La violencia en las universidades públicas: un fenómeno de atención mediática y de desatención política

A propósito de la reciente controversia en la que está envuelta la Universidad Pedagógica Nacional

Por: César Steven Ramírez Mariño
Marzo 20, 2018
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La violencia en las universidades públicas: un fenómeno de atención mediática y de desatención política
Foto: Carlos Julio Martínez / SEMANA

Las últimas semanas se ha despertado un interés mediático por el fenómeno de la violencia presentado en las universidades públicas; más concretamente, la Universidad Pedagógica Nacional, escenario de disturbios el 6 de marzo de este mismo año que culminó con una tragedia. En el desarrollo de estos actos, la atención mediática se concentró en una campaña de desprestigio y vandalización contra la universidad, opinión que bien entró de forma inmediata en la conciencia de la sociedad en general y de la comunidad universitaria en particular, que de forma acrítica salieron a condenar los hechos, más preocupados por un ladrillo que por la vida misma. El ensayista y filósofo español Daniel Innerarity decía que “La esencia de la falsedad consiste precisamente en el acceso inmediato a los productos de la conciencia, y se configura en términos de ideología, circularidad viciosa, hipocresía o inhibición”.

La violencia como fenómeno político:

Para analizar este fenómeno de la violencia en las universidades públicas habría que examinar el concepto de violencia, que despierta todo tipo de sensibilidades y opiniones polarizadas. La violencia se manifiesta de diferentes formas y en diferentes sociedades. Pero el ejercicio de la violencia en cualquiera de sus expresiones es, en primer sentido, un problema político. Desde una perspectiva histórica, la violencia es para la historia humana lo que Dios para la teología, es decir, omnipresente. La violencia ha sido capaz de estar allí y acá, transita y se manifiesta de diversas formas en distintas épocas e incluso, ha parido la modernidad europea, al igual que ha estancado nuevos procesos históricos en América Latina o, a su vez, los ha originado. Pero la discusión no es metafísica, sino sociológica, histórica y concreta. La violencia es ejercida por seres humanos y se halla en una sociedad como idea y como práctica. Max Weber en su ensayo La Política Como Profesión señala este problema político de la violencia como el ejercicio de un monopolio ejecutado por una entidad[1], el Estado. Esta entidad en cuanto asociación política o, como la tradición marxista-leninista lo llamaría: instrumento de dominación de clase[2] detenta el monopolio de la violencia o del ejercicio físico de la fuerza. No obstante, “la violencia no es, naturalmente, ni el medio normal ni el único medio de que el Estado se vale, pero si es su medio específico” (Weber, 1919, p.2). Observamos, entonces, que la violencia se ha extendido en el espacio y el tiempo como medio de dominación de un grupo o asociación política que detente el poder en el Estado. Empero, en tanto el problema es colectivo, se transfiere a lo individual; de tal manera que la violencia entra en el imaginario colectivo de cada grupo social y se penetra en la conciencia de cada individuo. Es así como la violencia pasa de su matiz puramente política a cultural con el fin de reproducirse socialmente.

Es por esto, por lo que la violencia va más allá de un ladrillo, de un pedazo de pared o del tropel, con esto me refiero a que así se lance o no se lance un artefacto de cualquier tipo contra la fuerza pública, o un grupo determinado se tome una base militar, la violencia está allí, la ejecuta el Estado como medio de dominación.

