Opinión

Un padre curioso y un comerciante loco

Afortunado como pocos, logré escapar a la triste predestinación de un mundo sin libros

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agosto 10, 2015
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Lo de don Arturo Henao era el típico delirio pueblerino. Igual al de los adolescentes que fundaron el club de poesía, al del comerciante que decidió patrocinar el cine municipal o al del temerario profesor que organizó el grupo de teatro.

El pueblo se llamaba Yarumal, y aún se llama así porque en nuestros pueblos, por donde el tiempo pasa devastador e insolente, lo único que no cambia es el nombre y el recorrido de las procesiones de Semana Santa. Y aunque en el Yarumal de mi infancia había, cómo no, club de poesía, cine municipal y grupo de teatro, todos ellos paridos por la terquedad de algunos locos bellos, lo de don Arturo Henao era un desvarío de proporciones épicas: a nadie en el mínimo uso de sus facultades mentales se le hubiera ocurrido abrir una librería en un pueblo donde lo único impreso que se vendía, además del periódico, eran las novenas al Padre Marianito y los discursos de Laureano Gómez.

Los emprendimientos culturales en los pueblos suelen ser eso, metáforas perfectas de los antiguos fósforos colombianos El Rey: difíciles de encender, difíciles de mantener encendidos, de corto aliento y destinados a extinguirse, pero aún así capaces, mientras duran, de llevar luz al más oscuro de los rincones.

Lo de mi padre era otra cosa, una curiosidad innata surgida por la más sorprendente generación espontánea: hijo de carpintero y nieto de campesinos, no tuvo libros en casa ni gozó de las historias de tíos viajeros. Sin embargo él, con apenas una formación primaria, descubrió desde pequeño que los libros contenían el mundo que jamás conocería y decidió, una vez fue padre, que su hijo lo acompañaría en ese viaje.

Todas las semanas me llevaba a recoger el último fascículo de la Enciclopedia del Estudiante o el nuevo tomo de la Colección de Clásicos de Salvat o el nuevo libro del amado Sandokán o el infumable Juan Salvador Gaviota. Todas las semanas, de la mano de mi viejo, se abría para mí una ventana fascinante a los volcanes de Asia, a los mares de la India, a las fábulas de Esopo o a las caricaturas de TinTín, justo en la esquina del parque donde don Arturo Henao alimentó por décadas su insólito sueño de librero y donde ahora se levanta cuadriculado e insípido un almacén que vende electrodomésticos por cuotas.

Mi padre no me enseñó a leer libros. Me enseñó a amarlos. Y una vez los amé, hice con la lectura lo que se hace con el resto de los santos vicios una vez se aprenden: reincidir en ellos y ahondar en su disfrute.

Sí. Viví junto a los libros experiencias en las que nada tuvieron que ver mi padre o don Arturo Henao: me enamoré sinceramente de Nicolás Guillén, visité  (a veces con pretensión y a veces con humildad) los ensayos filosóficos, patiné en la lectura de Cien años de soledad por años y sin avergonzarme, envié al más delicioso de los olvidos el concepto de dios y viajé fascinado por cientos de historias, algunas inolvidables y otras impresentables, pero ya sin poder abandonar ni por un momento el onanista placer de la lectura.

Si existía en la Colombia de mi infancia un entorno hostil para un lector, era ese pueblo frío y conservador que miraba con desconfianza cualquier intento de liberación del espíritu humano. Sin embargo yo, afortunado como pocos, logré escapar a la triste predestinación de un mundo sin libros gracias a la curiosidad amorosa de un padre bueno y a la bendita locura de un comerciante insensato.

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