Opinión

¡Que no quiero ser padre!

Por:
Marzo 03, 2014
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Jamás quise ser padre. Y con el paso de los años esa claridad no ha hecho otra cosa que afianzarse y, de paso, afianzarme a mí, a los ojos de muchos de mis conocidos, en la suerte de grupo excéntrico que desecha lo que parecería ser una vocación irrenunciable.

Pero yo no he renunciado a vocación alguna. Por el contrario. No he hecho más que seguir la mía: la de no tener hijos.

Comentas tu decisión en cualquier escenario y de inmediato saltan, como liebres sorprendidas, las predecibles opiniones de los terceros.

Una de las primeras y de las más socorridas: “Llegará un momento de la vida en el que sentirás la necesidad”. La respuesta entonces es sencilla: cuando llegue, si es que llega, veremos. Pero por ahora, que no ha dado la menor muestra de estar rondándome en una esquina del futuro, tengo que responder de la forma más simple: no siento el menor impulso.

Otra opinión más: “Es la forma de trascender, de dejar un legado”. Pero tener un hijo para hacerlo portador de tu invaluable aporte a la humanidad me parece tan chistoso como ególatra. Trascender es un verbo insulso que encierra, como pocos, el la patética incapacidad de los seres humanos a reconocer su caducidad. No me interesa en lo más mínimo conjugarlo.

Otro argumento, este sí vergonzoso como pocos, aparece con más frecuencia de lo que se podría imaginar: “Es importante para la pareja tener un hijo, porque eso revitaliza la relación”. ¡Por favor! Si una pareja necesita un tercero en pañales para revitalizarse está fatalmente destrozada y, en cualquier caso, les resultaría más barato y menos arriesgado contratar un terapeuta. No tengo el más mínimo interés de desplazar a un hijo la responsabilidad de resolver mis problemas de pareja.

Ganas, deseo, interés, pulsión. Esos son los únicos argumentos que considero válidos para tomar la seria decisión de ser padre. Y su ausencia, sobra decirlo, suficiente razón para no tomarla.

Quienes hemos desechado la idea de tener hijos no somos más felices por ello. Ni más infelices. Nada estamos traicionando. No somos una subpoblación enfermiza.

Deberán concederme, eso sí, la existencia de una pequeña diferencia. El ciento por ciento de quienes hemos tomado la decisión de no ejercer la paternidad, hemos meditado sobre ello, sobre todo lo que implica, sobre su naturaleza y sobre la responsabilidad que trae consigo. No sé cuántos de los que deciden ser padres se toman el mismo tiempo para meditarlo, pero intuyo que es un porcentaje bastante menor.

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