Ya se analizó a la violencia como problema a) político por cuanto la controla el Estado y halla su legitimidad en sus estructuras y b) como reproducción social o cultural. Hay que resaltar que la violencia en tanto fenómeno político, social y cultural, no se agota en el ejercicio estatal, aunque parte de allí y tiene toda una maquinaria destinada a su ejecución y legitimidad, el hecho mismo de que exista un Estado con un grupo social determinado detentando el poder político, en un país como Colombia existen grupos políticos y sociales contradictores. El fenómeno de la violencia comienza a adquirir aquí otra manifestación, o sea, como dos fuerzas contrapuestas que se pretenden desgastar entre sí para hacerse con el poder. Hegel en La Fenomenología del Espíritu lo abordaría como un problema dialéctico, más no dual o simplemente dicotómico como la tradición filosófica acostumbraba. Este problema adquiriría en el filósofo alemán un doble sentido (ausser sich gekommen) y es que en el accionar de estas fuerzas contrapuestas —que quiero aclarar, no necesariamente deben ser dos, sino pueden ser más y diversas— hay un desgaste recíproco, se erosionan entre sí. Para Hegel, el suprimir al otro requiere verse reflejado en el otro, no en cuanto pares o iguales, sino que ese otro tiene un algo distinto que ha surgido de sí; por eso la necesidad de reconocerlas como dos fuerzas contrapuestas. Lo que trato de explicar aquí es que “supera y suprime su ser en-el-otro” (Hegel, 2009, p. 288) la necesidad de la violencia es justamente esa, y es que uno de esos grupos se produce como reflejo del otro, pero, al mismo tiempo, como contradictor, para que su autoconciencia salga de sí y, posteriormente, vuelva a sí con el deseo de suprimir y superar al otro.

Por esta razón es que la violencia tiende a desgastar el otro, superponer a uno sobre el otro en cuanto lo supera, lo desgasta y debilita; sin embargo, en el caso colombiano no ha ocurrido esto, por el contrario, las fuerzas contendientes se han fortalecido recíprocamente de tal forma que mientras el uno se fortalece, el otro también lo hace. Este movimiento de autoconciencias no lo expone Hegel como una relación de dependencia, en contrasentido, propone que estas fuerzas o autoconciencias son, simultáneamente, autónomas, es decir, son para sí. Todo el movimiento que cada fuerza despliega hacia fuera de sí es para sí, para su aprendizaje, para su accionar, en últimas, para su emancipación[3]. Al ser reflejo una de la otra, estas fuerzas cuando se ven superadas la una por la otra, y en cuanto son reflejos la una de la otra, hacen lo mismo para alcanzarla y después, superarla. Su sentido de autonomía consciente se da en tal sentido que las fuerzas se superan a sí mismas, tratan de superar el atraso en el que se encuentran para superar o equipararse al otro. Por eso, se da en un doble sentido.

En el ejercicio puro de la violencia, las dos fuerzas contendientes tratan de superarse a sí mismas y superar al otro, para esto, ambas fuerzas deben lanzarse fuera de sí, y en términos más materiales observar su entorno y al otro, para volver a sí. Todo esto, con el fin de fortalecerse, puesto que el hecho de reconocer al contrario, implica un avance a su superación.

La violencia en tanto fenómeno político, continúa siendo una constante en nuestro país; aunque el Acuerdo Final Para la Terminación Del Conflicto firmado entre la antigua insurgencia de las Farc-Ep y el gobierno de Juan Manuel Santos afirme el compromiso de proscribir de las armas en la política, esta solo se ha cumplido en lo que respecta a la dejación de las armas por parte de las Farc y la reactivación de los grupos paramilitares. Lo que no se ha distinguido en el proceso de implementación, es entre la realidad formal o jurídica y la realidad material. Si bien lo que se encuentra en el papel es la base jurídica para que se generen los mecanismos institucionales en su implementación material, esto no sucede en Colombia, puesto que nada más en enero, se tenía estimado un promedio de 7 líderes sociales y defensores de Derechos Humanos asesinados cada 10 días. En octubre de 2017 ocurrió un hecho lamentable en Tumaco, donde campesinos cocaleros fueron asesinados por miembros de la Policía Antinarcóticos en jornadas de protestas. Quien crea que la guerra ya fue derrotada, superpone la realidad jurídica, la de papel sobre la dura realidad de la continuación de una guerra contra el pueblo colombiano ejercida por el Estado.

