la puerta a un pantano ético del cuál es imposible salir.
La perversidad de la afirmación se desnuda de inmediato cuando la aplicamos a una situación diferente a la religiosa.
Dos ejemplos.
Los integrantes del grupo Supremacía Blanca sostienen la creencia de que la raza blanca es superior a las demás.
El Movimiento Amor hacia los Niños, con seguidores a lo largo de Europa y Norteamérica, defiende la creencia de que las relaciones sexuales de tipo pedófilo no son perjudiciales para los infantes y deberían ser abiertamente consentidas.
¿Debemos respetar estas creencias? Por supuesto que no. Sería estúpido y cómplice no plantar cara a quienes defiendan postulados como estos, que horadan las bases de la sociedad democrática que hemos heredado y que tanta sangre costó.
Y, entonces, ¿tienen las creencias religiosas un carácter diferente al de cualquier otra y por el cual estemos obligados a respetarlas de un modo automático y sin cuestionarlas?
De nuevo la respuesta es un rotundo no.
La situación se hace turbia para algunos porque cometen la ligereza de confundir el respeto a la persona con el respeto a sus postulados.
¿A los seres humanos?: respeto automático por el simple hecho de serlo.
¿A las creencias de esas personas?: respeto solo en la medida en que demuestren el fundamento racional de las mismas y, sobre todo, su apego a los derechos humanos.

Pero la crítica a la religión ha sido asumida como un tabú por la aséptica sociedad occidental.
Sin importar el carácter violento de la creencia del otro y cerrando los ojos a cualquier irracionalidad que proponga, se ha impuesto una forma de corrección política perversa que proscribe por completo la oposición argumental a las creencias religiosas: no importa lo que crean los demás, jamás se debe cuestionar esa creencia.

Pero más doloroso es que muchos, aún entre los críticos de las religiones, saltan a la segunda forma de complicidad y repiten, de nuevo como un mantra, que el problema no es la religión, sino los creyentes violentos.
Y en principio tendrían razón si no fuera porque su postulado contradice toda la evidencia histórica y la incontestable realidad de que sin religión no habría fundamentalismo religioso.

En el núcleo conceptual de toda religión subyace la división de los seres humanos entre creyentes e infieles. Cada uno de los libros sagrados de los monoteísmos valida la violencia y propende por el exterminio de los no creyentes. Ya lo dice de una forma lúcida el comediante Bill Maher: “La única diferencia entre los fundamentalistas y nosotros, es que ellos se toman enserio su libro sagrado”.

Y es imperativo recordar a los creyentes que ven la violencia como un cáncer exclusivo del islamismoy se protegen detrás de la aparente bondad del mensaje cristiano, que la Iglesia católica no renunció a sus prácticas aberrantes a raíz de una epifanía de sus jerarcas que, de un día para otro, entendieron el mensaje de Jesús: tuvo que hacerlo porque la Ilustración y el parto doloroso de la democracia occidental, la obligaron a sujetarse a los preceptos de laicidad y separación de poderes.
Este no es un momento para llamarnos a engaños: el núcleo del mensaje católico no es menos violento, discriminatorio y aberrante que el de el islamismo o el judaísmo.

Por eso urge, de una forma desesperada y como salvavidas para la democracia ilustrada, dejar de respetar las creencias de un modo automático, pronunciarse con vehemencia ante los mensajes discriminatorios de cualquier religión, levantar la voz ante las permanentes injerencias de las Iglesias en el Estado, asumir, en fin, el papel que le corresponde al ciudadano de a pie, el de la defensa enérgica de los valores de la sociedad laica.

Urge evidenciar ante las mentes activas pero adormecidas por la edulcorada corrección política, el carácter segregacionista y violento de las creencias religiosas.
¿Para que se proscriba la religión? ¡No! ¡Por supuesto que no!
Para mantenerla restringida a la esfera privada, para vetar su presencia en los espacios políticos, para regresarla al lugar donde hubo que ponerla en los dolorosos siglos XVIII y XIX con el fin de que, a regañadientes como aún lo hace, cediera el paso a uno de nuestros más valiosos logros: la sociedad ilustrada, laica y racional que estamos a punto de perder por nuestra propia estupidez.

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