Para morir de la risa: la historia del humor y el humor en la historia

Si el humor es algo natural del ser humano, ¿por qué se ve con sospecha y es históricamente castigado? Simple: la risa es un contrapoder, y por ello, un peligro

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diciembre 28, 2021
Para morir de la risa: la historia del humor y el humor en la historia
Foto: Pixabay

La potencia intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar.
Nietzsche.

‘Nada más serio que el humor’, se dice popularmente. ‘Nada más serio e importante’, habría que decir, si se trata de encontrar alguna característica que defina y diferencie al ser humano de otras especies (aunque para algunos esto es debatible).

El humor: nada más serio, más importante y más peligroso. ¿Exageración? No. La historia de la humanidad es también la historia de ese deseo de controlar el poder corrosivo (singular, edificador y destructivo ) de la risa…

Cuando hablamos de humor hacemos referencia a la facultad humana que se vale de infinitos recursos (orales, gestuales, gráficos, sonoros, etc.) para evidenciar el carácter contradictorio y muchas veces absurdo de la realidad y de nuestra condición humana, y del sinsentido de todo lo que nos rodea.

Por eso mismo, en términos prácticos, lo humorístico puede equipararse a lo cómico, teniendo como algunas de sus formas de expresión el sarcasmo, la ironía, el chiste (con sus diversos tipos temáticos y de atrevimiento), el humor negro, la parodia, el humor político, la exageración, el ridículo, los juegos de palabras, la irreverencia, etcétera.

En todo caso, sea el medio de expresión utilizado, el humor (con toda su carga de creatividad y atrevimiento) tiene una consecuencia principal e inevitable que es evidente en todas las culturas humanas del planeta (de ahí que se constituya en rasgo inherentemente humano): la risa.

Es justamente esta explosión de energía —que tiene, a su vez, diferentes matices y connotaciones sociales— la que concede y oficializa que algo es gracioso, cómico y risible. Es decir, algo celebrado con una sonrisa o una carcajada.

Como toda creación intelectual, hablar de ‘humor’ es referirnos a un concepto que ha variado a lo largo del trayecto histórico, lo que le confiere una interesante capacidad de revelarnos el pensamiento de entonces.

Sin embargo, cabe la pregunta ¿por qué, si hablamos de celebración, y el humor es algo connatural al ser humano, históricamente ha sido visto con sospecha y en algunos casos (según tiempos, culturas y situaciones) se ha ejercido el poder para obstaculizarlo, prohibirlo o castigarlo? La respuesta está, seguramente, en que la risa es un contrapoder. Y por ello mismo, un peligro.

En un principio, históricamente el término humor significaba ‘humedad’ y describía las cuatro sustancias (y sus correspondientes cualidades) cuyo equilibrio, se creía, constituían la salud o armonía del cuerpo humano: sangre (valentía), pituita o flema (calma), bilis amarilla (cólera) y bilis negra (melancolía).

El 'padre de la medicina', el griego Hipócrates (460-370 a. C.) defendió esta idea, que a su vez fue retomada por el médico del Imperio romano Galeno (129 - 201), quien atribuía el equilibrio de la personalidad (lo que entendemos por temperamento) como resultado de la combinación de estos cuatro elementos, lo que generaba además cuatro formas del ser: sanguíneo, flemático, colérico o melancólico. Con aportaciones de pensadores árabes esta idea fue dominante en las ciencias médicas por casi dos milenios hasta bien entrada la Edad Media.

Mucho antes, para los egipcios, la risa era algo consustancial a la creación del mundo. Lo expresa de la mejor manera el hecho de que relacionaran directamente los misterios de la creación con una expresión de alegría:

En la Antigüedad existía la idea de la fuerza creadora de la risa. Corresponde a los antiguos egipcios el mérito de haber dicho todo lo que cabía decir a propósito de la risa creadora.