La violencia en las universidades públicas:

“Así, los conflictos subyacentes en la cultura y la identidad se encuentran en un espacio como las universidades públicas, donde adquieren una representación múltiple respecto del uso y el ejercicio del poder. Como es el caso de algunas variables que se encuentran cruzadas con la identidad que difícilmente se manifiesta de manera singular, sino plural: clase social, género, edad, posición jerárquica, raza, etcétera” (Carrillo, R, 2015, p. 185).

Para los pacificadores este es un hecho de reproche, aún sin examinar las causas que la motivan en términos sociológicos y políticos. Cabría preguntarse antes, ¿por qué las universidades públicas? Hay que tener en cuenta diversos aspectos: a) La diversidad de sectores sociales que confluyen en la universidad pública b) Las tendencias políticas e ideológicas que transitan en su interior y c) la diversidad de expresiones de violencias que se manifiestan en la universidad pública, no todas permeadas por un sentir político.

Algunos pseudointelectuales en su visión más sesgada, anacrónica y descontextualizada, pretenden negar la posibilidad de que al interior de las universidades se manifiesten diversos tipos de violencia, como si las IES fueran ajenas al contexto en el que actúan. Otros pretenden hacer ver que las universidades son centros de producción de ideas renovadoras, pensadas con el fin de superar el estado actual de cosas, sin tener en cuenta que, por allá en el siglo XIX ya Marx (1846) habría criticado que Alemania se encontraba unos pasos atrás de dar avances importantes en el proyecto de modernización europeo, pues se limitaba a la “revolución de las ideas” mientras países como Francia e Inglaterra, ya habían trascendido de la revolución de las ideas al de las transformaciones políticas, económicas y sociales; que mientras Alemania se estancaba en discusiones de revolucionarios de café, Francia ya presenciaba revueltas protagonizadas por el Tercer Estado e Inglaterra tenía todo un proyecto industrial ya montado gracias a su potencial naval que controlaba las principales rutas del comercio europeo.

Empecemos con el primer asunto, y es que en la universidad pública confluyen una gran cantidad de sectores sociales que, no pueden pagar una universidad privada y tampoco se quieren condenar a invertir su dinero en una universidad de garaje. A la universidad pública ingresan hijos de trabajadores, campesinos, indígenas y afrocolombianos, así mismo, uno que otro proveniente de las clases medias altas. De modo que a la universidad pública no entran sujetos aislados de su realidad social, no son pseudointelectuales que representan la máxima expresión de la división social del trabajo, o simples pensadores. Hay que partir de un hecho sociohistórico básico, y es que esos sujetos que ingresan a la universidad también deben comer, vestirse, pagar servicios; asuntos que competen a todo individuo que haga parte de una sociedad. Negar este hecho demuestra una ceguera y una pretensión de no imponerle límites a la razón, dejándose llevar por las quiméricas elucubraciones de la conciencia (Kant, 1781) que soterran la realidad concreta de cada sujeto. Estos sujetos, antes de ingresar a la universidad, ya han presenciado y han sido víctimas de todo tipo de violencias: Ya sea violencia política, social o hasta económica. Es importante reconocer este hecho, dado que la conciencia de estos individuos se manifiesta en sus diversos espacios de vivencia colectiva —con esto me refiero a lo público y privado—. Estas diversas modalidades de violencias parten de la presencia institucional de la violencia, Ángela Davis manifestaría que la violencia es, principalmente, institucional, y se extiende socio-espacialmente para que los individuos reproduzcan el poder del sistema político y económico. Pero esto no se expone como una cuestión unilateral, como se expuso en la primera parte de este escrito, también hay una violencia contestataria. Esto parece ser la fuerza motriz de las sociedades, el hecho mismo de que ciertos grupos sociales que se contraponen traten de superar al otro e incluso de suprimirlo por medio del uso de la fuerza física, por lo que se halla aquí como parte de la realidad social, y que al ingresar a universidades públicas se continúa manifestando dados diversos conflictos internos que se presentan. Esos pacificadores no se escapan de dicha realidad, aunque su conciencia abstracta lo niegue, siendo víctimas de violencia o reproduciendo esas formas de violencia que, como ya dijimos, no se reduce al accionar político violento. Pero esto se abordará más adelante. Acá hallamos razón en lo que Marvin E. Wolfrang y Franco Ferracuti denominarían cultura generatriz, ya que se genera una patología cultural de la violencia que no se reduce a un grupo social específicamente dado por su bajo posicionamiento social, a causa de que en el discurso hegemónico suele posicionar la idea imperante de que la violencia es cosa de pobres.

