Opinión

Lógica ecológica

Por:
diciembre 09, 2013
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Antes de ponerme la soga al cuello debo aclarar algo en mi beneficio.

Me considero un hombre razonablemente respetuoso con el medio ambiente, jamás lanzo basuras al piso, ejerzo el deporte de increpar a quienes lo hacen y puedo jurar solemnemente que ninguna playa ha tenido que biodegradar plástico alguno arrojado por mi mano.

Además de eso amo profundamente a los animales. Tanto que su sufrimiento, tan inútil, tan vergonzoso y tan prolongado a través de los siglos, me resulta un argumento suficiente para descartar la existencia de un dios (o al menos de un dios bueno).

Pese a todo eso, el discurso promedio de los ecologistas no logra conmoverme y, de hecho, en la mayoría de los casos ha llegado a generarme sospecha de manera casi automática.

Pueden decapitarme, pero la postura ecologista estándar me resulta casi siempre inconsistente.

Ser inconsistente, por supuesto, no es un delito. De hecho es casi un derecho inalienable: si desconociéramos como interlocutores válidos a todos los cristianos que alguna vez han sido adúlteros o a los ateos que en un terremoto gritaron ¡dios mío! o a los hepatólogos que un día se emborracharon o a los sacerdotes que se masturbaron o a los profesores de filosofía que disfrutaron con The Bachelorette, francamente tendríamos que renunciar a la búsqueda de cualquier fuente respetable en cualquier disciplina.

No me refiero a esa inconsistencia del individuo. Me refiero a la del discurso mismo.

Mi percepción es que los ecologistas no quieren salvar el planeta, quieren salvar el planeta para ellos (o para la especie humana, si desean que suene más amable) y, definitivamente, las dos cosas no son lo mismo: la segunda, más que proteger a La Tierra, busca hacerla viable como despensa y habitáculo para el Homo Sapiens.

Me resulta perfectamente válido el interés de generar un entorno sostenible para las nuevas generaciones humanas, pero no me lo vendan como "acciones para salvar el planeta". ¿Quieren una acción para salvar el planeta? ¿Una solita que sea eficaz, inobjetable, útil y comprobada? ¡Reduzcamos la plaga que lo asfixia! ¡Hagámonos la vasectomía y liguémonos las trompas!

Ecologismo y paternidad —ese es mi punto— se me hacen filosóficamente incompatibles y, debo aceptarlo, cuando se trata de este tema solo me resulta plenamente respetable la voz de quien, además de defender las banderas de la ecología, enarbola las de la anticoncepción.

¿Nos conmueve la situación de los pandas o del bosque húmedo y queremos salvar el planeta? Pues partamos de reconocernos como plaga y actuemos en consecuencia.

¿Que nuestra vocación paternal es irrefrenable y decidimos traer hijos al mundo (así sea expiando la culpa jurándonos educarlos en el respeto al medio ambiente)? Pues no nos vendamos eufemismos y aceptemos que estamos aportando a la raíz del problema: todo ser humano(aún el mejor educado y más consciente)consume alimentos, utiliza medios de transporte, excreta, desecha, ensucia, corroe, usa. Llamémonos en ese caso, buenos proveedores, buenos padres, pero no defensores del medio ambiente.

Sí. Para muchos no existe incompatibilidad entre lo uno y lo otro.

Para mí, por el contrario, existe un abismo entre quien se avergüenza para luego alejarse y quien busca acomodar su entorno para quedarse y disfrutar.

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