Opinión

¡No, doctor Carlos Juan Antonio!

Por:
febrero 23, 2015
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¡No doctor Carlos Juan Antonio! ¡No me desilusione así!

Cuando encontré su publicación titulada Se te fue la mano, Carlos Palacio (Pala), —réplica a mi columna Se te fue la mano Deepak Chopra de hace un par de semanas— alcancé a entusiasmarme genuinamente.

Pocas cosas resultan tan urgentes para nuestra sociedad como un debate abierto y argumentado alrededor del tema de la ciencia y su publicación prometía ese debate que tanto me entusiasma.
Pero tras invertir diez minutos en leerla y releerla varias veces, no pude haberme sentido más decepcionado. No solo su argumento central es insostenible sino que su desarrollo conduce al menos deseable de los escenarios: el de otorgarme la razón sin debatir.

El único argumento que se presenta en los cuatro párrafos de su columna es el siguiente: ya que en el pasado hubo científicos que en un principio fueron incomprendidos y vilipendiados por su entorno académico pero que a posteriori fueron validados y enaltecidos, debemos moderar nuestra crítica ante personajes como Chopra o ante prácticas como la homeopatía, ¡no vaya a ser que en un futuro sean validados y terminemos haciendo el ridículo!

Hablemos de incomprendidos, entonces, doctor Carlos Juan Antonio.

A principios del siglo XIX, los Doctores Franz Joseph Gall y George Combe defendieron los extrañísimos postulados de la Frenología, según los cuales se podía predecir las tendencias criminales de una persona a partir de las facciones de su rostro y las características de su cráneo.
Si bien esta disciplina contó con algunos fervientes seguidores, fue denostada por gran parte de la comunidad científica y recibida con múltiples burlas. (¡Casualmente, para la Europa racista de ese siglo, la frenología descubría que los negros e inmigrantes tenían cráneos extraños y por eso eran propensos a ser delincuentes!)
¿Y sabe usted qué sucedió con el paso de los años?
La comunidad científica se burló aún más cuando la totalidad de los estudios posteriores demostraron efectivamente que la frenología era pura charlatanería y que la mofa estaba más que justificada.

Algo similar le sucedió al lingüista y arqueólogo Gustaf Kossinna quien postuló hacia los inicios del siglo XX la teoría de que la humanidad había tenido su origen no en África sino en Alemania (para felicidad, entre otros, de Adolfo Hitler).
Los núcleos más respetables de la arqueología mundial se burlaron, en ese entonces, de la teoría de Kossinna. ¿Y qué pasó con el paso de los años? Nada diferente a que se demostró hasta la saciedad lo descabellado de su teoría y se consolidó su ridiculización.

Lamento contarle doctor Carlos Juan Antonio que, a diferencia de lo que sucede en las películas de Hollywood, en la vida real no todos los que han sido vilipendiados son visionarios merecedores de reivindicación: abundan en la historia ejemplos de teorías lanzadas por científicos que fueron rechazadas en su momento y que, a posteriori, no fueron más que efectivamente demostradas como erróneas.

Tiene usted razón en algo: muchísimos de quienes hoy consideramos héroes del conocimiento fueron despreciados por los pares de su época y debieron sobreponerse al rechazo general a sus ideas.
Pero ahí es donde su argumentación cojea de forma más dramática: todos los que usted menciona, absolutamente todos, lograron su reivindicación ¡porque siguieron el camino de la ciencia tradicional! 

Como usted bien señala, Leeuwenhoek demostró la existencia de las bacterias. Yes a eso, milimétricamente, a lo que me refiero. A la necesidad de demostrar los postulados más allá de una duda razonable, como bien lo hizo el buen padre de la microbiología.

Agustino Bassi, pudo (lo transcribo literalmente de su columna) “demostrar experimentalmente que la enfermedad del gusano de seda estaba causada por bacterias”. Y, una vez más, es a eso a lo que llamo. A que Chopra, a que los bioenergéticos, a que los homeópatas, a que los magnetoterapistas, hagan lo que hicieron en su momento Bassi o Leeuwenhoek: demostrar mediante las herramientas perfectamente definidas por la ciencia (¿recuerda lo que es un estudio doble ciego aleatorio?) que sus postulados trascienden la charlatanería y merecen el respeto que dicen merecer.

Me sugiere usted estudiar neuropsicoinmunología. ¡Como si no fuera la neuropsicoinmunología un perfecto ejemplo de la ruta científica que sugiero!
Por supuesto que reconozco la relación de doble vía entre las emociones y el cuerpo físico. Pero la reconozco no porque me la haya presentado un conferencista exitoso sino, precisamente, porque los neuropsicoinmunólogos han demostrado consistentemente, mediante estudios de doble ciego aleatorio, que existe esa relación y que resulta no solo replicable sino predecible.

Me invita usted a validar las seudociencias citando ejemplos de quienes, precisamente, han honrado la ruta que las descalifica. Tal vez eso facilite mi trabajo de réplica, pero en lo que corresponde al debate, no puede ser más decepcionante.

En lo personal, doctor Carlos Juan Antonio, ofrezco disculpas a los lectores de mi intrascendente columnita por haber cedido a la tentación de responder a la suya. En mi defensa debo decir que considero imprescindible que se den debates sobre la ciencia desde argumentos sólidos. Desafortunadamente para todos, esta vez no fue.

 

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