Lo que imaginaban acerca de la creación del mundo aparece en un papiro alquímico conservado en Leyden y que data del siglo III de nuestra era. Se trata de un relato en el que se atribuye a la risa divina la creación y el nacimiento del mundo.

Aunque no imposible, es difícil imaginar un mito de la creación del mundo que tome como punto de origen el llanto, en lugar de su contraparte, como lo pensaban los milenarios pueblos del antiguo Egipto.

Los griegos entendían que el humor era algo de cierta manera menor en comparación con su visión trágica de la vida. De alguna manera la comedia era el recurso idóneo para hablar de las personas que no eran precisamente el ejemplo a seguir.

Por el contrario, la tragedia era el destino difícil pero probable de quienes enfrentaban las adversidades con el temple propio de los héroes. En todo caso, para la sociedad de la Grecia clásica lo trágico y lo cómico podían convivir en momentos en los que el ser humano no tenía forma de responder con sentido, resignándose al deseo y disposiciones finales de los dioses.

Ya entrados en la Edad Media, el concepto de humor cambia y decididamente empieza a ser visto con otros ojos por quienes detentaban el poder sobre la vida de las personas: la Iglesia.

Y a este poder omnipresente le corresponde asegurarse una serie de valores en los que destacaba la obediencia y uno más sutil que no hacía falta explicitar, y desde entonces es enemigo del humor por excelencia: la solemnidad.

El tono serio se impuso como la única forma capaz de expresar la verdad, el bien y, en general, todo lo considerado importante y estimable. Esto dio lugar a que el miedo, la veneración y la docilidad se constituyeran a su vez en variantes o matices de ese tono serio. Sin embargo, la risa es tan universal como la seriedad. Ambas abarcan la historia, la sociedad y la concepción del mundo.

En un contexto reglado y con un ambiente en que las restricciones de todo tipo estaban a la orden del día, la risa se oponía a la rigidez de la Iglesia, y así, la cultura popular (siempre “en resistencia” ante el mandato clerical) empezaba a ser consciente de lo necesario que resultaba celebrar la imperfección de la vida, de nuestros deseos y añoranzas, de la aventura (efímera y no tan virtuosa como se predicaba) que entonces y aún hoy significa vivir.

Muchos años después el teórico y filósofo del lenguaje Mijaíl Bajtín (1895 – 1975) en su estudio Rabelais y su mundo dedicaba justamente a estudiar la obra del gran escritor francés (autor de Gargantúa y Pantagruel) para descifrar lo que a su parecer subyace en el fondo de la obra literaria medieval: una celebración del carnaval, un concepto central en el estudio del ruso que pone de manifiesto cómo Rabelais estaba recreando un cambio de mentalidad en la sociedad de entonces y la apertura a nuevas formas de expresión asociadas a lo grotesco, contrarias a la razón, incluso a la inmoralidad como fuente de diversión, placer y afirmación.

Con respecto a este carnaval endemoniado y tan necesario en las vidas de mujeres y hombres, vale la pena consignar una reflexión. Todo carnaval es un un ritual de desacralización de transgresión en la que se invierte la lógica del status quo. Los reyes son vistos como bufones y el bufón toma el lugar del rey. Precisamente sobre el carnaval el escritor colombiano Heriberto Fiorillo señala:

“(…) En la esencia del carnaval está su aversión al orden establecido. Ese tiempo de moratoria que consigue el desfogue social. Es la posibilidad que tiene el débil de expresar su descontento y sentirse, así sea de manera efímera, libre del yugo de todo poder”.

No es gratis, además, que el semiólogo italiano Umberto Eco sitúe su gran novela El nombre de la rosa en un siglo XIV y le dé a la risa un papel primordial en su argumento, pues ya entonces se entendía claramente que la risa era (como lo sigue siendo) un mecanismo subversivo, contrario a la autoridad.