La violencia aprehendida y reproducida en los espacios universitarios pueden llegar a evolucionar a violencia política e ideológica, de tal manera que se reúnen entorno a un discurso político e ideológico. A raíz de la diversidad de ideas que circulan en el entorno universitario, se trasciende de la simple violencia social —en la que participan otras modalidades de violencia no estrictamente políticas que expondremos más adelante— a una violencia política. Esta diferencia radica en que la violencia política se posiciona o como preservación del sistema político, o como ruptura hermenéutica y práctica con el sistema. Sin embargo, el espacio universitario no es el único escenario de violencia política, sino que también hay otros espacios, como el campo, el barrio y demás. La universidad no resulta ser, por tanto, condición sine qua non para la evolución de la violencia social a la violencia política. Pero si es uno de los escenarios en los que se manifiesta y expresa. También se de una posición meramente negativa, se niega de cara a la realidad la violencia, pero se practica fuera o dentro del espacio universitario. No obstante, aún no hemos clarificado la diferencia entre violencia política y social, y es que “Quien hace política aspira al poder; al poder como medio para la consecución de otros fines (idealistas o egoístas) o al poder por el poder, para gozar del sentimiento de prestigio que él confiere” (Weber, 1919, P.3). Esto despierta una nueva pregunta, ¿la violencia política practicada en las universidades públicas como el tropel llevan a la consecución de estos fines? ¿o qué pretenden lograr? Primero, se debe aclarar algo y es que el tropel no es una práctica única de las universidades públicas, lo ejercen otros sectores sociales como praxis política y que manifiestan su inconformidad frente al actual estado de cosas, lo que cambia es la espacialidad en la que se desarrolla. Parece ser que el tropel o la acción violenta que se manifiesta en el mismo no llevará al poder a nadie, pero si prepara y moviliza masas y conciencias para el ejercicio del poder. Este tipo de actos se dan como efectos de una capa reducida de mecanismos de participación política y por falta de diálogo social que llevan a la confrontación directa de diversas maneras, ya sea a baja escala o a mediana o gran escala. Cuando me refiero a movilizar masas y conciencias, no hablo de estar a favor de la acción misma, sino que se genera una diversidad de opiniones que, aprovechándose —en el sentido positivo del término— pueden generar escenarios de diálogo universitario o a polarizar en definitiva a la comunidad universitaria si no se aprovechan la cantidad de opiniones puestas sobre la mesa. Se puede estar a favor, en contra, o demás, pero lo importante es el diálogo que propicia.

Algunos manifiestan que este tipo de actos violentos no corresponden al actual momento histórico en el que se trata de dar un tránsito, pero lo que está ocurriendo en realidad, es la repercusión de la paradójica historia colombiana que, cuando se habla de paz, aunque se reduzcan las cifras de muertes por motivo del conflicto armado, se da continuidad a la sistematicidad de la violencia política. Nos encontramos frente a un Estado anacrónico, porque en su compromiso de garantizar la paz sus instituciones no cuentan con la fuerza para hacerlo. Más aún, en un acto de desidia, frente a los hechos ocurridos el 6 de marzo, no es capaz de reconocer al otro, a su contrario, sino que su accionar político lo reduce a simple acto de bandidaje y terrorismo. Para esto, concentró gran parte de la atención mediática, suscitó todo tipo de opiniones negativas, y no contó con un reconocimiento político del otro, con lo cual halló una excusa para promover una posible intervención militar. Efectivamente, es un Estado que no es capaz de superar al otro proponiéndole un diálogo, o sea, a la universidad, sino que le cierra las posibilidades de diálogo valiéndose de las garantías constitucionales que le permiten el ejercicio del poder de la fuerza física.

