“Tenemos que organizarnos para resistir, para defender la vida y la paz”

Este clamor, junto al de “por nuestros muertos, toda una vida de lucha”, se escuchó en Villavicencio el pasado viernes 06 de julio

Por: David Sáenz Guerrero
julio 10, 2018
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“Tenemos que organizarnos para resistir, para defender la vida y la paz”
Foto: David Sáenz Guerrero

En el departamento del Meta se puede sintetizar la tragedia que ha vivido el país. En este territorio se han perpetrado las más duras muestras de un odio ciego a la humanidad. Para no ir tan lejos, podríamos traer a colación lo expuesto por la Corte Interamericana de Derechos Humanos (2016): “entre el 15 y 20 de julio de 1997 aproximadamente un centenar de miembros de las Autodefensas Unidas de Colombia, con la colaboración y aquiescencia de agentes del Estado, privaron de la libertad, torturaron y asesinaron a por lo menos 49 civiles, tras lo cual destruyeron sus cuerpos y arrojaron los restos al río Guaviare, en el Municipio de Mapiripán, Departamento del Meta”.

Así mismo, en esta región también se cometió el exterminio de la Unión Patriótica. Hecho que todavía se encuentra impune y que, por consiguiente, le ha hecho creer al sistema de la muerte en Colombia, que acá es posible matar, torturar, desaparecer, y que ninguna responsabilidad jurídica ni moral les será exigida.

Pareciera que la historia no cesa, y que vivimos en el eterno presente de la pesadilla, o sea, de ese demonio que no nos permite vivir, ni dormir.  Específicamente me refiero a la desgracia que el país está viviendo en este sórdido presente: los asesinatos de más de 200 líderes sociales del país.

Ahora bien, podría seguir dibujando el paisaje de la muerte, no obstante, también es necesario pensar en un hálito de esperanza que puede impregnar el espíritu del departamento, y en cierta medida, del país.

El pasado viernes, 6 de julio, a las 6 de la tarde, (como en muchos lugares del país), se reunió un número significativo de personas en el parque Santander, en la ciudad de Villavicencio, capital del Meta, para implorar que se respete la vida de quienes trabajan por la paz y la justicia. Además, quienes se reunieron en este lugar, con velas que dibujaban en el piso, “ni uno más”, también iban en busca de un desahogo colectivo, es decir, de ser escuchados y de expresar públicamente su dolor y su miedo ante la crueldad que se nos presenta de nuevo.

Se escuchaba el canto que exclamaba, “por nuestros muertos, toda una vida de lucha”.

Entre las voces valientes y tal vez con cierto miedo de ser los próximos habitantes del cementerio se escuchaba decir: “la historia se repite, se siente la misma atmosfera que cuando aniquilaron a la UP”. “Tenemos que organizarnos para resistir, para defender la vida, para defender la paz”. “No más represión, no más dolor, no más lágrimas”. “Por qué no creyeron en nuestras denuncias, esta barbarie ya la habíamos avisado”. “No podemos silenciar la voz del pueblo”. “La vida es sagrada”.

También hubo espacio para la poesía. Se leyó un poema titulado, “El niño campesino”, del poeta Rafael Beltrán Logroño que decía:

Le vieron desde el camino,

en aquel campo le vieron,

con un trozo de metralla

Clavado dentro del pecho.

Apenas su sangre era

roja fuente que en el silencio

iba regando la tierra

de los campos de barbecho.

Eran sus manos morenas

como dos pájaros muertos,

sin vida para ser vistos,

sin alas para los vientos.

¡Ay, mi niño campesino!

¿Quién puso tanto veneno

en la mano del canalla

que ha desgarrado tu cuerpo?

¿Qué culpa tenías tú,

en ti, qué enemigo vieron,

si ibas con tu taleguilla

cantando por el sendero

a levantar las alondras

de entre los surcos abiertos?

Este poema representa un grito de protesta frente a toda la sangre derramada en esta tierra, que debería ser considerada sagrada y que, por tanto, tendría que ser tratada con veneración y no como el recipiente del odio. El poema también abre el interrogante que en Colombia y en el Meta clama por respuesta y por verdad: ¿Quién puso tanto veneno en la mano del canalla que ha desgarrado tu cuerpo?

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