A esto hay que sumar una idea interesante que expuso tiempo después el filósofo Thomas Hobbes (1588 – 1679), al hablar del fenómeno de la risa como una expresión de súbita superioridad, lo que confiere aún mayor peso a su connotación de antiorden establecido:

Si la risa es una forma de gozarse, de creerse superior a otros, se trata de un acto de poder. En la risa se experimenta el gozoso disfrute de nuestra superioridad: una presunción de preeminencia.

En Los elementos de la ley natural y política, Hobbes ofrece su primer tratamiento sobre la risa. Al reírse, el individuo se glorifica. Así lo sostiene también en el Leviatán: la risa es una gloria súbita que inflama al hombre con una sensación de superioridad. Mientras los médicos del siglo XVI y XVII resaltaban las cualidades terapéuticas de la carcajada, los humanistas tendían a resaltar su capacidad destructiva. (Herzog, 2010).

Hobbes decía que nos reímos en circunstancias en las que por disparatadas nos podemos sentir superior al otro. Asistir a la equivocación del otro, a un error, una caída, un despiste, un traspié nos pone en situación momentánea de superioridad, lo que nos lleva a disfrutar de ese efímero sentimiento de ser infalibles.

Haciendo una síntesis de aspectos y asuntos que requieren mayor detalle, se puede decir que el proceso de "civilización" que permitió el Renacimiento trajo aparejado una consciencia del individuo que nunca se había visto.

Esta individuación logró que la emotividad de las personas empezara a reconocerse, matizarse y diferenciarse, lejos del control que la iglesia ejerció por tantos siglos. La risa aparece en este nuevo escenario como la expresión de una nueva realidad, en la que la subjetividad empieza a abrirse paso y el humor es un sello de autenticidad casi inexistente hasta entonces (y asimismo empieza a ser ‘vigilado y castigado’).

El Renacimiento, con su confianza excesiva en el ser humano, es el escenario para que otros valores emerjan y se afiancen. La crítica a la autoridad es uno de ellos.

De todas formas, hasta entonces muy pocos eran los filósofos o pensadores que creyeron importante dedicarse a analizar los mecanismos del humor, de la risa y su rol en las florecientes sociedades del Renacimiento y el tránsito de estos mundos unos más modernos, contrastados y contradictorios.

Se tuvo que esperar hasta las primeras luces del siglo XX para concederle el lugar de estudio que, desde la fisiología, la filosofía, el sicoanálisis, la naciente sociología, la antropología y la estética, entre otras, se le concedió al humor, a lo cómico, a la risa y su poder provocador (y a veces destructivo).

Desde un punto de vista científico y riguroso, uno de los primeros nombres que aparecen asociados a estudios sobre el humor es el del filósofo y escritor francés Henri Bergson (1859 - 1941) quien publica en 1899 su libro La risa. Ensayo sobre el significado de la comicidad. En él, entre otros postulados, Bergson sugiere que la risa es un mecanismo de defensa que tiene el individuo cuando quiere hacer frente a una sociedad cuyas demandas le generan tensión.

También Sigmund Freud (1856 – 1939) dedicaría estudios sobre la risa y el humor en concordancia con sus teorías de la represión, la sexualidad y la liberación de tensiones.

Si ya para entonces se contaba con bastante perspectiva histórica para nombrar diferentes estadios de la evolución humana asociados a cualidades destacables —homo sapiens (el que piensa), homo faber (el que hace)— sería el filósofo e historiador neerlandés Johan Huizinga (1872 - 1945) quien agregaría uno que reforzaría una idea que indirectamente extiende los poderes del humor en la vida social moderna: el homo ludens (el hombre que juega).

Huizinga hace uso de este término para señalar su importancia social y cultural. El juego es entonces un factor absolutamente decisivo en el desarrollo de los humanos, clave para entender no solo el desarrollo cognitivo sino el funcionamiento y dinámica de la cultura. Recientemente, la filósofa mexicana Paulina Rivero Weber adicionaría un estadio más, defendiendo en su ensayo ‘Una apología de la risa’, la figura de un hombre (y mujer) que ríe: el tiempo de un homo ridens.