Ahora bien, hay diversos tipos de violencia que se practican al interior de las universidades que no parecen concentrar la atención ni de los medios, ni del Estado ni mucho menos de los cuerpos colegiados de las IES. Y es, lo que anteriormente denominamos, cultura generatriz.  En este problema central Urquijo y Baselga dicen que

limitar el estudio de la violencia al campo de los grupos marginados socialmente, que actúan fuera de la ley por sistema y que, de manera clandestina organizan su modo de combatir el orden existente aquí vale a ignorar todas las otras formas más o menos esporádicas de violencia que aparecen normalmente en todo tipo de poblaciones y en las más diversas circunstancias (Ob. Cit. P.61).

Como se afirmó anteriormente, la universidad pública en tanto escenario que concentra diversos sectores populares y, por ende, varias prácticas, pensamientos y demás, en ese espacio también circulan otro tipo de violencias que requieren de la misma manera un alto grado de importancia que no se le ha estimado y que necesita atención porque son la expresión más decadente del sistema capitalista. Empecemos por un problema que aqueja a las universidades públicas y, especialmente, a la Universidad Pedagógica Nacional. Las bandas del crimen organizado del microtráfico, de las que nadie habla ni se manifiesta ya sea porque le compran sus sustancias psicoactivas a estas bandas, o porque simplemente no les interesa o, por miedo. Pero que, finalmente, atentan contra el propósito misional de la universidad pública, y que penetran estos espacios como proyecto de desmovilización política, académica y alienador. Cabe añadir que estas bandas constituyen la base social y financiera de los grupos paramilitares que operan en la capital; mientras que la fuerza pública atenta contra el consumidor de a pie, pero aún teniendo conocimiento de estas estructuras criminales, actúan por omisión; ya lo diría el reconocido dramaturgo Bertolt Brecht que “quien no conoce la verdad es simplemente un ignorante. Pero el que la conoce y la llama mentira, ¡es un criminal!”. Otro tipo de violencia, bastante silenciosa es la de género. Violaciones contra compañeras de las universidades, lenguaje o prácticas homófobas contra personas gay, lesbianas, transexuales, bisexuales y demás, pasan por en frente de las administraciones universitarias, de las organizaciones estudiantiles, de profesores y trabajadores, sin suscitar ningún tipo de indignación más que en esporádicas ocasiones. Y ni qué decir, los hurtos que se presentan en algunas ocasiones, pero que adquieren mayor preocupación cuando se dan al interior de eventos culturales como sucedió en noviembre del 2017 en el marco de un concierto.

Todo esto es lo que ignoran los pacificadores que nos rodean, que reclaman “coherencia” pero su ceguera o lo que se denomina simplemente como “opinión pública” los lleva a preocuparse y a llorar por los daños infraestructurales producidos durante una jornada de acción violenta, sin embargo, no se les ve indignados cuando la infraestructura se erosiona o incluso se cae por inclemencias meteorológicas, arriesgando así, la vida de la comunidad universitaria.

Esto con el fin no de defender este tipo de acciones, sino de producir una mirada holística frente al problema de la violencia para poder proponer escenarios amplios de diálogo social con el objeto de evitar todo tipo de violencias no solo a nivel universitario, sino social, político y económico.

La hipocresía de la alcaldía que legitima la represión, pero vandaliza la movilización:

“La asistencia y el presupuesto militar son un botín privado que les confiere poder y ha creado una casta militar que se considera intocable” (Vega Cantor.R, 2014, p. 2).

“El poder del Estado fue adquiriendo cada vez más el carácter de poder nacional del capital sobre el trabajo, de fuerza pública organizada para la esclavización social, de máquina del despotismo de clase” (Marx.K, 1966, p. 505).

