Luces y sombras en el derribo de la estatua de Sebastián de Belalcázar

Aunque la frase "todos los extremos son malos" normalmente sirve para abstenerse de tomar posición en situaciones coyunturales, en esta ocasión vale la pena considerarla

Por: Miguel Ángel Niño Castaño
septiembre 18, 2020
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Luces y sombras en el derribo de la estatua de Sebastián de Belalcázar

Últimamente veo en redes a muchas personas que se creen descendientes directos de la nobleza indígena americana, y diré algo por lo que seguramente, como es usual en estos tiempos de buenismo, corrección política y posiciones intelectuales acomodadas, algunos me van a cancelar: al menos nosotros, los mestizos, somos consecuencia de la mezcla entre indígenas, afrodescendientes y los mismísimos europeos, un proceso que evidentemente no fue pacífico y se dio a través de la imposición violenta de los unos hacia los otros e instauro de forma brutal en América esa colonialidad del poder, del saber, y el ser, tan justamente criticada en diferentes escenarios, así como el mito de la modernidad y su hipocresía civilizadora.

No me rasgaré las vestiduras por la estatua derribada de Sebastián de Belalcázar, pues son completamente justas las reivindicaciones de los pueblos indígenas después de siglos enteros de persecución y despojo. Aun así, prescindir completamente de la herencia intelectual (entre otras) de occidente, como la gran mayoría enardecida esgrime en la opinión pública, me parece temerario.

Tanto el indígenismo exacerbado como el hispanismo recalcitrante son contraproducentes; sin perder de vista que el primero es un invento racista de los mismos criollos blancos en el proceso de construcción de las mitologías nacionales posterior a los procesos de independencia americana, que alaba al indígena del pasado, pero desprecia al actual, convirtiendo por lo demás su cultura en mero objeto de consumo.

Nos debatimos entonces en un dilema entre particularismos provinciales americanos aislados versus universalismos abstractos europeos camuflados de cosmopolitas, pero igualmente particulares y provinciales (Crosfoguel, 2008); ¿Cómo resolverlo? ya en su momento Enrique Dussel (1993), teórico decolonial, trató de responder a esta misma pregunta: "No negamos entonces la razón, sino la irracionalidad de la violencia del mito moderno; no negamos la razón, sino la irracionalidad postmoderna; afirmamos la "razón del Otro" hacia una mundialidad Trans-moderna''.

En mi opinión, el proceso de reivindicación actual y las nuevas narrativas históricas deberían apuntar a equilibrar las miradas en favor del indígena, sin necesariamente caer en visiones etno-radicales que simplemente resultan fácil de ser asumidas, creo que nuestra experiencia histórica inmediatamente anterior en el siglo XX ya nos ha demostrado en un par de grandiosas oportunidades a dónde pueden llevarnos este tipo de nacionalismos exacerbados, que en ocasiones no son otra cosa más que xenofobia disimulada.

Siempre he odiado esa frase de cajón ''todos los extremos son malos'', me parece el refugio de los cobardes a la hora de abstenerse de tomar posición en situaciones coyunturales a favor de los más débiles; sin embargo, creo que en esta ocasión sí vale la pena reflexionarlo un poco, las opiniones están servidas.

Referencias

Crosfoguel, R. (2008). Hacía un pluriversalimo trans-moderno decolonial. Tabula Rasa(9), 199-215.

Dussel, E. (1994). 1492 : el encubrimiento del otro : hacia el origen del mito de la modernidad. La Paz: UMSA. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.

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