Ya en pleno siglo XX, con dos guerras mundiales a cuestas y con procesos de modernización y globalización desfasados, revoluciones industriales 4.0, cambios de paradigmas, crisis planetarias ecológicas y una gran crisis del sistema económico imperante como el capitalismo (con una correspondiente crisis sanitaria, social y económica mundial derivadas de la última pandemia) el humor se hace más que necesario.

¿Qué es la risa en un contexto de tensión sociopolítica como la actual? ¿Puede ser un arma, un catalizador de cambios en situaciones adversas? Parece que el humor tiene un papel fundamental en la psique colectiva y permite lograr catarsis y nuevas maneras de entender lo social:

(…) Cuanto más se profundice en el quebrantamiento de la norma, el humor será más ácido, más corrosivo y, por tanto, más socialmente inaceptable, pero también más hilarante, aunque únicamente para aquellos que, por razones diversas, estén disconformes con el orden social en mayor o menor grado. (…) La ruptura individuo-sociedad no es algo elaborado y consciente. Tiene mucho de mecanismo surgido del inconsciente. Freud equiparó –muy acertadamente– el mecanismo liberalizador de la risa con el de los sueños, en el cual la represión desaparece, aniquilándose en una representación más o menos críptica. La risa y el sueño serían entonces la recuperación de la libertad prístina en un proceso orgiástico de desalienación.

Esa capacidad de transformación (y destrucción) sugiere que la risa puede incluso producir un desequilibrio en el ámbito de lo político (lo serio) y erigirse como fuerza opositora.

Así el poder puede no encontrar agradable un cuestionador creativo que desnuda sus vicios y excesos una vez el chiste, la ironía, la imitación, la parodia, el sarcasmo exceden su carácter inofensivo, ante lo cual, si hay alguna obstaculización y represión, impulsa más su creatividad y deseo de subversión.

Así lo entendía Baudelaire: «El sabio tiembla por haber reído, el sabio teme la risa, como teme los espectáculos mundanos, la concupiscencia».

En últimas, y luego de este recorrido general por los cambios y connotaciones del concepto de humor a lo largo del tiempo, pueden decirse que existen tres grandes corrientes que buscan explicar los mecanismos del humor en la psique humana:

La teoría de la incongruencia —romper tabúes sobre temas sensibles (sexo, religión, temas de raza, política, etc.)—;

la teoría de la superioridad —la ‘súbita gloria’ expresada por Hobbes al reconocer “la caída o fatalidad” del otro—;

la teoría de la descarga o liberación de la tensión —Freud y la descarga psíquica que se da cuando hacemos ciertos chistes, cuando el humor es una válvula de escape a prohibiciones, inhibiciones o es contrario a la corrección política—.

Sea cual sea el mecanismo en funcionamiento, lo cierto es que lo contrario del humor no es la seriedad sino lo aburrido. De ahí que ser aburrido sea un lujo que no podemos darnos. O como diría Oscar Wilde, quien hizo del humor un arte total: «Es absurdo dividir a la gente en buena o mala. La gente, o es encantadora, o es aburrida».


Referencias

Baudelaire, C. (1988). Lo cómico y la caricatura. Madrid: Editorial Visor.

Fiorillo, H. (2012). El libro del Carnaval Internacional de las Artes. Barranquilla: Fundación La Cueva.

Herzog Márquez, Jesús Silva. (2010) Hobbes y la risa. Revista el Malpensante.

RTVE. (26 de septiembre de 2010). Recuperado el 5 de agosto de 2013, de Archivo antología: http://www.rtve.es/alacarta/videos/television/archivos-antologia-humor-sentido/889897/

Sánchez, A. (2007). Freud y Bergson. El chiste y la risa y su relación con lo social. ARBOR ciencia, pensamiento y cultura, 103-121.

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