El Alcalde Mayor de Bogotá no tardó más de 24 horas en pronunciarse en relación con los disturbios del 6 de marzo en la UPN. Como es de costumbre, la solución que propuso fue la intervención militar en la universidad “en caso de presentarse nuevos disturbios”. A saber, no es la primera vez que propone soluciones de esta clase cuando se genera así sean movilizaciones espontáneas de personas inconformes con el sistema de transporte y se llevan a cabo bloqueos, hasta movilizaciones con mayor organización. Su ineptitud le lleva siempre a pronunciar las mismas palabras: “Repúblicas Independientes” tal y como denominó al Bronx, centro de operaciones delincuenciales del crimen organizado y el paramilitarismo. Ahora pretende equiparar a una universidad pionera en investigación académica sobre el qué hacer docente con un espacio delincuencial, llamándole a la UPN también “República Independiente”. Si esas son Repúblicas Independientes, no sé cómo llamaría entonces, a verdaderas Repúblicas Independientes como Donestk y Lugansk, en Ucrania. Lo cierto es que tan despreciable personaje pretende imitar a Álvaro Gómez Hurtado, cuando en 1961 en una de sus agresivas alocuciones en el congreso señaló a Marquetalia, Ríochiquito, El Pato, Sumapaz y el Guayabero Repúblicas Independientes, pero ahora, Peñalosa pretende reencarnarse en este personaje lanzando denominaciones de esta clase a cualquier espacio que se le salga de las manos a la alcaldía. Enrique Peñalosa deja en evidencia su conciencia con más de medio siglo de retraso, que no solo se demuestra en sus intervenciones que suelen producir entre risa y asco, sino en la incapacidad para administrar una ciudad como Bogotá y que ha dispuesto a los intereses del capital privado. El daño que le produce este hombre a la capital es mayor que el de un tropel en cualquier universidad pública del país.

Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó agregar: una vez como tragedia y otra vez como farsa. Caussidiére por Dantón, Luis Blanc por Robespierre, La Montaña de 1848 a 1851 por la montaña de 1793 a 1795, el sobrino por el tío. ¡Y la misma caricatura en las circunstancias que acompañan a la segunda edición del Dieciocho Brumario! (Marx.K, 1966, P.233)

A pesar de la caricaturesca figura que representa Enrique Peñalosa, a su vez, es el ancla en popa del navío. Pretende sumir a la ciudad en la violencia social y política, en la ignorancia y el oscurantismo al amenazar a una universidad pública con “intervenirla” —eufemismo que utilizó para no decir que desea infiltrarla y violar la autonomía universitaria—. Ya inició esta labor, el jueves 15 de marzo, la sede[4] Vivero de la Universidad Distrital se encontraba en una jornada asamblearia, y sin bloquear ninguna carretera, el ESMAD se ubicó en frente, lanzando insultos a la comunidad estudiantil para provocarlos y disponiéndose a reprimir dicho escenario asambleario. Ese mismo día, la sede ubicada en Ciudad Bolívar de la Universidad Distrital, se encontraba en confrontaciones con el ESMAD y estos últimos estaban utilizando armas no convencionales contra estudiantes. Cuando en varios medios corporativos sale Enrique Peñalosa a decir que en los disturbios del 6 de marzo en la UPN “se estaban utilizando armas de alto poder” desnuda su hipocresía, porque este es el día en el que no señala al ESMAD por utilizar el jueves 15 de marzo artefactos recalzados con balines y metralla contra estudiantes de la Distrital. Ese día se violó el protocolo I del Derecho Internacional Humanitario que prohíbe y restringe el uso de armas ‹‹cuyo efecto principal sea lesionar mediante fragmentos que no puedan localizarse›› y con la cuál el Estado colombiano se compromete a través de la Ley 498 de 1998. Lo más grave de esto es que no se utilizó en una confrontación convencional, sino contra estudiantes y civiles que se manifestaban sobre la Avenida Ciudad de Cali.

