Los riesgos de la noble profesión docente

Aunque las repercusiones de su labor deberían ser suficientes para garantizarles condiciones laborales, salariales y de salud dignas, en la realidad no es así

Por: Daniel González Monery
Mayo 14, 2019
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Los riesgos de la noble profesión docente
Foto: Pixabay

En el marco del día del maestro, celebrado cada 15 de mayo, es importante hacer un balance acerca del ejercicio de la noble profesión docente y sus implicaciones en el ejercicio y la vida de sus profesionales, los educadores. Mayo es el mes del maestro, por lo tanto es una fecha para hacer un alto en el camino y reconocer a los profesores su importantísima tarea como forjadores de las nuevas generaciones de la sociedad contemporánea.

Un profesor (o profesora, la mayoría son mujeres) lleva cinco, diez, quince años, intentando que sus estudiantes se interesen por los contenidos que su colegio oficial les ofrece, que tengan expectativas altas sobre lo que les aportará la educación, que descubran vocaciones y las cultiven, o cuando menos que su paso por la escuela les evite tragedias probables.

Resulta paradójico que mientras ha mejorado de manera importante la condición profesional y económica de los maestros, su fragilidad emocional se ha ido resquebrajando. Esto se manifiesta en el altísimo porcentaje de consulta psiquiátrica registrado en los servicios de salud y que debería preocupar mucho a las autoridades educativas nacionales y locales.

No es extraño que en un país como Colombia, acosado por tan diversas manifestaciones de violencia, dificultades de convivencia y todo tipo de inseguridades vitales, haya problemas crecientes de salud mental, pero es muy grave que estas enfermedades se vuelvan reiterativas en un grupo profesional que tiene a su cargo la formación de las nuevas generaciones.

Francisco Alonso Fernández, en un artículo publicado en la Revista Iberoamericana de Educación en 2014, señala que: “La función propia del profesor impone una vida no solo sacrificada, sino amenazada seriamente por riesgos para la salud mental. La acumulación de factores psicosociales negativos o desfavorables convierte la docencia en una categoría socio profesional de riesgo para la salud. Entre los tres pilares básicos presentes en el modo de vivir la ocupación laboral, que son la estimación socio comunitaria o el reconocimiento de los demás, la retribución económica y la satisfacción personal, los dos primeros suelen tener un rotundo signo negativo en la ocupación docente”.

Si bien la profesión de los educadores tiene un aspecto altruista que genera muchas satisfacciones, es claro que en el aspecto salarial parece haber un permanente estado de insatisfacción colectiva que conduce a frecuentes movilizaciones reivindicativas que han logrado indiscutibles mejoras, pero también alimentan la sensación de que aún se está muy atrás de otras profesiones y en un vergonzoso abandono del Estado. Esto no contribuye a construir una identidad digna y fuerte, aun si los ingresos son elevados.

De otra parte, los cambios sociales han ido menguando la imagen de autoridad que tuvieron los maestros en otras épocas. Además de recibir la presión y exigencia de los gobiernos para mejorar los resultados de aprendizaje de la población escolar, cada día resultan más cuestionados por los padres y los mismos estudiantes.

Muchos de sus errores van ahora a instancias judiciales, y los rectores han sido cargados con responsabilidades que los hacen objeto de investigaciones permanentes de órganos de control, reduciendo cada vez más su liderazgo pedagógico.

Dice el autor ya citado que la labor educativa se ejerce mediante una interacción personal, y este contacto asiduo y directo con las personas beneficiarias del servicio es un factor estresante que no permite tomarse un momento de respiro o relax, ni una pausa de relajación en el ámbito donde acontece la interacción.

En muchos países se comienza a asistir a una sistemática rebelión en las aulas, donde el profesor no es escuchado sino cuestionado por estudiantes apáticos y en muchos casos hostiles, empeñados en hacer su voluntad sin consideración alguna por lo que los adultos les proponen. La familia, antigua aliada incondicional de la escuela y los maestros, ahora parece siempre descontenta, sin asumir la parte de formación que le corresponde.

Tenemos pocos estudios sistemáticos sobre esto en el país, pero no hay duda de que hay muchos factores que están afectando no solo la vida de miles de hombres y mujeres dedicados a la docencia, sino la calidad de la educación para millones de niños. El problema es enorme y no tiene soluciones simples. Hace falta revisar a fondo el sistema de salud que atiende al magisterio, el proceso de formación inicial en las universidades y la estructura organizativa de los colegios, que, según algunos, es para enloquecerse.

Simón Bolívar dijo alguna vez que “el objeto más noble que puede ocupar el hombre es ilustrar a sus semejantes”. Y no se equivocó: ser docente es una de las labores más honorables, exigentes y sacrificadas que existen, porque en sus manos está la ardua tarea de formar a las generaciones que vendrán para hacer de este un mundo menos desigual, más tolerante, respetuoso y equitativo. La responsabilidad es considerable.

La materia prima del profesor es el ser humano. No son los rankings, no son las condecoraciones, no son los intereses personales; es el estudiante como individuo. El docente es una especie de escultor armado con conocimientos y experiencias de vida y con la misión de moldear personas íntegras con las capacidades necesarias para enfrentarse a las adversidades que el futuro les depara. Después de los padres, nada influye más en el carácter y el desarrollo de un menor de edad que un buen profesor.

Sin embargo, según muchos maestros, especialmente los que trabajan en las regiones, la docencia es uno de los trabajos más desagradecidos del mundo. La mayoría de profesores consultados en zonas tan apartadas como Putumayo o Caquetá aseguran que “trabajan con las uñas” y sin apoyo alguno del gobierno.

Otro de los factores que prueban la falta de valoración de la profesión es que la carrera docente tiene poca demanda. Y, de hecho, los mejores bachilleres no quieren ser profesores, ni siquiera lo conciben.

Tiene sentido: deben afrontar jornadas laborales extenuantes con 40 niños en promedio en el aula y las agresiones y amenazas de estudiantes y de sus familias. También soportar que la institución a la que representan les cuestione.

La responsabilidad que recae en la labor docente y la repercusión que tiene en el devenir de una nación debería ser razón suficiente para garantizar a estos profesionales, por un lado, unas condiciones laborales, salariales y de salud dignas, y, por el otro, reconocimiento.

Por todo ello, y con motivo de la celebración el 15 de mayo del día del maestro, es el momento de reivindicar la figura de estos profesionales que Colombia lleva décadas sin valorar lo suficiente.

¡Feliz día, maestros y maestras de Colombia! De ustedes depende que las nuevas generaciones se forjen en los valores de ética, resiliencia, pensamiento crítico y tolerancia que el país necesita.

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