Estos hechos pasaron por alto en los medios corporativos de comunicación, a causa de que pueden manchar “el buen nombre” de una institución como el ESMAD; esa buena reputación que creen tener ya ha estado manchada con sangre desde hace bastantes años. Lo que representa esto es que ninguna movilización, por pacífica que sea, será respetada por la fuerza pública, así como pasó en Vivero el jueves 15 de marzo o el 7 de marzo en el desarrollo de la movilización estudiantil ad portas del ENEES. Salen varias voces rechazando “todo tipo de violencia venga de donde venga”, sin hacer un análisis detallado de tipo histórico, sociológico, filosófico y político de la violencia. Como si la violencia fuese ahistórica, o “silenciosa” como prefieren llamarla otras personas. La violencia tampoco es un objeto vacío, no se sumerge fácil en el agua.

La violencia revolucionaria, la rebeldía frente a regímenes injustos, es un derecho universal irrenunciable, que no puede ser arrojado a la deflagración del olvido, y es al mismo tiempo una bofetada a cierta izquierda pusilánime, que por artificios psicológicos, mediáticos, se cree derrotada, y que atrincherada en su cobardía, duda de la capacidad de la lucha de los pueblos; izquierda de discurso enajenado, incoherente, que a nombre de un pacifismo desmovilizador y criminal, condena la violencia “venga de donde viniere” —así, sin nombre ni apellido, sin historia y sin contexto—, que casi siempre termina abrazada con el reformismo que apuntala al sistema.[5]

Esto tampoco debe consolidarse como una excusa para recaer en la violencia absoluta, sino que en tiempos en los que el oscurantismo pretende retornar, la creatividad es un factor determinante para la creación de nuevas sociedades. La protesta no puede reducirse al accionar violento —tampoco, no obstante, se puede descartar— sino que debe comprender una multiplicidad de manifestaciones que comuniquen, movilicen y organicen. Los rezagos de la guerra adyacentes en el conflicto social aún vigente deberán irse eliminando paulatinamente o, en el más trágico de los casos, retornarán y se recrudecerán frente a la ignominia estatal. Hay que repensarse, por consiguiente, las instituciones, entre ellas la universidad y, que estas, sean las primeras en encabezar una ley que efectúe y garantice el desmonte del ESMAD.

[1] (Gewaltmonopol des Staates) que traduce el monopolio de la violencia y es el concepto fundamental del que parte Weber para su análisis de la violencia estatal.

[2] Véase la Ideología Alemana (1846) de Marx.K y Engels.F y el Estado y la Revolución (1917) de Lenin.V

[3] Acá hago un contraste entre la Fenomenología del Espíritu y el ensayo de Marx Sobre la Cuestión Judía con el concepto de emancipación.

[4] Por cierto, le quiero aclarar a Caracol Radio, que esta palabra se utiliza para designar a cualquier lugar que sirve como núcleo de una asociación, institución, entre otras. Pero que es distinta del verbo ceder.

[5] Iván Márquez, Prólogo al libro Terrorismo y Civilización.

 

Carrillo, M. R. La Violencia en las Universidades Públicas. El Caso de la Universidad Autónoma Metropolitana. (2016)  Vol.12, núm 2, pp. 183-189. México: Revista Polis.

Jiménez, R. (n.d.). La Filosofía de la Violencia. Revista de Filosofía, [online] 13, pp.59-78. Available at: http://produccioncientificaluz.org/index.php/filosofia/article/viewFile/18881/18862 [Accessed 18 Mar. 2018].

Marx, K. (2014). La ideología alemana: crítica de la novísima filosofía alemana en las personas de sus representantes Feuerbach, B. Bauer y Stirner, y en las de sus diferentes profetas. Ediciones Akal.

Marx, K. (1966). Obras Escogidas. Moscú: Progreso.

Renán, V. La Dimensión Internacional del Conflicto Social y Armado en Colombia. Injerencia de los Estados Unidos, Contrainsurgencia y Terrorismo de Estado. (2014) [online] Available at: http://www.rebelion.org/docs/195465.pdf. [Accessed 18 Mar. 2018]

Weber.M. La Política Como Profesión. [online] Available  [Accessed 18 Mar. 2018].

Georg, W. H. La Fenomenología del Espíritu. (2009). Valencia: Pre-Textos.

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